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opinión y análisis

Hay 3 tipos de combatientes retornados de Estado Islámico — y todos necesitan un trato distinto

Los atentados de París han demostrado la amenaza que representan los individuos que regresan a casa después de haberse unido a Estado Islámico. Occidente deberá de lidiar con las disparidad de circunstancias de cada caso, de maneras muy distintas.
7.12.15
Foto di Yoan Valat/EPA
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Si sucede el milagro y mi hijo termina regresando, tendrá que enfrentarse a una pena de prisión — y me parece bien.

Me lo cuenta una ciudadana británica. Estamos en septiembre y me lo cuenta alrededor de un café. Su hijo lleva meses luchando con Estado Islámico (EI). De vez en cuando, se pone en contacto con ella. El gobierno del Reino Unido ha sido franco: le han advertido de que es posible que su hijo no regrese jamás. Y también de que, si lo hace, será imputado.

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"Si vuelve a casa podrá vivir, tendrá, al menos, la posibilidad de tener una vida, y escapar a la sentencia de muerte que Estado Islámico ha puesto sobre su cabeza", relata. "Ahora mismo, solo esperamos a que suene el teléfono y nos digan que ha muerto".

Los atentados de París del pasado 13-N han hecho real un miedo hipotético de muchos: que los radicales que abandonaron sus países para unirse a la causa de organizaciones terroristas como EI, vuelvan a sus hogares como guerrilleros entrenados y puedan perpetrar ataques terroristas. 7 de los terroristas responsables de la mascare de París, abandonaron sus hogares en Bélgica y en Francia para sumarse a la lucha armada de EI en Siria. Y los mismos 7 regresaron a Europa libremente — a pesar de que la mayoría de ellos habían sido identificados por la policía europea y por los servicios de inteligencia de sus respectivos países, como sujetos radicalizados que habían viajado a Oriente Medio— . Se trata de una circunstancia que habrá obligado a las agencias y las fuerzas de seguridad que tenían constancia de sus movimientos, a reflexionar sobre qué es lo que hicieron mal.

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Llevo más de un año estudiando el fenómeno de los combatientes extranjeros que deciden sumare a la lucha armada en Siria e Irak. Intento comprender cuáles son las motivaciones individuales que llevan a la juventud musulmana a comprometerse con un movimiento tan radical. He hablado con decenas de yihadistas occidentales que están luchando en la actualidad con distintas formaciones de guerrilleros. Y me he entrevistado también con sus familias, con sus amigos más cercanos y con aquellos que les apoyan.

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Y una cosa me ha quedado clara: no existe un perfil del típico yihadista.

Estos jóvenes abandonaron sus hogares por distintas razones. Han viajado a destinos distintos y han luchado con una sorprendente variedad de grupos armados. No comparten, necesariamente, ni edad, ni sexo, ni motivaciones, ni perfil psicológico, ni etnia ni educación religiosa. Del mismo modo, los motivos por los que regresan a casa son igualmente dispares. En el caso particular de Estado Islámico, no nos enfrentamos únicamente a yihdistas. También hay chicas muy jóvenes, niños y familias enteras que se han exiliado para vivir bajo el autoproclamado Califato. Si bien, muchos de ellos deberían de ser imputados y procesados, lo cierto es que no todos merecen el mismo trato.

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He identificado a tres grupos distintos de individuos que regresan a casa después de haberse sumado a la lucha armada con EI u otras organizaciones armadas. El primer grupo — como el de los perpetradores de la matanza de París — son lo que he convenido en bautizar como los retornados operativos. Se trataría de combatientes que han dejado sus países de origen para sumarse a la causa yihadista en Siria e Irak. Individuos que, una vez allí, reciben la misión de regresar a casa para desplegar ataques contra los suyos.

Uno de los terroristas de París era Bilal Hadfi, quien abandonó Bélgica para viajar hasta Siria en febrero de este mismo año, 2015. Según relata un amigo de la familia, Bilal dejó de comunicarse con su madre en julio. Ya no volvería a ver su rostro hasta que se lo encontró en las noticias: Bilal se inmoló a la salida de un McDonald's, cerca del Stade de France. Este grupo de retornados trabajan en pequeñas células diseminadas por grandes ciudades. A su regreso, se mezclan con radicales locales y coordinan juntos sus ataques. Para ello, cuentan con la ayuda tácita o explícita, de los líderes de formaciones terroristas, tales como EI o Al-Qaeda.

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En segundo lugar, existen los llamados retornados descomprometidos. Son individuos que siguen profesando admiración y lealtad al yihadismo global, pero que han dejado la lucha por motivos que no están relacionados con el movimiento. Uno de los retornados a los que entrevisté en Bélgica, a quien le fue suspendida su sentencia a su regreso, todavía expresa su compromiso ideológico con EI, pero ha vuelto a su rutina anterior.

Otros viajan a Siria para combatir al régimen del presidente Bashar al-Assad. Una vez allí, se percatan de que sus esfuerzos terminan invertidos en otras misiones, como luchar contra grupos yihadistas rivales. Si bien hay casos en los que se desengañan y dejan de apoyar al grupo por el que luchan, siguen comprometidos con la causa yihadista en general (aún cuando perpetrar ataques en Occidente no sea su prioridad).

Me he entrevistado con individuos que se han ido de Siria para casarse. O que se han largado porque su madre está enferma en casa. O con otros que, simplemente, estaban consumidos por la experiencia bélica. Igualmente, mis entrevistas me han llevado a concluir, que muchas yihadistas de EI deciden abandonar la causa después de que sus maridos hayan caído en combate.

Y, en tercer lugar, están los retornados desengañados. Son aquellos que parten rumbo al autoproclamado Califato en busca de la utopía, y que se encuentran con una realidad radicalmente diferente. Son aquellos que intentan regresar a casa y recuperar a sus familias. Algunos contactan con sus padres para que les ayuden a abandonar la zona de guerra. O, incluso, contactan con contrabandistas o con miembros de otros grupos armados que combaten en Siria, en busca de socorro. El mes pasado me entrevisté con una madre canadiense que me confesó que "cada vez que hablo con mi hija tengo la sensación de que quiere volver a casa. Sin embargo no se puede sincerar porque su marido siempre está controlando".

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Resulta decisivo reflexionar sobre el hecho de que ni siquiera después de la mascare de París, es tan sencillo recuperar a los retornados. Tenemos que recordar que muchos combatientes extranjeros ya están de vuelta en sus países de origen. Que han regresado de toda clase de conflictos distintos, y que muchos de ellos viven pacíficamente. Algunos de ellos dejaron sus hogares cuando eran muy jóvenes y más tarde cayeron en la cuenta de que se habían equivocado. Eso no les convierte necesariamente en inocentes, ni es un motivo para eximirles de ser sospechosos, de ser vigilados o, incluso, de ser encarcelados.

El desafío al que se enfrentan las fuerzas de seguridad es el de saber calibrar con precisión qué nivel de amenaza constituye cada retornado por separado. No se trata de una tarea fácil — de hecho, el sistema de recolección de información de los retornados todavía se encuentra en fase embrionaria, y lo cierto es que los distintos programas activados por todo el mundo para lidiar con los retornados solo han arrojado resultados encontrados.

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Mientras nos terminamos el café, le cuento a la madre británica del yihadista cual es mi dilema.

"Yo le diría a la gente que ve a mi hijo como a una amenaza", me comenta, "que es muy fácil demonizar a esos chavales. Que es una forma de distanciarnos a nosotros del problema al que nos enfrentamos. Yo les diría que esos chavales son también víctimas de la situación".

De tal forma, mi conclusión es que la forma de abordar el regreso debería de ser cautelosa y debería de contemplar la posibilidad de la recuperación y de la reinserción de los que vuelven.

Amarnath Amarasingam es miembro del Social Sciences Research Council del Canadá y está codirigiendo un estudio sobre los combatientes extranjeros occidentales desde la universidad de Waterloo, en Ontario. Siguele en Twitter: @AmarAmarasingam

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