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machismo

Por qué los fachas siempre son machistas

Porque necesitan a las mujeres.

por Irantzu Varela
11 Octubre 2018, 4:00am

Reuters/Andrea Comas

El pensamiento fascista tiene algunos mecanismos muy complicados, pero también tiene algunos muy simples. Se trata de definir a un grupo “elegido” y de explicar todos sus problemas como algo provocado por un enemigo común. Enemigo compuesto por todos los grupos que no formen parte del colectivo elegido. Sirven para explicarlo todo y para expiarlo todo.

El fascismo funciona señalando a un grupo, normalmente ya privilegiado, y construyendo toda una retórica orientada a explicar que los privilegios de este grupo no se han conseguido a costa de los derechos de otras personas o grupos (que es como se consiguen siempre los privilegios) y tratando de explicarlos —o solo justificarlos— como un derecho “natural”. Tenemos privilegios, porque nos los merecemos, por ser lo que somos. Y si no los tenemos, es porque alguien nos los ha quitado.

Eso es lo que diferencia a los pensamientos fascistas y a los pensamientos marcadamente de derechas: que las desigualdades les parecen el estado “natural” de las cosas. O el deseable. Y todas las desigualdades que no se traduzcan en que la minoría “elegida” viva ostensiblemente mejor que la mayoría, formada por toda la “chusma” que no cabe en la selección “natural”, les parecen pocas.

Lo hicieron los nazis con el pueblo judío y gitano, y con las personas con diversidades obvias. Lo hicieron las minorías blancas con las personas secuestradas y traficadas desde África, en los Estados Unidos, hace un par de siglos. Y lo hicieron los pocos y muy ricos blancos con las personas que estaban en la que durante siglos había sido su casa, en Sudáfrica, durante el Apartheid. Por poner algunos ejemplos. Porque también lo hace el estado de Israel con el pueblo Palestino, por poner otros ejemplos.

Lo primero es definir a todos los enemigos, pero lo segundo es señalar, orientar y obligar a las que van a hacer que nosotros, los elegidos, sobrevivamos

Se busca un grupo que ya tenga muchas ventajas, y se usa a todos los demás para explicar que no las tengan todas. Siempre son personas “de fuera”. De otros países, de otras etnias, de otras opciones sexuales, de otras religiones, o de otras opiniones.

Por alguna razón —qué sorpresa—, los que salen siempre ganando son los hombres del grupo privilegiado. Las mujeres, como grupo, no suelen ser objeto del odio sin matices. Quizás las de otros grupos étnicos, sociales o estéticos. Pero no “las nuestras”. Para ellas, tenemos un plan que es tan importante porque de ellas depende nuestra supervivencia.

Lo primero es definir a todos los enemigos, pero lo segundo es señalar, orientar y obligar a las que van a hacer que nosotros, los elegidos, sobrevivamos. Y comamos caliente, y nos reproduzcamos y nos divirtamos y follemos y nos hagamos fotos en familia y podamos llegar a casa y que nos traigan las zapatillas, que estamos muy cansados. Lo segundo que necesita un grupo privilegiado es dejar claro que las mujeres “de las suyas” son como ellos, pero están para el descanso del guerrero, para la crianza, para la tranquilidad, el statu quo y que todo vaya rodado.

Por eso, todos los fascistas “aman a las mujeres”, pero las quieren calladas, tranquilas, contentas (o disimulando), ofreciéndose para lo que haga falta, y cuidando.

Porque hacen falta sirvientas gratuitas y agradecidas que críen a sus hijos, que reproduzcan sus valores, que lleven sus trajes tradicionales, que cuiden sus hogares. El remanso de paz del guerrero público. Por eso Hitler tenía a Eva Braun, sana y lozana. Y vestida de tirolesa. Que se casó con él un día antes de suicidarse juntos en el bunker. Por eso Mussolini tenía a Clara Petacci, que se lanzó a la bala que iba a matar a ese amante que chuleaba de montar un caballo cada mañana y una mujer (me temo que no siempre ella) cada noche. Por eso Fred Waterford (¡¿que hacéis vivas si no habéis visto/leído “El Cuento de la Criada”?!) tiene que domar a Serena, esa mujer más lista que él, pero que tiene que vestirse de azul y hacer punto, mientras espera a ver cómo el mundo que ella ha diseñado, la deja fuera.

Por eso los nuevos fachas tienen al lado a influencers que se hacen fotos de moda noña, mamá feliz y maquillaje discreto, con secretos de belleza como dormir bien al lado de un facha, casarse en una boda de ensueño con un facha, o tener niños monísimos con un facha. Por eso las mujeres de los partidos de derechas son pocas y se parecen mucho entre ellas y se parecen poco a las que cogemos cada mañana el metro. Por eso lo primero que dijo Pablo Casado fue: fuera aborto (y ya hablaremos del divorcio). Que es lo que significa hablar de “recuperar consensos” de hace tres décadas, cuando su consenso era estar en contra de todo lo que sonara a libertad de las mujeres.

VOX quiere derogar la Ley Integral de Violencia de Género, porque prefiere que nos sigan matando, antes que darnos la libertad necesaria para que dejen de asesinarnos y sigamos apareciendo en los medios “muertas

Porque los fascistas nos necesitan. Necesitan a “sus” mujeres, como subalternas, cuidadoras, discretas, sirvientas, palmeras… pitufinas en mundos de hombres que hacen parecer que todo es igual que en la izquierda. Y lo jodido es que a veces lo sea. Pero no lo es, en esencia.

La izquierda la caga mucho, mal, y casi siempre de la misma manera. Pero el fascismo no quiere personas libres y a nosotras nos quiere explotadas, esclavizadas, o muertas. Por eso VOX quiere derogar la Ley Integral de Violencia de Género, porque prefiere que nos sigan matando, antes que darnos la libertad necesaria para que dejen de asesinarnos y sigamos apareciendo en los medios “muertas”. Por eso Ciudadanos nos quiere gestando criaturas blancas y ricas de manera capitalistamente altruista. Por eso el PP no quiere que abortemos, no vaya a ser que tengamos solo las hijas e hijos que queramos, y terminemos decidiendo que no queremos dueños.

Hay algo en lo que la extrema derecha siempre está de acuerdo: negar la desigualdad de las mujeres como sistema estructural que explica la violencia evidente en la que vivimos, porque así, en vez de poner en marcha medidas para acabar con ella, nos proponen como estrategias el miedo y buscarnos un hombre que nos proteja.

Suena rancio, pasado y obsoleto, pero solo hay que pensar en los modelos de mujer que no les gustan a los fachas ni a los de derechas: las bolleras, las guerreras, las solteras, las que no quieren tener hijos, o quieren decidir ellas cuándo tenerlos; las viejas, las gordas, las que no caben en sus estándares de lo que es bueno, o bello. Las que no se peinan a su gusto, las que no se visten discretas, las que no se preocupan por obtener su aprobación o por despertar su deseo.

No es cuestión de gustos, porque no tiene nada que ver con el deseo. Tiene que ver con quién ejerce el poder, y con quién tiene que hacer lo que se espera de ella para que no la arrolle o la arrincone.

Todas las manifestaciones (más o menos “dos punto cero”) del fascismo tienen en común la idea de mujer que pretenden imponer. Trump pasea de malas formas a una exmodelo hierática, a la que le cuesta fingir una sonrisa, pero nos preocupamos de si duerme en la Casa Blanca o de cómo lleva el pelo. Con que se burle de las mujeres a las que ha agredido sexualmente, amenace a las mujeres a las que ha sobornado o proponga candidatos acusados de abusos sexuales, ni nos inmutamos. Que el ganador de la primera vuelta en las elecciones brasileñas considere en público que hay mujeres tan feas, que no se merecen ni ser violadas, no nos parece alarmante.

Que el partido naranja pretenda convertirnos en recipientes para la reproducción de una élite, tampoco es para tanto. Que el partido de la gaviota quiera quitarnos los derechos conquistados y que retrocedamos a las condiciones de cuando nuestra madre llevaba hombreras, no es lo prioritario. Que el partido del que hace un par de años nos reíamos, y ahora llena plazas, plantee derogar la ley que prohíbe matarnos y violarnos, pero que nos protege solo un poquito más que a los perros y a los gatos, se diluye entre sus banderas y sus canciones de Los Ronaldos.

Solo hace falta revisar sus programas, los de cualquier partido de derechas, para ver en qué consiste su plan para nosotras

No es algo más, no es otra de sus locuras, no es un detalle, no es algo aislado. Los pensamientos de extrema derecha implican un discurso supremacista y supremachista, que disfraza la desigualdad como el devenir natural de unas diferencias que lo son de forma objetiva y que ninguna estructura humana ha causado. Pero no es así. Y a las mujeres nos quieren cuidando gratis, pariendo a tiempo, sonriendo y apareciendo de vez en cuando en los espacios necesarios para que no parezca que nos impiden estar, para que parezca que, las que sirven, lo consiguen.

Pero solo hace falta revisar sus programas, los de cualquier partido de derechas, para ver en qué consiste su plan para nosotras: fomento de cualquier forma de reproducción asistida, pero restricción del derecho a que la maternidad sea elegida. Apoyo a la familia “tradicional”, pero prohibición del matrimonio igualitario, no vaya a ser que nos dé por elegir con quién casarnos. Recorte drástico de los recursos destinados a combatir la desigualdad, que es la única forma de reducir la violencia machista. Sed buenas (y estad buenas) chicas, y así estaréis a salvo.

O también se puede analizar lo que dicen sus votantes (y antipatizantes) en la barra del bar o en la barra de bar virtual de las redes sociales: que la Ley Integral de Violencia de Género es discriminatoria, porque protege de forma específica a las mujeres (ignorando a propósito que es el sistema desigual el que nos hace vulnerables).

Que parir criaturas, por dinero, para otros, es libertad. Que reivindicar la lucha por la igualdad como una responsabilidad colectiva y social es ser victimista. Que nosotras nos hemos inventado la violencia para quitarles el dinero y esas criaturas a las que no se han molestado hasta la separación en cuidar. Que la homosexualidad es una enfermedad, y que se puede curar. Y así toda una retahíla de bobadas que, así sueltas, dan risa, pero que juntas y con opciones en las urnas, dan miedo.

Y no da miedo (o no debería) quien piensa diferente. Da miedo quien piensa que la culpa de todo la tiene quien es diferente. Da miedo quien piensa que la desigualdad es natural y que todo lo que sea hacerla cada vez más grande, cada vez más obvia, cada vez más útil para sus intereses, es bueno. Da miedo quien piensa, como el Comandante Waterford que, a veces, hay que hacer el mal a una mayoría para el bien “común”. Da miedo quien piensa que nosotras hemos venido al mundo a estar a su servicio. Da miedo quien piensa y proclama que las feministas, las que llevamos siglos luchando contra las desigualdades porque sabemos lo artificial, violento, injusto y reversible de la posición en la que vivimos, somos el enemigo. Dan miedo porque nos tienen miedo.

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