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Fotos que muestran cómo es vivir en las cuevas de Granada

Las cuevas del Albaicín y el Sacromonte siguen habitadas a pesar de los cambios en los últimos años.

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sep. 20 2018, 4:00am

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En Granada aún quedan cuevas habitadas en los barrios del Albaicín y el Sacromonte, a pesar de que fueron desalojadas en el año 1963 por el gobierno franquista, tras los derrumbamientos e inundaciones de algunas de las cuevas que siguieron a unas fuertes lluvias.

Además, con el paso de los años, muchas cuevas se abandonaron y han sido ocupadas. Algunas de las cuevas tienen permisos de vivienda, pero otras no. Estas últimas se encuentran protegidas por la Junta de Andalucía por su valor arqueológico, aunque algunas están habitadas.

En el Albaicín, en la parte alta del barrio donde las cuevas todavía están ocupadas, se ha creado un pequeño núcleo de habitantes formado por inmigrantes tanto legales como ilegales, personas fugadas de la justicia y gente que busca una forma de vida alternativa, que le dan la bienvenida a un turismo de filosofía okupa.

Por otro lado, el Sacromonte se divide en dos partes, una más ordenada en la que todavía aguantan algunas familias de toda la vida que también mantienen viva la tradición del flamenco, y los barrancos, donde la legalidad e ilegalidad se confunden continuamente. Son zonas con las mejores vistas de Granada, situadas frente al monumento más visitado de España, eterno rival de la Sagrada Familia en cuanto al número de turistas se refiere, y a las que ninguno de los gobernantes de la ciudad, independientemente de su signo político, ha prestado atención, ignorando las necesidades de los vecinos.

Enrique Carmona

Entre las familias gitanas que quedan en las cuevas de Granada luchando por mantener la tradición flamenca, destaca la de don Enrique Carmona, bailaor profesional y dueño de La Canastera, zambra gitana tradicional donde acuden tanto turistas como nacionales desde hace medio siglo. Don Enrique es hijo de María, la Canastera, reconocida figura del flamenco, y dio sus primeros pasos bailando al lado de su madre. La cueva de María, la Canastera está conservada en muy buenas condiciones y es uno de los pilares del turismo en la zona.

Una actuación en la cueva de María, la Canastera

Don Enrique se esfuerza por mantener las tradiciones de forma pura: evita los focos y los micrófonos dentro de la cueva y prefiere que los bailes se hagan directamente en el suelo de la misma, sin ningún tipo de tarima, y siempre cerca del público. Reconoce que los jóvenes siempre traen aires nuevos, pero intenta mantener el sabor y la autenticidad del flamenco del Sacromonte.

Curro Albaicín

El origen del turismo en el Albaicín se debe al flamenco y a su tradición en la zona. Una tradición que ha conocido muy bien Curro Albaicín, famoso cantaor que de pequeño ya correteaba por las cuevas, allá por los años 50. Entonces se recibía en ellas a actores de Hollywood y a personalidades de todo tipo. Una época en la que los cantes veían el amanecer con facilidad. En el barrio se era feliz, la vida en las cuevas fomentaba el aprendizaje y la inmersión de uno en el flamenco. “Así aprendíamos, viendo, escuchando y cantando. La guitarra requería pasos más elaborados de estudio, pero era la vida en el barrio la que desarrollaba el flamenco”, afirma Curro.

La cueva de Curro Albaicín

Esta combinación de vida y arte era la esencia del barrio y era lo que creaba tradición. Curro se esfuerza por recopilar cancioneros y enseñar a los jóvenes e interesados cuál es la tradición; su cueva es un museo vivo de memoria y arte. “Aunque los jóvenes impriman un carácter nuevo, lo importante es que no se pierda porque no quedamos muchos y somos mayores. Si morimos se perderá, si no lo transmitimos”, asiente Curro.

Ibulay dentro de su cueva

Ibulay tiene 46 años y es de origen senegalés, concretamente de un pequeño pueblo llamado Passi. Lleva 17 años en España. Estudió con un visado en Francia, pero antes de que le caducara viajó a España. Aquí pudo legalizar su situación y en todo el tiempo que lleva en el país ha pasado por todo tipo de experiencias. Es conductor profesional con todos los carnets. Vive en una cueva porque "vivo más tranquilo, siento menos racismo que en la ciudad y convivo en comunidad con gente de mi país".

Lamenta mucho la falta de políticas de integración y confiesa que cuando llegó a Europa nunca imaginó que la vida sería así. Dice que cada cueva es una historia diferente y que no puede hablar por todos, pero que a mucha gente le gustaría vivir en la ciudad y dejaría las cuevas si pudiera.

Por su parte, Mbacke tiene 34 años y es de Touba, a 200 kilómetros de Dakar. Su historia encierra verdades que comparten otros habitantes de las cuevas. Llegó de ilegal a España en 2015 y aún no ha podido regularizar su situación. Vive en las cuevas y sus compañeros dicen que tiene un problema de alcoholismo. "Es normal, cuando uno llega a España no hay nada que te ayude a integrarte y la soledad y la tristeza siempre producen más problemas", comentan.

Antes de llegar a Granada pasó por Bilbao, Madrid y Almería, para trabajar en el campo. Vive en una cueva porque no quiere estar solo y aquí tiene amigos. "Nos protegemos y nos hacemos compañía mutuamente".

Por otro lado, la Asociación de Vecinos del Albaicín, a través de su representante, Lola Boloix, ha denunciado hasta la saciedad el abandono del barrio y siente preocupación por la intervención de Servicios Sociales. Dice que conviven con problemáticas de integración y los problemas que se derivan de ella. "En el año 2013 se produjeron algunos desalojos de cuevas pero no sirvieron de nada, excepto para destrozar con la maquinaria los senderos originarios del alto Albaicín”, comenta Lola.

Los vecinos apuestan por una solución a largo plazo: "Entiendo que los inmigrantes o los okupas pueden tener situaciones personales particulares, y lo primero sería saber quién vive en las cuevas y por qué". La ilegalidad y la sensación de peligrosidad que dan algunas zonas, junto con problemas de salubridad, ha hecho de la zona un rincón con atractivo para un turismo peculiar.

El concejal de Urbanismo Miguel Ángel Fernández explicó en mayo de 2017 que la zona se encontraba dentro de Plan General de Ordenación Urbana como un espacio de usos múltiples, pero como es tradición en la política andaluza, no se ha hecho absolutamente nada. Desde la Administración se ha esgrimido que el tratarse de una zona protegida arqueológicamente dificulta cualquier proceso, pero los vecinos creen que se trata de una excusa.

Muchos habitantes de las cuevas en el Barranco de los Naranjos o los Negros, en el Sacromonte, dicen que las acusaciones de problemas de drogas, de perros sueltos que muerden y de violencia en general son falsas, que cada uno cuida de su cueva a su manera, que mucha gente viene y va, pero que en las cuevas la vida es genial, no solo por la temperatura en su interior, sino por la convivencia.

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