VIH es politico
Foto por: Santiago Cárcamo
Identidad

Salir del clóset del VIH es un asunto político

Después de un año y medio de ocultarle al mundo que era VIH positivo, Daniel Zárate decidió publicarlo en un artículo que leyeron miles de personas. En el Día Mundial del VIH y el sida relata su experiencia.
1.12.19

“No hay dudas, sos positivo”, me dijo la médica mirándome a los ojos. Una parte de mí ya lo intuía y eso alivianó las cosas. No me di tiempo para pensar y acudí ansioso a las herramientas que me brindó el teatro: relajé los músculos de la cara, respiré hondo, sonreí para las cámaras. “Sí, ya sabía. Estoy bien, no te preocupes”, respondí luego sin mostrar fisuras. Ella empezó a contarme sobre el tratamiento y cuál sería el procedimiento médico. Sin escucharla, yo asentía con la cabeza como si conociera todo lo que me explicaba. No era así; jamás había oído del “test de resistencia”, por ejemplo.

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Ni bien hubo un hueco en su relato aproveché para escapar; le dije que llegaría muy tarde al trabajo y que tenía su número para llamarla después. Ella se sorprendió, pero no le di tiempo para que intentara detenerme. Agarré mi riñonera, me puse los lentes de sol, le agradecí y salí del consultorio sin mirar para atrás.

Fuera de la clínica me esperaba Pedro, mi novio. Se acercó y me abrazó sin decir nada. Había entendido todo: sintió mi energía convulsionada y optó por el silencio, una actitud arriesgada teniendo en cuenta que ante situaciones complejas a veces es más fácil llenarse de palabras comunes. Yo también me quedé callado, no quería consuelo; quería estar bien, me parecía antiguo angustiarme y llorar. Al fin y al cabo estábamos en 2018, ¿no era hora de tomárselo de otra manera?

Pedro me propuso ir un rato a un parque. Le dije que sí, aunque aclaré que no necesitaba hacer ninguna catarsis. Él sonrió y entró a un supermercado a comprar un jugo para combatir los casi 30° que tornaban a Buenos Aires en una caldera. Ni bien me quedé solo me senté en el piso y miré el cielo. El momento poético duró segundos porque de repente noté mis dedos llenos de sangre. Me asusté y me dí vuelta para mirarme en la vidriera del supermercado: cara, labios, remera, manos, todo manchado. No lloraba, pero sangraba por la nariz sin parar. En ese instante, 13 de febrero de 2018, menos de una hora después de haber sido diagnosticado con VIH+, sentí que mi vida cambiaría para siempre.

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Después de recostarme en silencio en un parque de Belgrano, al norte de la ciudad, llegué al departamento de Pedro y permanecí cuatro días encerrado. La primera tarde, cuando la angustia le ganó a mi ego, empecé a llorar sin entender bien qué me ponía triste. Lloré frente al espejo del baño, con la cara hundida en la almohada, mirando la cámara del celular, fumando en el balcón. Grabé un video en el que le hablé a mi yo del futuro y le dije que esto tenía que servir para algo, que no podía quedar trunco en la mala noticia. A la media hora lo borré, luego lo volví a grabar y después lo volví a borrar.

Esa primera noche me quedé solo. Pedro salió y yo tomé el teléfono para mandarle un audio a Javi, mi mejor amigo: “Mirá, te la voy a hacer corta”, dije, ”me dio positivo el test de VIH. No estoy mal, sólo necesito parar de llorar y que el día termine”.

Javi tiene la capacidad de sacarme a flote aún cuando estoy en lo más profundo del pantano. Cuando le abrí la puerta lo primero que hizo fue hacer un chiste sobre mi aspecto: “Amiga, porfa lavate la cara”, me dijo entre risas. Al rato estábamos relajados y tomando fernet. Hacíamos bromas y empezamos a imaginar que algún día escribiría una crónica de esa situación que me había llevado a buscar en Google “métodos para dejar de llorar”.

Desde el primer momento me supe un privilegiado: tenía acceso a información, al tratamiento, a amigxs y novio dispuestos a contenerme. Ese fue el tema de conversación con Javi mientras construíamos un muro de racionalidad alrededor de la noticia. Sin embargo, aunque estaba tranquilo porque sabía que no me iba a morir de VIH, de repente volví a romper en llanto. “Pero, ¿por qué llorás?”, me preguntó Javi intentando calmar mi ciclotimia. “Van a pensar que soy un promiscuo”, le dije. “¿Quiénes?”, me respondió rápido de reflejos. Lo miré fijo a los ojos y por primera vez en el día fui sincero: “Todos”, afirmé mientras me desparramaba las lágrimas por la cara.

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Viví toda mi vida en Buenos Aires, fui a la universidad y hasta trabajé en el área de salud. Se podría decir que me sobraban las herramientas para enfrentar el diagnóstico con más serenidad. Pero todos esos recursos no fueron suficientes. Atascado en la cárcel de la moral, estaba decidido a tirar a la basura todo lo que había aprendido y desmitificado del VIH y a guardar lo más posible el secreto. Ni siquiera tenía ánimos de replantear mi decisión.

Hice una lista de a qué amigos les contaría y a quiénes no. El criterio era la capacidad juzgatoria de cada unx. (Ridículo). Hoy me recuerdo anotando nombres en un cuaderno a las tres de la tarde de un martes y no veo más que a un chico con la psiquis partida a la mitad. En mi cabeza tenía sentido: algunos debían saberlo para acompañarme en el proceso, pero no todos porque sino correría riesgo de que empezara a esparcirse el rumor. A quienes hacía partícipes de la noticia les agregaba una mentira piadosa, les decía que no lo contaran porque quería contarlo yo, pero no era más que la excusa perfecta para no hacerme cargo de que era yo el primero que estaba discriminándose, presionado por el miedo a enfrentar una sociedad opresora.

A los meses de mi diagnóstico me enteré que tenía un linfoma y eso hizo que mi relación con el virus pareciera calmarse. Me obligó a contárselo al resto de mis amigxs, a mi papá y a mi hermana como si fuera algo secundario. Cuando mi papá me abrazó y me dijo al oído “todo va a estar bien”, me pareció que la turbulencia llegaba a su fin y que ya había pasado lo peor. Sin embargo, aún me quedaba camino por recorrer.

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Un día estaba en un consultorio médico y, antes de que me hicieran seguir con la odontóloga, me dieron un formulario para rellenar. Desde que llegué a la sala había observado que luego de que los pacientes entregaban el formulario completo, la secretaria repasaba en voz alta las respuestas y les hacía firmar un consentimiento. Ni bien me senté y agarré una lapicera mi vista se dirigió al casillero “enfermedades infecciosas”. Me debatí internamente qué debía hacer. Tenía que ser sincero, pero al mismo tiempo pensaba que, no importaba lo que dijera el papel, la odontóloga usaría guantes y tomaría los recaudos necesarios. Me enojé mucho con el método tan ridículo de estandarizar a las personas, aunque hoy pienso que en realidad lo que sentía era miedo de enfrentarme a la reacción de la gente de la sala al escuchar la palabra VIH. Tiré el papel a la basura y salí del lugar, alegando una urgencia. Luego me senté en un café y rompí en llanto. No me permití siquiera pensar qué me ponía triste, porque en el fondo no quería hacerme cargo de lo que estaba sucediendo.

Un día, sin saberlo, dí el primer paso para terminar con el tabú. Javi le había contado a un amigo suyo que yo era VIH+. Él, sólo él, tenía la autorización de compartírselo a otrxs porque yo confío en su criterio, y justamente lo hizo para ayudarme. El chico en cuestión también era VIH+, lo mantenía en secreto y estaba sumido en una profunda tristeza. Cuando hablé con él, de entrada quise diferenciarme: yo no vivía en el secreto absoluto, lo sabía mi círculo de extrema confianza. En un momento me sentí expuesto y desvié la conversación, pero por dentro supe que era un mecanismo para no aceptar que yo también hacía esfuerzos enormes para ocultar mi condición y que eso me afectaba muchísimo.

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En noviembre de 2018 fue el primer punto de inflexión. Fui a la marcha del Orgullo de Buenos Aires y mientras caminaba me topé con Lucas Fauno Gutiérrez, periodista y performer, a quien hacía tiempo conocía. Tenía un cartel en sus manos y lo alzaba con decisión y una extraña felicidad de saberse haciendo lo correcto: "VIH+ y orgullose”, decía el papel pintado a mano. Verlo fue una cachetada. Me quedé paralizado y un cosquilleo me recorrió el cuerpo. Me encerré en mí mismo y se me hizo un nudo en la garganta. Jamás me animaría a eso, pensé; nunca en mi sano juicio le gritaría al mundo que soy positivo. ¿Para qué? Durante varias horas no pude sacar ese cartel de mi cabeza. Por primera vez me pregunté a mí mismo: ¿por qué no lo haría?

Creo que lo primero que escuché del VIH fue que era la “enfermedad de los putos”. Era el peligro que rodeaba la homosexualidad y del cual debía protegerme. Era también la confirmación de una sexualidad promiscua y exagerada. Lo más tenebroso del poder del estigma es que cala tan profundo en la subjetividad que hasta quienes tenemos la información para comprobar lo contrario igual lo aplicamos con nosotrxs mismxs. Tardé mucho tiempo en dar vuelta el argumento y pensar: “¿a quién le importa que hago yo con mi cuerpo? ¿Ser libre es ser promiscuo? ¿Por qué los putos nos tenemos que hacer cargo de esto? ¿Cuál es el problema?” Hacerme esas preguntas me hizo dar cuenta de que era hora de redoblar la apuesta, no podía seguir viviendo en la oscuridad.

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En agosto de este año se me dio la oportunidad. Me invitaron a publicar en este medio una crónica sobre ser joven y estar enfermo, relacionada con el linfoma que mencioné antes. Me había propuesto no incluir nada del VIH para no mezclar temas, pero Javi me dijo que no sólo era importante sino necesario. Estuve sentado frente a la computadora durante horas. Escribía y borraba, escribía y borraba. Era sólo una frase al principio de la nota, pero sin dudas llamaría la atención. Luego de un rato, decidí no pensarlo más y lo hice. Clic, enviar. No había vuelta atrás. Por primera vez tomaba las riendas de la situación y me hacía cargo de mis miedos, de mi tristeza desde el día que me diagnosticaron. Fui por todo y le conté a toda Latinoamérica que soy VIH+. Con la publicación de la nota mi estado serológico pasó a estar disponible para todo el mundo: primxs, tíos, colegas, exparejas y millones de desconocidos.

A medida que la nota se replicaba me arrepentí de lo que había hecho. “¿Qué hice?”, pensé. Apagué el celular de inmediato. Tres horas más tarde lo prendí preparado para lo peor, pero lo que me encontré me descolocó. Lejos de burlas y mensajes de temerosas exparejas, me encontré con innumerables demostraciones de amor y, sobre todo, con cientos de historias desgarradoras. Habían escrito personas que hace años que mienten para sobrevivir, que viven atascadas en la vergüenza, que habitan sus días en la profunda decepción de sí mismos. Entre los cientos de mensajes que recibí recuerdo el de un chico de Colombia que llegó a falsificar un preocupacional en el trabajo, o el de un mexicano que se fue a vivir a España para que nadie de su familia se enterara. Mientras los leía, me ví a mí mismo, hacía no tanto, con el mismo miedo, y entendí lo necesario del cartel de Lucas.

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¿Por qué mi prima cuenta en el almuerzo familiar del domingo que tiene diabetes y yo me privo de hablar del virus que tengo? ¿Por qué cargo con el peso del silencio y desligo de toda responsabilidad a quien lastima con su mirada prehistórica? Tanto tiempo invertido en ocultarnos cuando tenemos metas tanto más importantes: aunar esfuerzos en encontrar la cura, que mejore nuestra calidad de vida y presionar a la industria farmacéutica y a los gobiernos, que en lo último que piensan es en nosotros.

Mientras leía esos mensajes y me daba cuenta de la enorme cantidad de energía puesta al servicio de que no nos vean, tuve la certeza de que es urgente que demos vuelta a la página. No podemos escondernos más, tenemos que ser cada vez más visibles, tenemos que salir todxs del clóset. Ninguna cura se va a encontrar, ningún gobierno va a invertir y la gente va a seguir reproduciendo barbaridades si no le ponemos freno todos juntxs a esta situación. Tener VIH no nos convierte en personas de segunda.

No nos merecemos perder ni un segundo más en calmar la ansiedad de una persona que no entiende nada; la soberanía de nuestros cuerpos nos pertenece, nuestra alegría no se negocia y nadie tiene derecho a opinar sobre nosotrxs. Necesitamos derribar ese clóset que nos retrasa el camino a vivir en paz. Todxs nos merecemos poder contarlo un domingo en un almuerzo familiar.

Hoy mientras termino de escribir esta nota pienso que ojalá pudiera transmitirles a todxs los que sufren la opresión del miedo que una vez que lo enfrentás el miedo se va corriendo solo porque nosotrxs somos más fuertes que él. Y que una vez que el miedo ya no está, la calma que te atraviesa el cuerpo te demuestra que al final no era para tanto: nada es peor que vivir en el ostracismo.

Hoy, a un año de ver el cartel de Lucas Fauno, pienso que logré desatar ese nudo que se me hizo en la garganta y que menos mal lo hice. La marcha del Orgullo de hace unos meses para mí no fue una cachetada, fue un abrazo. Me sumé a ese abrazo colectivo y entre todxs exigimos que respeten nuestros derechos, que sigan investigando, que sigan invirtiendo y que la cura siga siendo la meta. Y qué lindo se sintió.

Hoy, primero de diciembre, y todos los días, tenemos que seguir exigiendo porque nadie lo va a hacer por nosotrxs. Tenemos que salir del clóset y saber que estamos juntxs en esto. Que nada ni nadie retrase nuestro camino, que quien tenga un problema con nuestros cuerpos, quien se atreva a opinar de nosotrxs, lo solucione solo porque nosotrxs tenemos cosas más importantes que hacer.

Salir del clóset y sumarme a ese abrazo vichoso para luchar por lo que nos corresponde fue de lo más lindo que viví en los últimos años. Necesitamos que ese abrazo sea cada vez más grande. Hoy y todos los días.

SeamosVisibles #SalgamosDelClóset

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