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relaciones

Qué pasa cuando eres la persona de la que 'no hay que puto pillarse'

Hablemos de lo jodido que se queda uno cuando jode al resto.

por Ana Iris Simón
15 Noviembre 2019, 5:00am

Fotografía de la autora

Tengo un amigo con inclinaciones expresivas de poeta del XIX y en una conversación sobre la peña que tiende a hacerle daño a otra peña, eso que últimamente se ha convenido en llamar sadboys o peor aún, PERSONA TÓXICA, porque la vida es renombrar lo de siempre para sentir que es algo nuevo y poco más, me dijo que yo tenía mucho que callar. Que "había dejado a mi paso un buen reguero de corazones rotos". Y tuve que darle la razón.

Llevo teniendo parejas estables, duraderas y supuestamente monógamas desde los 12 y a la mayoría de los hombres con los que he estado les he hecho mierda en general/ alguna o varias mierdas en particular, depende del caso.



Cuando empecé a liarme regularmente con el que acabó siendo mi último novio, el amigo en común a través del que nos conocimos le puso sobre aviso. Le dijo que para "alante" con todo pero que se atuviera a mi historial. Que fuera consciente de los riesgos, que le había sido infiel a casi todas mis parejas y que lo peor de todo es que nunca lo había intentado esconder ni disimular, sino que me esforzaba en exponerlo, explicarlo y justificarlo. Que en tercero de la ESO fui la CEO del poliamor en mi instituto después de leer cuatro gilipolleces de Sarte y Simone de Beauvoir pero que lo concebía de manera unilateral y que, por lo general, la cosa acababa mal.

Lo hizo, con fines supongo que disuasorios, algo así como una exposición de hechos concretos del meme de "no te enamores de mí, podemos follar pero no te puto pilles, estoy roto por dentro". Y se la hizo con toda la razón del mundo.

"No creo que sea tu objetivo hacer daño a la gente, pero sí que quizá no seas el arquetipo de persona preparada para la monogamia aunque quieras vivir en ella"

Justo antes de ponerme a escribir esto le pedí a uno de mis ex, con el que las cosas no fueron precisamente fáciles, que me dijera qué creía que pasaba conmigo. Que me explicara, desde su vivencia, cuál era mi problema y por qué ni podía tener relaciones monógamas sin hacer daño ni tampoco podía abrazar el poliamor y las relaciones abiertas, seguramente tras haber comprobado que —sorpresa— solo les funcionan a los que viven en la exaltación del yo y el sobreanálisis de sí mismos y hacen de dónde mete/se deja meter uno el pizarrín una cuestión casi cosmogónica.

Me respondió lo siguiente: "No creo que sea tu objetivo hacer daño a la gente, pero sí que quizá no seas el arquetipo de persona preparada para la monogamia aunque quieras vivir en ella. Me da la sensación de que eres capaz de relacionarte sexualmente con una única persona pero no eres capaz de tener la atención únicamente de una persona. Creo que te gusta gustar -a todos nos gusta, joder, pero a ti un poco más, te gusta casi que se enamoren de ti- y eso en pareja es difícil, aunque luego no llegues si quiera a consumar una infidelidad".

Le pregunté a más gente que se sentía identificada -no sin cierta vergüenza porque joder, nada peor que reconocerse en ese meme y jugársela incluso a que le llamen a uno flipado- con lo de "no te puto pilles estoy roto por dentro voy a hacerte daño".

Amanda*, que tiene 23 años y es bióloga, me habló de un estudio sobre los topillos por el cual se había descubierto que las diferencias entre los promiscuos y los monógamos en esta especie sería genética y tendría relación con sus receptores de oxitocina. También de que cuando un tío empieza una relación con ella es mejor que asuma cuanto antes que no va a ser el único.

"Siempre que conozco a alguien nuevo intento hablarle del tema de forma amable para evitar malentendidos. Odio el 'no te puto pilles' porque me parece una excusa para no implicarte en la atención de tu pareja sexual, una forma muy sucia de echarle la culpa al otro de sus sentimientos, y creo que eso es de mala gente", me dijo.

"Y yo no quiero ser mala gente ni jugar con los sentimientos de nadie, así que por respeto siempre doy a conocer esa parte de mí y por supuesto que atiendo dudas, ataques de celos o enfurruñamientos con indulgencia. No sé si es poliamor, relaciones abiertas o qué, solo hago lo que creo que es menos perjudicial para todas las partes. Mis formas de ser infiel cuando tengo una pareja cerrada van desde coqueteo con cualquier chaval que me guste por redes, morreos en la discoteca o sexo en todos sus formatos. La cosa llega hasta mantener relaciones paralelas con un amante y con un novio", añadió.

"No quiero ser mala gente ni jugar con los sentimientos de nadie, así que por respeto siempre doy a conocer esa parte de mí"

Jara Pérez, psicóloga, psicoterapeuta y creadora del proyecto En el fango habla de que es un tema que ve habitualmente en consulta. "Hay personas para las que comprometerse afectivamente tiene un coste emocional demasiado alto y por ello boicotean el vínculo cuando este se hace demasiado intenso. Eso no quiere decir que no quieran tener relaciones, de hecho en muchos casos es algo que se ansía muchísimo, llegando a pensar que tener una relación es lo único que les va a hacer felices, pero cuando ésta llega, el miedo, que puede ser totalmente inconsciente, es demasiado intenso y la persona hace cualquier cosa para dinamitar la relación. Esto ocurre cuando en el pasado, sobre todo en la infancia, se ha aprendido que las personas a las que quieres y que se supone que han de cuidarte y protegerte pueden hacerte daño o descuidarte. Ahora bien, no necesariamente todas las personas a las que les cuesta mantener vínculos afectivos y cuidar del otro han tenido que pasar por esto en la infancia. Pero sí es cierto que cuando no has desarrollado un apego seguro vincularse es algo complicado", explica.

El estilo de apego al que hace mención se refiere "al tipo de relación que establecemos con nuestros padres o cuidadores y que va a influir en la forma en la que nos relacionaremos con el resto de personas en nuestra madurez. Las personas que han desarrollado un tipo de apego seguro tienen más facilidad para confiar en sus capacidades para manejar las relaciones y en lo positivo de vincularse porque tienden a sentirse seguros. Las personas que han desarrollado un tipo de apego evitativo por lo general parecen muy autosuficientes, niegan sus vulnerabilidades pero salen por patas cuando el vínculo se pone muy intenso, ya sea de forma directa o boicoteando la relación para que sea la otra persona la que se vaya", termina.

"Desde que actúo así nadie ha vuelto a hacerme daño"

Noa, que tiene 18 años cuenta que cuando ve que una persona con la que se está empezando a implicar emocionalmente tiene va teniendo más interés en la relación, su actitud cambia. "Me puedo pasar días sin hablarle, cuando quedo con él intento que no sea mucho tiempo, soy más borde... Lo que más hago es buscar defectos en esa persona, muchas veces inconscientemente. Sí que he tenido rupturas después de las que he acabado mal, y quizá es una respuesta a eso, pero desde que actúo así nadie ha vuelto a hacerme daño. También es verdad que muchas veces siento que soy una mierda de persona, cuando me hago consciente de que puedo evitar hacer daño", dice.

"Me atrevería a decir que, de forma muchas veces inconsciente, a las personas que suelen hacer daño a otras sistemáticamente les resulta demasiado duro vincularse y la razón principal es que no confían en que haya alguien que pueda cuidarles como necesitan. Así que diría que en muchos casos se trata de un problema de miedo o inseguridad", me dice Jara Pérez cuando le pregunto si hay algo en común, algún rasgo de personalidad o alguna tendencia -al narcisismo, al egoísmo- en todas esas personas que tienden a ser huracanes en las vidas de los otros.

A Edgar, de 26, le ocurre que no es capaz de frenar "el placer que le provoca ligar con otra gente" en sus propias palabras. "Cuando alguien muestra interés por mí, aunque esté en pareja me siento incapaz de no corresponderle de alguna forma. No es que tengamos que follar necesariamente, pero me gusta ese interés y en cierto modo cuando nace lo alimento. Es algo así como cuando subes una foto a Instagram, que acabas no sabiendo si el like es la causa por la que la subes o la consecuencia de subirla. A mí me ocurre igual con los escarceos, aun cuando estoy en pareja, que no sé a qué responde el tenerlos, pero no lo puedo evitar. Y claro, luego acabo jodido, también como cuando subes una foto a redes, porque en el fondo lo haces porque sabes que lo necesitas, que tu ego está jodido, que estás buscando aprobación", comenta.

Cuando empecé a ser un poco adulta y un poco consciente de lo chuscamente que había gestionado mis relaciones de pareja, cuando miré atrás y vi ese "reguero de corazones rotos" al que aludía mi colega el de las maneras de Góngora, me plantée, durante un tiempo, que nunca iba a poder tener una pareja. O más bien que nunca debería tenerla. Que si no sabía o no podía querer a nadie lo más responsable para con el resto y conmigo misma, que al final acababa jodida, era evitarlo a toda costa.

"El boicot continuado refuerza la idea de que los vínculos son dolorosos por lo tanto la cosa cada vez se pone más difícil"

"Boicotear diferentes relaciones a lo largo de la vida puede resultar muy frustrante y doloroso, lo primero de todo porque en realidad la persona quiere vínculo y amor pero le resulta demasiado costoso. Además, el boicot continuado refuerza la idea de que los vínculos son dolorosos por lo tanto la cosa cada vez se pone más difícil", me explica la psicoterapeuta Jara Pérez.

"En cuanto a si estas personas quieren o queréis menos, no se trata de tener menos capacidad para amar sino de tener menos capacidad para sostener la inquietud que conlleva el amar. Massimo Recalcati, un psicoanalista italiano dice que: 'Nuestra verdadera libertad estriba en ser capaces de reconocer nuestra insuficiencia y nuestra dependencia del otro'. Para una persona que no se ha sentido cuidada por ese otro a lo largo de su vida es muy complicado porque no hay una confianza de base en que los vínculos son positivos".

Sigue a Ana Iris Simón en @anairissimon.

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