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Esta no es una foto del momento en cuestión. Realmente no hay ninguna imagen, así que Sidhant Gandhi creó una con Photoshop
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Una pareja folló en una máquina de resonancia magnética por el bien de la ciencia

En 1991, un grupo de científicos obtuvo una imagen del interior de dos cuerpos humanos durante el sexo. El resultado es brutal.

Ida Sabelis recuerda sentirse emocionada y nerviosa, aunque no especialmente excitada. Era sábado por la mañana y había hecho un viaje de tres horas con su novio, desde Ámsterdam a la ciudad de Groningen, en el extremo norte de los Países Bajos. En la sala de resonancia magnética del hospital, Ida charlaba con tres científicos cuando, de repente, se le ocurrió una idea.

“Me di cuenta de que era la única mujer de la sala”, recuerda, y luego describió una punzada de exasperación. “¡Pues claro que soy la única mujer, si es un estudio sobre el cuerpo femenino!, pensé”.

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Ida había accedido a participar en el proyecto en parte como favor, pero sobre todo por su apasionada vena antropológica que en su juventud la había llevado a defender activamente los derechos de la mujer. Y aunque el equilibrio asimétrico de género que se daba en la sala la molestaba, también sirvió para espolearla. Dándole una palmada en la espalda a su novio, anunció: “Bueno, ¿vamos con ello, entonces?”.



Los tres científicos volvieron a centrarse. Su novio, Jupp, fue corriendo a orinar. Uno de los investigadores retiró la bandeja plegable de acero de la máquina de resonancia magnética y luego, Ida y Jupp se desnudaron y subieron al aparato. En un principio, la idea era que Jupp se colocara sobre Ida, en la postura del misionero, pero Ida la descartó. “A mí esa postura no me excita casi nada”, explicó. “Además, en ese tubo tan pequeño, el peso de Jupp habría sido demasiado”. Finalmente, optaron por hacer la cucharita.

Los tres científicos entraron en la cabina de manejo de la máquina, protegidos por una gruesa plancha de vidrio. “¿Nos oís?”, preguntó uno de ellos a través de un intercomunicador conectado a las entrañas de la máquina. “Sí”, respondió Ida, y a continuación se oyó a Jupp soltar una risita. “Cuando queráis”.

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ACTUALMENTE, IDA ES PROFESORA DE ANTROPOLOGÍA ORGANIZACIONAL EN LA UNIVERSIDAD VRIJE, EN ÁMSTERDAM. TODAS LAS FOTOS POR EL AUTOR

Un año antes, en otoño de 1991, Ida había recibido una llamada de la pareja de su mejor amiga, un tipo llamado Menko Victor “Pek” van Andel. Ida y Pek siempre se habían llevado muy bien, aunque ella lo consideraba un poco excéntrico, así que respondió la llamada con cierta sospecha.

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Pek la había llamado para decirle que tenía una idea para una pieza de “arte corporal” muy original: quería captar una imagen del tracto reproductivo femenino durante el coito usando una máquina de resonancia magnética (MRI).

Al igual que las de rayos X, estas máquinas permiten explorar el interior del cuerpo humano sin necesidad de recurrir a la cirugía. Sin embargo, hasta entonces nadie la había utilizado para explorar el cuerpo femenino durante la práctica sexual. “¡Nunca se ha hecho!”, le repetía sin cesar por teléfono. “¡Nunca!”.

Ida se sentía escéptica e intrigada a la vez. Por muy excéntrico que fuera Pek, el hombre tenía la carrera de investigación médica y era uno de los inventores de una córnea artificial. Tenía no solo los contactos que le proporcionarían acceso a una de estas máquinas, sino, sobre todo, el suficiente renombre académico que garantizaría que la cosa no acabara convirtiéndose en un espectáculo pornográfico. Tras pensar en ello y hablar largamente con Jupp, Ida accedió.

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PEK EN SU GRANJA, CERCA DE GRONINGEN

Pek estaba en lo cierto al afirmar que nadie había usado un aparato de resonancia magnética para examinar los órganos sexuales internos de la mujer, aunque a lo largo de la Historia no han faltado alardes de imaginación al respecto. El ejemplo más famoso fue el de Leonardo da Vinci, quien, en algún punto entre 1492 y 1494, hizo una ilustración de un hombre con el pene erecto penetrando una vagina semitransparente. El cuerpo y la cara de la mujer no aparecen en el dibujo, solo su tracto reproductivo, representado como un cilindro recto practicado entre las piernas y que terminaba directamente en la base de la columna vertebral.

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El esbozo data de hace unos 500 años, pero desde entonces nos quedamos con esa forma básica. Casi todos los diagramas de las cajas de tampones y los libros de educación sexual muestran la vagina como un túnel recto. El pene no se ve obligado a doblarse en las esquinas o amoldarse a la forma femenina. Simplemente entran y salen en una recta, tal como había supuesto Da Vinci. Pero nadie se había molestado en comprobar si el dibujo estaba bien con una máquina de MRI, por lo que nadie sabía si Da Vinci estaba equivocado.

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PEK SOSTIENE UNA COPIA DEL DIBUJO DE DA VINCI, DE LA DÉCADA DE 1490

En el laboratorio, los cuerpos de Ida y Jupp estaban completamente envueltos por el escáner y solo sus pies sobresalían. Jupp, comprensiblemente, temía no ser capaz de tener una erección, pero Ida dirigió la mano hacia la zona y comprobó que no había nada de qué preocuparse. Ambos se acoplaron y, en palabras de Ida: “En el tubo había una calidez agradable y al final conseguimos disfrutar como en la intimidad”.

De vez en cuando, por el intercomunicador oían alguna indicación y los dos se echaban a reír. “La erección es completamente visible, incluida la raíz”, dijo alguien desde la sala de control. “Mantened esa posición”. Conteniendo la risa, Jupp e Ida procuraban quedarse muy quietos, Jupp en el interior de Ida, mientras la máquina emitía ruidos a su alrededor.

No vamos a describir en detalle los pasos de una operación de MRI. Baste decir que son, básicamente, grandes cajas de plástico llenas de bovinas de metal. La abertura de la máquina recorre el eje central de las bovinas, que se magnetizan espasmódicamente con una corriente eléctrica que provoca que las bovinas tiemblen y se sacudan.

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Un escáner de una máquina de MRI es como una caja llena de hula-hoops saltando y repiqueteando, lo que la convierte, probablemente, en el equipo médico más escandaloso que existe. Y Ida y Jupp hicieron el amor en medio de ese ruido, parando de vez en cuando para mantener la posición —mientras Jupp procuraba mantener la erección— hasta que, al fin, después de 45 minutos, les dijeron que “terminaran”. Y lo hicieron.

Después, salieron de la máquina, sudorosos y desnudos, “como bollos salidos de un horno”. Se vistieron y corrieron a la sala de control para ver las imágenes que habían ayudado a crear.

“Cuando las vi, pensé: Oh, así es como encajamos”, recuerda Ida. “¡Eran preciosas! Vi mi propio útero, y Jupp llegaba a un sitio que ya conocía por mis sensaciones, justo debajo de la cérvix. Se veía claramente nuestro interior, incluso el límite entre nuestros vientres. El nivel de detalle era tal que me dejó sin habla”.

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LA IMAGEN RESULTANTE. A LA IZQUIERDA, APARECE SIN ETIQUETAS; A LA DERECHA, LAS DIFERENTES PARTES DEL CUERPO ESTÁN RESALTADAS Y ETIQUETADAS. EL PENE ESTÁ MARCADO COMO “P”, Y LOS TESTÍCULOS COMO “SC.” EL ÚTERO DE IDA ESTÁ MARCADO “U” Y LA VEJIGA, “B”.

Había alguien en la sala que no se quedó sin habla: Pek van Andel. Observando la imagen, vio que el pene de Jupp se había visto forzado a adoptar una forma curvada, como de bumerán. Desde el interior del cuerpo de Jupp, adoptaba un ángulo de unos 120 grados, algo que Da Vinci nunca dibujó. En ese momento, Pek supo que aquel experimento era más que un simple proyecto artístico: acababan de reescribir unos 500 años de presunciones anatómicas.

Sin embargo, como ocurre a menudo con el arte y la ciencia, el proyecto de Ida y Pek suscitó de inmediato un aluvión de críticas. Pek envió las imágenes y los hallazgos preliminares a la revista Nature, con Ida como coautora, pero la publicación rehusó las imágenes sin dar explicación. Luego, los tabloides holandeses tergiversaron la historia y sugirieron que Pek había hecho un uso inadecuado y frívolo del equipo de MRI cuando había gente que llevaba mucho tiempo en lista de espera para hacerse una resonancia.

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Aquello no era verdad, puesto que habían usado el laboratorio fuera de las horas de visita. Pero el daño ya estaba hecho y el hospital se desvinculó del asunto, con lo que Pek perdió la oportunidad de repetir el experimento y llevar a cabo un estudio más exhaustivo.

“Fue muy decepcionante”, señaló Pek. “Habíamos encontrado un área de investigación inexplorada y nadie nos permitía terminar el trabajo por miedo a cómo quedaría algo así en sus currículums”.

Pero Pek no tiró la toalla. Tras decidir que era preciso hacer un estudio con varias parejas, pasó los meses siguientes presionando a la gerencia del hospital de Groningen hasta que el jefe de Medicina para la mujer y el de Radiología dieron su visto bueno a condición de que el estudio se llevara a cabo en secreto y de que nadie publicara nada. Pek accedió y pensó que ya lidiaría con el obstáculo de la “publicación” cuando llegara el momento.

Entre 1991 y 1999, ocho parejas y tres mujeres solteras practicaron sexo en la máquina de resonancia del hospital un total de 13 veces. En todos los casos, la cópula se hizo en la postura del misionero, con participantes mayores de 18 años a los que se indicó que podían abandonar en cualquier momento que lo desearan. Nadie lo hizo, si bien Ida recuerda que todos necesitaron viagra para completar la prueba.

“Fuimos la única pareja que lo pudo hacer sin viagra”, dice con orgullo. “Para mí, el experimento también fue un testimonio de lo felices que éramos Jupp y yo. Me parece que eso es lo que le falta al estudio: el grado de unión que ha de tener la pareja para rendir en esas condiciones”.

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PEK MUESTRA SU CREACIÓN EN UN CAMPO CERCANO A SU CASA

Al fin, tras ocho años y tres fracasos, el British Medical Journal publicó el estudio el día 24 de diciembre de 1999, una fecha muy poco propicia. El estudio llevaba por título Magnetic Resonance Imaging of Male and Female Genitals During Coitus and Female Sexual Arousal, y actualmente, Ida y Pek aseguran que es el trabajo científico por el que más les han citado.

“Seguramente será mi legado”, admite Ida, hoy profesora de Antropología Organizacional en la Universidad de Vrije, en Ámsterdam. “Pero soy afortunada. No siempre puede una escoger su legado, y hay gente que ni siquiera tiene oportunidad de dejar uno”.

Además de observaciones sobre los penes doblados, el estudio reveló algo totalmente inesperado: el efecto del acto sexual en la vejiga de la mujer. Como podrán corroborar muchas mujeres y también se observó en todas las participantes de los 13 experimentos, el sexo vaginal provoca que la vejiga se llene rápidamente. A día de hoy, todavía no se sabe con certeza a qué se debe este efecto.

“En todas las imágenes finales, la vejiga aparecía llena, incluso cuando la mayoría de las participantes habían ido antes al lavabo”, explica Pek con cómico asombro. “Creemos que puede ser la forma que tiene la evolución de obligar a las mujeres a orinar tras el sexo. Quizá nuestros antepasados desarrollaron esta función para evitar infecciones del tracto urinario, pero esto solo es una hipótesis”.

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Hoy, Pek está jubilado y vive con su pareja en una enorme granja de la campiña holandesa. Asegura estar orgulloso de su estudio, que también le hizo ver que existe cierto grado de cobardía inherente al estudio científico. Pek explica que, después de publicarse en 1999, el estudio fue elogiado en la revista Science, y todas las personas que inicialmente se desvincularon del tema buscaban de repente su parte de reconocimiento.

“Gente que trató de impedir que lleváramos a cabo el estudio apareció luego haciendo declaraciones en prensa o citando su participación en sus currículums”, señala Pek, negando con la cabeza. “El éxito tiene muchos padres, claro está”.

Ida señala que también descubrió algo frustrante sobre la naturaleza humana: lo mucho que el sexo atrae a la gente. A día de hoy, asegura que sus amigos y familiares no pueden evitar reírse cuando recuerdan la vez que folló con su novio en una máquina de resonancia magnética, incluso aunque muchos de ellos son adultos con carrera a punto de jubilarse.

“En muchos aspectos, me da la sensación de que estamos retrocediendo”, señala Ida. “Yo crecí en una época en la que el sexo no era nada extraordinario, siempre íbamos a nadar desnudos y la gente parecía más tolerante. Ahora parece que todo el mundo es cada vez más conservador”.

Pese a todo, Ida dice sentirse increíblemente orgullosa de su pequeña contribución hacia la igualdad de género en este campo de la ciencia. No tenía ni idea de en qué se estaba embarcando aquella mañana de 1991, pero está feliz de haberlo hecho, incluso aunque el experimento estuviese dirigido, principalmente, por hombres.

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