Cómo los ataques de ansiedad pueden joder tu cuerpo

En las películas, cuando un personaje sufre un ataque de pánico, se lleva las manos al pecho, nota que le falta el aire y luego se pone a respirar en una bolsa de papel. Eso nunca me ha pasado.

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25 Septiembre 2018, 3:00am

Sharon Pruitt / EyEm / Getty 

Durante mis últimos años en la universidad, mi vida social se desarrollaba así: recibía un mensaje de alguien que me invitaba a salir por la noche —daba igual dónde: una fiesta, el cine, un bar del barrio— y yo, haciéndome la extrovertida insoportable y buscando cualquier excusa para no estudiar, aceptaba encantada.

Sin embargo, una o dos horas antes del encuentro, sistemática, de repente empezaba a encontrarme mal. Me entraba una especie de sudor frío, sentía escalofríos y náuseas y cada diez minutos tenía que ir corriendo al baño. Al final me veía obligada a cancelar mi asistencia y, a los pocos minutos de haberlo hecho, empezaba a sentirme mejor. Esto ocurría todas y cada una de las veces que hacía planes.


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Viéndolo en retrospectiva, estaba claro que tenía algún problema subyacente. No era posible que cada vez que se acercara la hora de salir de casa me entrara una gastroenteritis y al rato de cancelar me recuperara milagrosamente. Sin embargo, me costó casi un año averiguar qué era lo que me pasaba. No fue hasta que acudí a la consulta de un psicólogo para tratar mi trastorno de estrés postraumático (TEPT) que supe que esos repentinos estados de indisposición no eran sino facetas distintas del mismo problema: un cuadro de ansiedad grave.

En las películas y la televisión, los ataques de pánico siempre se representan de la misma forma: el personaje que lo sufre se lleva las manos al pecho, nota que le falta el aire y luego se pone a respirar en una bolsa de papel para recobrar la calma. Pero esa nunca ha sido mi experiencia, y supongo que esa es la razón por la que pasé casi un año pensando que me pasaba algo muy malo.

Yo creía que la ansiedad no se manifestaba físicamente, aparte del clásico síntoma similar a un ataque de asma. Pensaba que en ningún caso podía provocar escalofríos, dolores y náusea, ni hacer que te cagaras literalmente encima al oír el claxon de un coche mientras estás con tu cita en un restaurante (esto es real).

El subidón hormonal de la ansiedad hace que el corazón lata más rápidamente, la presión sanguínea aumente y nuestros sentidos se agudicen, entre otros síntomas físicos

Sin embargo, para mí y otros 40 millones de personas, la ansiedad es una experiencia absolutamente física. Cuando nuestro cerebro percibe peligro (real o imaginario), la amígdala cerebral envía una señal al hipotálamo, que a su vez libera un torrente de hormonas como el cortisol y la adrenalina, que preparan al resto del cuerpo para la acción. Los médicos denominan a este mecanismo “respuesta de lucha o huida”, ya que impulsaba a nuestros primeros antepasados a luchar contra el peligro inminente o a huir de él a toda velocidad.

El subidón hormonal hace que el corazón lata más rápidamente, la presión sanguínea aumente y nuestros sentidos se agudicen, entre otros síntomas físicos. En el libro Mindfulness and Psychotherapy también se explica que el hipocampo, que se encuentra cercano a la amígdala, es el encargado de almacenar nuestra memoria emocional, lo que implica que incluso un recuerdo traumático o algo que asociamos con el peligro podría desencadenar la misma respuesta de pánico.

Cuando analizamos la ansiedad desde la perspectiva evolutiva, la aparición de síntomas físicos resulta más lógica. Entonces, ¿por qué alguien puede llegar a cagarse encima en plena cita por el ruido de un claxon y tener que volver a casa antes de lo previsto para cambiarse? Esto se debe a la conexión existente entre el cerebro y el intestino, lo que explicaría las náuseas, los vómitos y la incontinencia que experimentamos en un estado de estimulación extrema, según explica la psicoterapeuta Laura Federico.

“Cada vez que alguien experimenta malestar emocional, este se manifiesta de alguna forma”, añade Federico. “Y cuando hay cambios emocionales, estos también repercuten en la función intestinal”. El estrés, la depresión o la ansiedad, por tanto, pueden alterar la fisiología de nuestro intestino, haciendo que se contraiga o se mueva. La ansiedad incluso puede agravar una inflamación intestinal o volvernos más susceptibles a una infección.

En algunos casos, el dolor localizado puede deberse a la forma en que las personas han aprendido a entender la ansiedad y a expresar emociones

Además de manifestarse en alteraciones en el intestino, la ansiedad puede presentarse como dolor en otras partes del cuerpo. “Algunos de mis clientes sufren dolor en una zona específica del cuerpo, lo que les lleva a pensar que tienen algún otro problema médico preocupante, pero ahora comprenden que se trata de un síntoma de su estado de ansiedad”, asegura Federico. “Puede tratarse de dolor de garganta, en las axilas, la espalda… Esos dolores aparentemente aleatorios pueden estar relacionados directamente con la ansiedad”.

En algunos casos, el dolor localizado puede deberse a la forma en que las personas han aprendido a entender la ansiedad y a expresar emociones, según Federico. “Alguien que ha crecido creyendo que demostrar emociones es un signo de debilidad puede no sentirse cómodo confesando que está estresado”. Tal vez en su infancia vieron a alguien sufrir un infarto y presenciaron la intervención médica posterior, lo que les llevó a creer que el dolor físico era socialmente más aceptable”, añade. Podría también deberse a que nuestra mente es tan poderosa que intenta expresar el dolor físico de una forma que sea socialmente apropiada.

Parece, pues, que existen tantos síntomas físicos de la ansiedad como personas que la sufren. Lo que he aprendido, en todo caso, es que los síntomas físicos de la ansiedad son naturales y normales, por muy raros que sean. Reconocer los síntomas que experimentas y acepar que son parte de tu condición puede ayudar mucho a hacer que la experiencia sea menos traumática.

En la universidad, aquejada por la diarrea, los escalofríos y las calenturas, me dirigí al centro de salud del campus después de una semana faltando a clase y, entre llantos, les dije a las enfermeras que me estaba muriendo a causa de la gripe porcina. Cuando supe que lo que probablemente tenía era un ataque de pánico prolongado, al principio me sentí humillada, luego avergonzada y, finalmente, aliviada. Federico tiene razón: saber cómo se manifiesta tu ansiedad contribuye a ahuyentar el miedo que te mantiene en constante tensión. Por desgracia, sigo teniendo esos síntomas cuando sufro un ataque de pánico, pero saber que forman parte de mi forma de experimentar la ansiedad me ayuda a reducir la intensidad del pánico. Así, a los pocos minutos de haber cancelado los planes empiezo a sentirme mejor.