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Television

Los auténticos héroes de Supervivientes 2017

"¡Luego no vengas a pedirme a mí que follemos!"

por David Broc
21 Julio 2017, 6:42am

Con la esperada y aburrida victoria de José Luis, ayer despedía temporada una de las ediciones más seguidas, comentadas y aplaudidas de Supervivientes. Un éxito abrumador de audiencia que, como acostumbra a suceder en formatos de este tipo, se explica a partir de muchos otros factores que el del propio vencedor, un año más elegido más por sus dotes para la supervivencia que para animar el cotarro televisivo.

A continuación repaso los personajes que, bajo mi criterio, han dado brillo y acierto televisivo a esta edición. No han ganado, pero sin ellos muy probablemente nada de esto hubiera tenido sentido.

Alba Carrillo, la revolución chonipija

Supervivientes 2017 era un rollo absoluto hasta que Alba Carrillo decidió agitar la higuera y montar el pollo del año. Que la modelo era un animal televisivo en potencia ya lo habíamos descubierto en alguna de sus apariciones en Sálvame, pero ni el ojeador más avispado hubiera imaginado que la modelo podía dar tanto en tan poco. Su monumental pelea con Kiko, novio de Gloria Camila, en los primeros días de competición no solo es uno de los momentos más maravillosos que nos ha regalado la pequeña pantalla en 2017, sino una de esas escenas que revolucionan un programa de arriba abajo.

Choni con aires de pija, pija con aires de choni, impagable crossover entre el Hola y Mujeres y Hombres y Viceversa, Carrillo desplegó todo su arsenal de gritos, gestos y ademanes en una trifulca épica que a ratos parecía una escena de Callejeros y a ratos un gag de José Mota. Incluso los espectadores menos esperanzados y confiados cayeron en las garras del programa gracias a este momentazo. Y nada volvió a ser lo mismo: merecidísima finalista y pieza fundamental de esta edición.

Alba Carrillo y Jose Luís, durante la final de Supervivientes 2017

Lucía Pariente, pirómana profesional

El éxito de Alba Carrillo no se entendería sin el papel jugado por su madre. Lucía Pariente es la suegra que nadie querría tener: metomentodo, cansina, insidiosa, obsesiva, maquiavélica, la señora Pariente es el complemento perfecto para los brotes de locura e histeria de su hija. Cuando analizas el concurso de Alba en esta edición no tardas en darte cuenta de una cosa: los momentos más épicos y demenciales de la supermodelo han tenido como principal causante a su madre.

Lucía es el complemento perfecto para los brotes de locura e histeria de su hija Alba Carrillo

Pirómana infalible, Lucía Pariente es el Lemming suicida de esta edición. Con el trabajo perfectamente ejecutado, ni más ni menos que haber incendiado la isla con sus ataques, haber presionado hasta la asfixia a su hija y haber organizado un monumental Cristo en vivo, la exsuegra de Feliciano López activó la cuenta atrás para inmolarse cuando ya había cumplido su cometido. Y encima lo hizo en directo, en plena gala del jueves, cuando decidió abandonar el concurso tras una bronca monumental entre su hija y Laura Matamoros. Bronca que, por supuesto, había iniciado ella.

Kiko Jiménez, alias "luego no vengas a pedirme a mí que follemos"

Habitualmente los tronistas se convierten en un bluf cuando los extrapolas a realities de cierta entidad. Acostumbrados al tono bajo y endeble de su programa, cuando los sitúas en plena acción sus prestaciones no rinden como se espera. Kiko Jiménez ha roto con esa idea. El novio de Gloria Camila se coló en el casting de Supervivientes muy de tapadillo, y básicamente por su relación sentimental con la hija de Ortega Cano. Pero a los pocos días ya había confirmado el buen ojo de la productora.

Adicto a la bronca, estratega, sobradito y acusado permanentemente de misógino y machista por la audiencia, Kiko nos ha dejado grandes momentos

Adicto a la bronca, estratega, sobradito y acusado permanentemente de misógino y machista por la audiencia, Kiko nos ha dejado grandes momentos: "luego no vengas a pedirme a mí que follemos", soltó en plena discusión con su novia en la que es una de las frases del concurso. Pero hubo más: cómo olvidar el glorioso diálogo subido de tono entre los dos en la hora sin cámaras. Absolutamente inevitable no reproducirlo de nuevo:

Kiko: "Tengo ganas de hacerte el amor"

Gloria: "Ay madre"

Kiko: "Te gusta a ti ese bulto eh..."

Gloria: "Es que me da vergüenza. No, en serio, es que te escucha mi padre decir eso y vamos"

Kiko: "Perdóname por ser tan explícito"

Gloria: "Dame tarta, a ver si comiendo un poquito más..."

Kiko: "Otro cachito, a ver si vuelvo a tener otra erección"

Gloria: "Pues me gusta tocarla, ¿eh?

Kiko: "¿Si? ¿Te gusta? Hombre, para no gustarte..."

En términos futbolísticos, Kiko ha sido ese jugador que vas a buscar a mercados residuales –la liga rumana, por ejemplo– y te da un rendimiento muy por encima de la inversión y los gastos. Si es que incluso ayer, en una soporífera e insufrible gala final, aportó algo de luz y color con su look de narco colombiano y su reacción de absoluta sorpresa y fascinación cuando vio aparecer a su novia, que se había emperifollado especialmente para la ocasión. "¡Qué guapa estás! No te reconozco", iba diciendo el tipo.

Bigote Arrocet, el maestro zen de guante blanco

Cuéntale a un neófito en la materia el concurso de Bigote Arrocet y no te creerá. Cuéntale que la estrella mejor pagada de un reality show se pasó tres semanas desaparecido, sin hacer absolutamente nada, tapado de cabeza a los pies como si fuera un tuareg y ajeno por completo a la dinámica de grupo. Cuéntale también que al primer toque de atención del programa, el tipo se rebotó afirmando que le estaba pareciendo un reality de supervivencia flojito y facilón. Vamos, que el reality era una putísima mierda.

Cuéntale también que el principal interés de su presencia en el concurso era su vínculo sentimental con María Teresa Campos y que el tipo no pronunció su nombre en tres meses de participación. Que ni tan siquiera tuvo los bemoles de emocionarse con una llamada de la presentadora. Y ya puestos cuéntale que cuando fue expulsado por la audiencia y relegado a la casa del árbol, Bigote vivió sus días más felices. Solo, como un ermitaño, como un auténtico maestro zen, el humorista se sintió en el paraíso: lecciones maestras de yoga, ayunos que harían palidecer a un monje budista y micromonólogos humorísticos dejaron claro que Bigote es Dios y uno de los grandes incomprendidos de esta edición.