"Nos decía que no fuéramos maricones o chillones. Fue puro abuso físico": Confesiones de monaguillos
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"Nos decía que no fuéramos maricones o chillones. Fue puro abuso físico": Confesiones de monaguillos

"No creo en Dios actualmente​. Desde que dejé de creer no pienso mucho en la iglesia, me parece un tema viejo como el PRI".

Estudié en un colegio católico, me inyectaron todas las canciones acerca de Jesús posibles y asistía a misa dos o tres veces por semana. Mi relación con la iglesia era bien activa, me conocía la estructura de las misas de pies a cabeza y perdí la cuenta de la cantidad absurda de hostias que he comido en mi vida. No pude escoger otra cosa, ya que cuando tienes seis años no estás muy en forma para tomar este tipo de decisiones. Le doy las gracias a mis padres por esto.

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Recuerdo estar sentado en alguna de las cientos de misas que asistí y ver con muchísima curiosidad a niños y niñas vestidos con túnicas como los sacerdotes y preguntar a mis adentros: "¿Qué diablos hacen estos niños?". Primero pensé que era una especie de castigo por reprobar alguna materia, o eran hijos de los sacerdotes. Pero después me aclararon que los sacerdotes no podían tener hijos y que, estos chicos y chicas se llamaban monaguillos.

Si vemos a la iglesia como un gran estadio que alberga un concierto y a los sacerdotes como los Gun's N' Roses con guitarras eléctricas en forma de Biblias, los monaguillos vienen siendo una especie de roadies en el show de la celebración de la palabra de Jesús. Hablamos con algunos jóvenes que fueron monaguillos en su infancia y adolescencia, para saber un poco más cómo era el día a día de ellos.

Adrián, 22 años

Ser monaguillo fue una de las experiencias más agridulces de mi infancia, tenía entre ocho y diez años. Lo que menos me gustó fue el trato del padre, porque era un abusivo. Nos levantaba el cuello, daba coscorrones, apretones de mano desmedidos y pellizcos que sacaban moretones. Los días variaban mucho dependiendo de nuestros compromisos escolares o personales, por lo general los niños que íbamos a la escuela en el horario matutino cubríamos las misas de 7:00 PM y los niños del vespertino las de 10:00 AM. En fines de semana también dependía de quiénes estaban disponibles. Generalmente teníamos ya las misas asignadas. A mí siempre me tocaba la del Santísimo en jueves, que es la más larga y aburrida de la semana.

La relación con el sacerdote era lo más complicado para todos. Su imagen ante la gente, incluso mis padres y familiares, era la de un hombre serio y con carácter fuerte, pero al final siempre "un hombre de Dios". Pero la verdad, con nosotros era muy distinto. Desde el primer día que yo comencé empezaron los malos tratos. Él era un hombre muy grande y muy fuerte, incluso decían que boxeaba o hacía lucha libre, pero no sabía si era chisme o broma. Nos tomaba del cuello y nos levantaba mientras la gente llegaba a la misa, y si hacíamos ruidos nos decía que no fuéramos maricones o chillones. Fue puro abuso físico, no voy a decir que alguna vez hubo algo sexual porque no fue así, pero con el abuso físico bastaba para ser muy desagradable. Recuerdo que cuando me tocaba estar en misas de cuerpo presente, los cadáveres me impresionaban mucho y tenía pesadillas.

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Sí me gustó ser monaguillo porque me ayudó a ser menos introvertido y conocer más gente de mi colonia, además conocí más la religión que me inculcaron. Eso me hizo distinguir entre la iglesia como institución, religión, y las personas que forman parte de ello. Actualmente creo en Dios y soy católico por asociación, pero no soy creyente las instituciones religiosas, ni de las imágenes, figuras o personas. Me hice monaguillo básicamente porque quería complacer a mis padres, y al final terminé preocupándolos con mis quejas sobre el padre.

Bruno Fuentes, 26 años

Estudié en la Escuela Cristóbal Colón de los Hermanos Lasallistas toda la primaria y secundaria. A los niños de tercer grado de primaria nos hacían una audición para formar parte del Coro de Niños Cantores de la Basílica de Guadalupe donde permanecí hasta sexto de primaria. No me gustaba la comida, en especial el pollo que en ocasiones no estaba bien cocido. Mi relación con los sacerdotes era mínima ya que mi trato era con los profesores. A los sacerdotes nos los encontrábamos en la Sacristía de la Basílica antes y después de las misas, había de todo: desde el mal encarado al que saludaba siempre, y en lo particular recuerdo a uno que hacía magia y otro que nos ponía un sobrenombre para recordar nuestro nombre real. A mí me puso "Palermo", y cada que le saludaba, bastaba con mencionarle que yo era Palermo para que él me contestara con un: "Hola, Bruno".

El coro es de los más antiguos a nivel mundial, y he logrado contactar señores de generaciones muy viejas que comentan que sí sufrieron algún tipo de acoso y/o abuso por parte de los curas y hermanos lasallistas que estaban a cargo en aquellos años. Considero que es una atrocidad desgraciarle la vida de esa manera a cualquier persona, sin embargo también creo que se ha satanizado a los curas, ya que entre las personas que abusan de los infantes, existen también abogados, maestros, carpinteros y familiares incluso. Es como en todo, hay personas buenas y malas.

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Carlos, 34 años

Ser monaguillo no es muy diferente de alguna otra actividad de pequeño, pero mil veces más aburrido. Ayudaba como monaguillo en una pequeña parroquia del barrio, que era con un enfoque hacia los obreros que vivían en la zona; entonces tanto los sacerdotes como sus sermones eran de un marcado corte social. Yo tenía tal vez diez u once años y me daba cuenta de eso, de cómo hablaban de sindicatos, de huelgas, de lucha de clases.

En general pienso que me fue bien, aunque nada relevante o que marcara mi vida. Mi función era básicamente asistir o ayudar al sacerdote en la misa, acercándole las cosas que necesitaba como libros, vino, agua y eso. Tenía que ir a algunas de las misas nocturnas de entre semana, caminar seis o siete cuadras para llegar a la parroquia media hora antes, tocar la campana (la parte más divertida creo), ponerme el traje rojo con blanco y asistir al sacerdote en la misa. Hubo una temporada que había niñas y niños como monaguillos. Posteriormente, de repente, les dijeron a las niñas que ya no podrían participar. Esto me pareció muy injusto por una parte, y por otra pues se terminaron mis amistades con algunas de ellas.

Mi relación con los sacerdotes era buena, de respeto. Algunos de ellos de repente te invitaban a jugar un partido de futbol en la calle de atrás, los más jóvenes. No me pedían nada, el sacristán es quien mantenía el orden y te iba pidiendo lo que se iba a necesitar. No me gustó mucho la experiencia, pero había gente de mi edad y era otra oportunidad en el día para hacer amigos. No creo en Dios actualmente. Desde que dejé de creer no pienso mucho en la iglesia, me parece un tema viejo como el PRI. Tengo la misma indignación que todos por muchos temas de la iglesia, como los curas pederastas, pero también conozco mucha gente muy valiosa y que respeto dentro de la iglesia. Siento mucha admiración por las personas con auténtica fe, pero a la vez me parece algo que yo nunca podré (ni quiero) tener.

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Me parecía increíblemente aburrido dedicarle una hora de tu día a estar sentado en misa. Lo que más me divertía de monaguillo era cuando la misa tenía poca gente (3-4 personas, solo viejitos) y entonces yo leía todas las lecturas en el atril con micrófono. Era como si los adultos te dieran la oportunidad de hablar en voz alta en su mundo.

Gabriela, 27 años

Un día, mi mamá tuvo que ir a un retiro y me llevó con ella. Ese día estaba tan aburrida que vi que había un grupo aparte y pregunté para qué era, me dijeron que eran cursos de monaguillos y pues decidí entrar. Tenía como ocho años. Lo que menos me gustó es que no te preparaban bien y era como que no sabías ni para donde jalar, a veces era penoso porque hacías el oso frente a todos. Primero entré como oyente, después me fui apoyando en los más grandes y aprendí mucho con ellos. Era la que nunca faltaba y siempre estaba presente para casi todas las misas.

Un día como monaguillo era divertido. Primero llegaba a la iglesia y desayunábamos con el grupo al que le tocaba servir, ensayábamos un poco, robábamos de las hostias que íbamos a usar para consagrar y a veces el sacerdote nos llevaba a comer pizzas y así. Era divertido. La relación con el sacerdote era más bien cordial, pero hay algunos que te dan más la confianza y se puede dar algo así como una “amistad”. Realmente no me pedían mucho, únicamente perseverancia y respeto.

Fue una experiencia única ser monaguillo. Aún recuerdo esos nervios de alegría cuando se acercaba la hora para servir. Con tiempo aprendes a valorar el privilegio de estar ahí. Imagínate, empecé a los ocho años y me retiré a los dieciocho. Creo en Dios actualmente, aprendes a ver la religión desde otro punto de vista. Obviamente es feo enterarse de cosas que pasan adentro de la iglesia católica pero somos seres humanos y nadie es perfecto.

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Mi opinión sobre la iglesia es que todo está centrado en la fe. Quizás han salido cosas a la luz, cosas lamentables y atroces que te hacen pensar si realmente vale la pena, pero tener fe va más allá de las acciones o actitudes que otros puedan tener y claro que queremos que se haga justicia, sin embargo lo que hagan otros no debe de hacernos dudar de la fe en Dios.

Carlos, 31 años

A mis siete años, en una misa, le dije una tía que yo quería ser uno de los que estaba en el altar, y pues ella como solución a eso me llevo a clases de catequesis. Hice la primera comunión, que es quizás el requisito más importante para poder ser monaguillo. Yo era tremendo nerd, me gustaba estudiar y siempre me ha gustado la ciencia más que todo, y es bien sabido que la ciencia y la iglesia no se llevan muy bien.

Mi familia es muy católica, y una buena noche llegaron los monaguillos a la casa a hacer un rosario (ellos salían entre semana a hacer rosarios en diferentes zonas de la parroquia). Yo estaba estudiando porque andaba en exámenes, por error salí del cuarto y me invitó el sacristán (líder de los monaguillos y encargado de las llaves de la iglesia) a formar parte del grupo. Le dije que estaba estudiando, y me respondió que si rezaba, la virgencita me iba a ayudar en mi prueba, a lo que yo le contesté: "Sí, pendejo, seguro si no estudio ella se me va a aparecer mañana y me va a dar las respuestas del examen". Me metí para el cuarto y no salí nuevamente hasta que se fueron, y debido a la respuesta que le di al sacristán mi abuela no paro de llorar en toda la noche, mi tía me acusó con mi mamá, y ella me castigó mandándome a rezar rosarios con los monaguillos todas las noches por un mes entero. Antes de terminar el mes ya era uno de ellos.

Ya al entrar me volví muy unido a los monaguillos, ellos conocían varios grupos de niñas que estaban bien simpáticas y después de los rosarios íbamos a visitar a algunas. Antes no salía mucho de mi casa, luego tuve un poco más de libertad, hice muchos buenos amigos e incluso conocí a mi actual esposa. Los domingos limpiábamos la iglesia, pero mis tareas eran diversas: desde ponerle un libro al cura, llevarle todas las cosas para la consagración, tocar las campanas, preparar el incienso, ayudar a los lectores e indicarles cuáles son las lecturas del día.

Los sacerdotes me pedían que siempre estuviese de punta en blanco y que aprendiera a servir. Respeto, amabilidad, y que no fuéramos tan desastrosos y escandalosos. Lo que más recuerdo es que tuve dos novias. Ellas me lo propusieron una al lado de la otra, les dije que sí a las dos y me lo permitieron. Eso pasa cuando te paras en una tarima frente a muchas niñas buenas que van a misa. Honestamente me molesta la hipocresía de la iglesia, que se den golpes de pecho y en sus casas sigan siendo basuras de personas, y eso es en lo micro. Los niveles de hipocresía van subiendo conforme vas más arriba en la escala de poder de esa empresa.

Dejé de ser monaguillo por problemas que tuve con un sacerdote. Teníamos una tradición de apagar las luces y entrarnos a putazos todos contra todos, una vez entró el sacerdote y nos encontró con las luces apagadas y todos golpeados. Obviamente no le gustó nada y lo último que me dijo fue: "Dame las llaves". Se las di y nunca más volví, seguí en la iglesia en otros grupos apostólicos, pero nunca más use sotana ni alba.

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