La cura del cáncer no está tan cerca como los medios quieren hacernos creer

Desconfía cada vez que alguien te hable de la cura del cáncer.

por Pepe Losada; ilustración de Carla Sánchez
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08 Febrero 2019, 4:37am

A veces me siento como Bill Murray en el Día de la Marmota cuando vuelvo a leer en el periódico de mi ciudad que, otra vez, en el hospital de mi comarca han descubierto un avance maravilloso que acabará con el cáncer. En un primer momento pienso que puedo, y debo, felicitar a mis colegas del gabinete de prensa, pues parece que cuanto más salgamos en los medios mejor lo hacemos y además así justificamos nuestro salario, que ya no es poco en los tiempos que corren.

Más tarde veo que esa noticia tan esperanzadora no tiene ningún seguimiento y será reemplazada por otra noticia exactamente igual de esperanzadora dentro de unos días y... yo ya no sé si hoy es un día diferente o estoy viviendo en un bucle sin fin, y un escalofrío recorre mi espalda, y tengo miedo, y no sé qué hacer, y luego pienso que... a quién no le gustaría tener infinitas posibilidades para intentar ligarse a la Andie MacDowell de su vida (esa es, sin duda, la mejor parte del insólito suceso).

Se está imponiendo en nuestra sociedad una visión de la enfermedad y la muerte como algo cada vez más evitable; si bien somos conscientes de que todavía no hemos llegado a ese momento, albergamos la esperanza de alcanzar una vida indefinida. La utopía de una ciencia que nos permita superar el envejecimiento y evitar la enfermedad no nos convertiría en inmortales, pero sí dejaría la muerte como algo puramente accidental.


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En este contexto sorprende cómo el concepto de inmortalidad se ha ido adaptando a los tiempos, hemos pasado de pretender la inmortalidad tras la muerte; bien sea en la otra vida de turno que prometen todas las religiones, realizándonos a través de nuestros hijos, o por medio del más que merecido reconocimiento social a nuestro genio; a pretender una vida amortal, por desgracia cayendo en muchos casos en una vida mortalmente aburrida y anodina en la que sacrificarnos sobre el altar de un espejismo de seguridad.

Para ser amortales tenemos que ser capaces de regenerar de manera indefinida todas las células de nuestro cuerpo, y eso implica conseguir frenar ese mecanismo que causa el cáncer, la famosa inmortalidad de las células cancerígenas que en lugar de morirse como deberían, mutan y se siguen dividiendo sin control formando tejidos tumorales.

El cáncer es, además, una enfermedad que vende mucho; estaría luchando por el liderato de la primera división de la Liga de las Patologías. La oncología sería una especie de Real Madrid de las especialidades que se permite contratar los tratamientos más caros del mercado o fichar aparatos de última generación; como otra pescadilla que se muerde la cola su posición dominante en el escalafón de las dolencias, le proporciona más relevancia, puede salir en prensa y televisión mucho más que una especialidad de segunda y esto lo saben bien sus sponsors, que invierten más, pues entre otras cosas sus “camisetas” van a tener mayor visibilidad. Un ejemplo de este fenómeno serían las donaciones de la Fundación Amancio Ortega a las distintas comunidades autónomas para la compra de equipos de radioterapia.

"La oncología sería una especie de Real Madrid de las especialidades que se permite contratar los tratamientos más caros del mercado o fichar aparatos de última generación"

Esto se ve en todos los ámbitos del mundo sanitario, por ejemplo, el comité organizador de un congreso nacional de oncología tendrá muchos más fondos que el organizador del mismo congreso nacional de cuidados paliativos, y podrá organizar un gran evento, llevar a sus estrellas a comer en los mejores sitios y organizar un programa social que quite a la mitad de los inscritos las ganas de asistir a las charlas científicas del día siguiente después de tantos excesos.

El organizador del Congreso Nacional de Cuidados Paliativos se contentará con un programa mucho más austero pues contará para organizarlo con un presupuesto menor. Los comités organizadores no suelen hacer públicos los presupuestos globales de estos eventos, pero el lector puede comparar en los siguientes enlaces el programa Congreso Nacional de la Sociedad Española de Oncología Médica de este año 2019 con el Congreso de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, la diferencia es notable, el programa de SEOM ha comercializado cada apartado de la organización para vendérselo a sus sponsors, tiene dinero para premiar la mejores comunicaciones del congreso, etc. El programa de SECPAL todavía está un poco verde pero sorprende que no encontramos en él ni rastro de patrocinadores.

Como sucede con todo en esta sociedad donde prima el espectáculo, hemos ido confeccionado nuestro firmamento a base de estrellas de la medicina, y nos cuesta mucho más reconocer la excepcionalidad en aquellos que se dedican, día a día, a tratar a sus enfermos sin hacer ruido. Los medios de comunicación somos los primeros en elevar a los altares a cualquiera que acredite prácticamente cualquier cosa, pues como hemos renunciado a intentar comprender aquello de lo que hablamos, nos basta un sello de “prestigio” para dar validez a lo que nos manden.

Hemos llegado al punto en que admitimos, al menos de manera implícita, que si lo dicen en Harvard, en Oxford o en el MIT será verdad, y día tras día nos cuelan informaciones interesadas. Hemos podido leer en supuestos medios serios resultados de estudios ficticios publicados por instituciones en algunos casos incluso inexistentes, y muchas veces en los mismos medios damos difusión a artículos propagandísticos más orientados a la especulación financiera, disfrazados de información sobre salud. Así resulta paradigmático como la limonada o la infusión de Guanábano han sido presentados en múltiples ocasiones como anticancerígenos más potentes que la quimioterapia y hemos podido ver a presentadores estrella de cadenas de televisión, sí, estoy hablando de Mariló, difundiendo estas supuestas investigaciones. Otro buen ejemplo sería este estudio realizado en Córdoba que presenta, de una menera muy sesgada, la conclusión de que la Coca Cola es un buen "aliado" para combatir el cáncer. Lo mejor del asunto es que ni siquiera es necesario que la compañía de Atlanta patrocine o financie el estudio, pues ya hay mucho consumidor de refrescos encantado de creer cualquier cosa que le permita justificarse y seguir tomando algo que todos deberíamos saber a estas alturas que es malo consumir en exceso.

De la misma manera la carrera de los investigadores se mide por sus publicaciones, así científicos de reconocido prestigio como Carlos López Otín están viendo estos días cuestionado su trabajo, quizá porque ese afán de publicar ha llevado a uno de nuestros científicos más importantes, todo un Premio Nacional de Investigación, al error de considerar que el hecho de publicar fuera un resultado en sí mismo. Esto es algo común a muchos órdenes de nuestra sociedad, tampoco debemos empezar a azotar a nuestros pobres científicos en la plaza pública que probablemente son los que menos culpa tienen de todo esto.

"Los medios de comunicación también tenemos que vender, y la noticia de que estamos más cerca de la cura del cáncer a todo el mundo le gusta"

Es una característica de la sociedad de consumo en la que vivimos, es más importante la forma en la que nos presentan cualquier producto que el producto en sí mismo y compramos más por el envoltorio que por el contenido. La otra forma de verlo, la clásica perspectiva desde el otro lado, afirmará, como por otra parte ha hecho siempre, que se le da al público, la audiencia o el consumidor lo que éste quiere, y que si el consumidor quiere rebozarse en la inmundicia quienes somos nosotros para negarle su derecho. En resumidas cuentas, para eso tenemos la libertad, para escoger qué canal de entretenimiento sintonizamos o qué marca de chaqueta nos ponemos.

Los medios de comunicación también tenemos que vender, y la noticia de que estamos más cerca de la cura del cáncer a todo el mundo le gusta, es una buena golosina para entretener a un público ávido de distracción; lo malo es que luego, como suele suceder, viene la realidad y nos larga un par de galletas que nos ponen en nuestro sitio, porque si queremos enfrentarnos de verdad a una enfermedad como el cáncer los mass media tendremos que sumarnos al único mensaje que de verdad sabemos que funciona, el de la prevención y el fomento de hábitos de vida saludables. Para que no venga luego el cáncer y crezca, como acaba de suceder, más de lo previsto en España.

Y así hemos llegado hasta aquí, a una sociedad bipolar donde para buena parte del público conviven al mismo nivel el conocimiento y la ignorancia, y se le presentan como dos formas distintas y legítimas, de ver lo mismo. Tenemos una profundidad de saber en campos como, por ejemplo, la biología, la medicina o la física, nunca antes alcanzado por el ser humano; y la noticia de la semana es que un fulano ha tenido que ingresar en el hospital porque se le ocurrió que era una idea genial inyectarse semen en el brazo para tratar su dolor de espalda.

La medicina ha encontrado en el estudio de la inmunidad un campo fascinante con muchísimas posibilidades terapéuticas (incluido el cáncer) mientras el movimiento antivacunas tiene cada vez más adeptos y resurgen enfermedades como el sarampión, cuya incidencia era mínima. Hemos conseguido que para una parte del público sea posible defender ante un señor ministro que fue astronauta que la tierra es plana, son capaces de defender su estúpido punto de vista mientras utilizan un GPS (a saber la explicación que tienen para que funcione ese cacharro sin un maldito satélite en órbita, porque para orbitar hace falta gravedad y para que haya gravedad hace falta un cuerpo con una masa que la produzca), y todo lo que puedas decirle o tratar de mostrarle a esa persona va a ser un esfuerzo inútil, pues para ella tiene la misma validez una idea estúpida sin ninguna base que un conocimiento desarrollado y contrastado durante siglos por personas que han dedicado su vida al estudio.

Esto mismo pasa en cualquier orden de la sociedad, cómo si no se justifica esa nueva beligerancia que está invadiendo tanto nuestra política como nuestro periodismo, con unos medios cada vez más alineados en una tendencia ideológica, y más alienados en cuanto a su principal obligación y compromiso con su público, informar con rigor y sentido crítico de la realidad.

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