En diciembre mando el chispún a la mierda

"De algo estoy segura: todos ustedes, como yo, mucho antes de su Jeff Mills y su Ben Klock escucharon a la Billos Caracas Boys, a la Sonora Dinamita y bailaron con una tía, que los sacudió hasta el cansancio".
21.12.16
Ilustración: Curzi.

Los últimos 15 días de noviembre ya se empieza a sentir la transformación a mi alrededor. El aire adquiere un olor más dulzón, los días y las noches parecen mucho más largos, los sonidos en las calles se vuelven más estridentes, la gente parece más amable, la fiesta se duplica, la comida y el trago empiezan a abundar en todas partes y las jornadas de trabajo se hacen mucho, mucho, más largas.

Aunque realmente no sé discernir si en vísperas de navidad es mi entorno el que se transforma desde temprano, o es mi cabeza la que empieza a confabular para ver en todos lados señales que me hagan sentir de lleno en mi mes favorito del año, de lejos. Entonces noviembre, que casi siempre está cargado de mucho trabajo, se vuelve un manojo de ansiedad y de cansancio antes de que llegue fin de año, junto con esa merecida sensación de que uno lo logró, chuleó un año más y sobrevivió a este 2016 tan verraco. Por eso diciembre se vuelve ese oasis físico y emocional, ese festivo de 31 días que separa este año del otro, como si 2016 y 2017 fueran dos semanas muy largas, una terminada y otra por empezar.

Publicidad

Desde el primero de diciembre, ya no hay quién me pare. Ya me siento en el legítimo derecho de ponerme en modo navidad así nunca haya tenido relación con las costumbres celtas y haya dejado de ser católica desde hace años. Sin embargo, durante toda mi infancia mi familia se encargó siempre de criarme mostrándome el lado más ruidoso e iluminado de estas festividades, ¿para qué voy a ponerme a ignorar y a restringirme algo que disfruto tanto y que está tan incrustado en mi código cultural? ¿por qué negar algo que lo hizo a uno desde el primer año de vida? Así que con mucha emoción cada fin de año pongo la corona en mi puerta, estiro las mechitas del árbol (este año como me independicé compré mi primer árbol de navidad), pongo la estrella arriba de él, pego las lucesitas a las ventanas, compro las florecitas rojas de navidad y claramente, claramente, desempolvo los CDs de música decembrina, quizá mi parte favorita de esta época.

Porque debo confesar que a mí en diciembre, incluso antes, se me olvida toda la música electrónica. No hay techno ni house ni hardtechno que valga cuando en plena época de novenas me ponen un "Chipi Chipi" de Los Melódicos, una "Noche Buena" de Los Hispanos, las "Lágrimas de Escarcha" de Pastor Lopez o cualquier temón de mis amados Corraleros de Majagual. Y no quiere decir que no me siga gustando ir a bailar en frente del DJ, pero hay épocas donde mis prioridades musicales son otras, y sobre todo desde el 16 de diciembre, cuando comienza uno de los mejores inventos creados por el hombre: las novenas.

Es que analicemos por un segundo lo que es una novena, que siempre se trata de muchas cosas, menos de la rezada de la novena en sí. Lo más probable es que esté reunida toda tu familia o tus mejores amigos, que haya mucha comida y mucho trago (gratis) y que haya mucho baile. Y es aún más probable que, de principio a fin, haya chucu chucu en toda la reunión, solo interrumpida por el "veeeen, ven ven" de los gozos de la novena, y los villancicos después de ella. Es quizá que de los parlantes salga la voz de Lizandro Mesa, de Pastor López, Richie Ray, Rodolfo Aicardi o del recién fallecido Loco Quintero, estandarte de la navidad colombiana. Porque el que niegue que lo criaron con esta música, o el que diga que no se sabe al menos una cumbia navideña está negando a la mamá, la verdad sea dicha.

De algo estoy segura: todos ustedes, como yo, mucho antes de su Jeff Mills, su Juan Atkins y su Ben Klock escucharon a la Billos Caracas Boys, a la Sonora Dinamita, Joe Arroyo, Lucho Bermúdez y probablemente la bailaron con una tía, que los sacudió hasta el cansancio.

Siendo así, esta columna es una invitación. Una invitación a que mandemos un poco a la mierda la fiesta electrónica, al menos por estos días. Todo el año farreamos techno, house, dnb hasta el amanecer, vamos a los mismos sitios, hacemos los mismos pasos de baile. ¿Por qué no recordar nuestros años de infancia, honrar nuestra idiosincrasia y nuestras raíces con un poco de chucu chucu para variar?