R.A. Dickey, el último pitcher de su tribu, decide no retirarse

La noticia es modesta: perdida en las zonas bajas de las páginas interiores de las secciones deportivas de los diarios. El otrora pitcher de los Blue Jays de Toronto R.A. Dickey firmó un contrato de un año con los Braves de Atlanta. Hasta ahí, la nota.

El pitcher tiene 42 años, contemplaba el retiro al final de la campaña pasada, sus números en 2016 —4.46 de ERA—, no fueron halagüeños y su mejor año ocurrió en el lejano 2012 cuando ganó el Cy Young con los colores de los Mets. Es decir que todo factor objetivo parecía darle la razón. Sin embargo, por el bien de los de su clan, seguirá en activo un año más. Dickey pertenece a ese mítico y elusivo grupo de los nudilleros: los pitchers que tienen como lanzamiento principal, la famosa kunckleball, la bola de nudillos.

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Han sido pocos, Tim Wakefield de Boston y el propio Dickey, de los más exitosos en años recientes. En el pasado más lejano, Phil Niekro, que ganó más de 300 partidos y está ahora en el Salón de la Fama y Eddie Cicotte, con una ERA acumulado de 2.38, son de los miembros más aventajados de este club. La noticia de que El club de los nudilleros continuará en activo en las mayores nos hace recordar que hasta hace muy poco el real funcionamiento del lanzamiento era un misterio; tan misterioso como el trayecto que describe la bola una vez que sale de la mano del pitcher.

Aliada de la lentitud y la sorpresa, la bola de nudillos es un enigma para bateadores, catchers y para los mismos lanzadores. «Incluso a la ciencia le cuesta trabajo explicar cómo es que la bola de nudillos hace las cosas que hace», dijo alguna vez R.A. Dickey, quien en otra entrevista comentó que trata de que entre el 85 y el 90 por ciento de sus lanzamientos sean de nudillos, y dejar las demás para congelar al bateador. Resulta que la ciencia se ha avocado a descubrir los misterios de este lanzamiento impredecible. Y han dado con una explicación.

Científicos de la Ecole Polytechnique y del ESPCI ParisTech han intentado desentrañar el raro vuelo desde hace años. Sus hallazgos apuntan a una mezcla de fuerzas que afectan los desplazamientos de las esferas por el aire. Por un lado está la fuerza de resistencia, que, a cierta velocidad, es dispareja alrededor de la pelota y eso causa ese efecto de zigzag. Pero además está el tema de la sustentación, la fuerza que hace que los aviones se eleven. Para controlar esta fuerza y hacer que la pelota haga lo que el pitcher quiere, el lanzador le imparte un giro, una rotación: eso hace que la curva quiebre o que la recta se mantenga en su trayectoria hacia donde fue dirigida. Pero en el caso de la pelota de nudillos, el pitcher mismo no sabe exactamente lo que hará su lanzamiento y es gracias a la casi total ausencia de rotación.

Los nudilleros son, en otras palabras, los jugadores con más fe en el campo: tienen fe en que las fuerzas de la física, los caprichos atmosféricos y la imperturbabilidad de la pelota se pongan de su lado para concretar el strike. Ellos no controlan la ubicación; apenas la sugieren, la insinúan. Son, estos artistas de la uña y el nudillo, un club de paradójicos: para lograr lo que más quieren —retirar al bateador— deben negar su voluntad, hacerse omisos, casi ni tocar la bola. De otro modo, están sirviendo un panquecillo para que el bateador haga con él lo que le plazca.

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