Punkiamos con Peste Mutantex en su visita a Bogotá

Caminamos con los cuatro paisas por Bogotá, recordando viejas batallas y dándole la cara al presente.
12.5.16

Fotos por Santiago Sepúlveda.

Son 31 años de historia. Más de tres décadas de un sonido de baterías armadas con cartones, canecas, carretes de alambre y parches de acetato de radiografía. De guitarras hechas por ellos mismos y alaridos que le escupen y le cantan al mundo su miseria sin ningún pudor. Quién iba pensar que de esas crudas grabaciones que acompañaron la banda sonora de Rodrigo D no Futuro, la película de Víctor Gaviria sobre el rock en Medellín, logradas casi sin presupuesto y paridas con un sonido absolutamente visceral, quedarían incrustadas de esa manera en el cerebro de jóvenes, y viejos, en rebeldía.

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Los tiempos han cambiado desde aquella década del 80 que dio vida al punk en Colombia. Poco a poco las historias se han vuelto leyendas. Pero ahí, sentado en la parte de atrás de La Roma Records frente a Peste Mutantex, protagonistas de este cuento, sentía la adrenalina cuando en un coro de voces enérgico y contundente estos punkeros curtidos recordaban lo vivido. Hablaban de esos tiempos donde el rockero era inmediatamente blanco de la autoridad, cuando la policía llegaba a los conciertos y simplemente encanaba a sus asistentes. De la falta de billete y de espacios que había para expresar lo suyo. Narraban, entre risas, aquel mítico concierto en el barrio Buenos Aires en que le propusieron a un cura que les dejara hacer un evento musical para la juventud en su iglesia, algo a lo que el ingenuo representante de Dios accedió para luego ver transformado el lugar en un campo de batalla entre los punketos y la autoridad.

Walo (bajo), Omar (guitarra), Chepe (guitarra) y Ringo (batería) son sobrevivientes de una Medellín difícil, permeada por los movimientos revolucionarios que en los 70 habían encontrado un bastión en Antioquia: “antes de lo de Pablo (Escobar) ya había una represión muy dura”, recuerda Walo, “los tombos tenían licencia para cogerlo a uno en la calle y subirlo a la patrulla. Una ideología muy conservadora para mantener el control”. Sentados antes de su concierto en Bogotá, con cerveza en mano y fumando, uno de ellos con cresta, otro con su nodriza en la oreja, otro con botas y pantalón camuflado, saben lo que representan y cuál es la historia que traen al presente. “Canciones como ‘Dinero’ son parte de esa hijueputa crisis que vivimos, de esa mierda de la ciudad. Es todo ese dolor con el que la gente no sabía que hacer. Además de la opresión del estado llegaría el sicariato, la droga y Pablo Escobar. La crisis se agudizaba cada vez más”.

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Luego de compartir una cerveza salimos a caminar por las calles de Teusaquillo. Sorprendidos, como jóvenes eternos, se detenían a ver la arquitectura de las casas. Rememoraban sus otras venidas a Bogotá, lo años que algunos vivieron aquí, lo mucho que les gustaba la escena rockera de la capital y lo felices que estaban de estar de regreso. Atravesamos la Avenida Caracas hasta llegar a un lavadero de carros. Entramos, pedimos comida y con caldos de costilla, mondongo y picadas, los paisas se preparaban para esa noche seguir escribiendo los annales del punk.

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Peste Mutantex es el resultado de la fusión de dos bandas: de Pestes y de Mutantex, ambas fundadas en la década del 80. La primera tuvo en su alineación a Harlyn David Urrego, a Walo y a Ringo, a quienes se les unió Sergio Correa que sería rápidamente reemplazado por Jorge Vélez. De aquí saldrían canciones emblemáticas como “Dinero”, “Nunca triunfé” y “No, no". Por otro lado, Mutantex, estaba conformadó po Ramiro Meneses y Omar, un dúo que se encargaría de inmortalizar temas como "Ramera de barrio", "No te desanimes, mátate" o "Estúpidas miradas". Las dos bandas se disolverían pero, para el nuevo milenio, las esquirlas de ambos grupos se unieron para seguir siendo el enlace entre las batallas de ayer y las de hoy.

En la época que ellos decidieron agarrar los instrumentos, el rock parecía estar en una de sus tantas crisis: la historia de los Speakers, los Yetis, o La Columna de Fuego, y demás bandas que dieron vida a este género en el país en los 60 y 70, parecía haber sido cortada de un tijeretazo. Quizás fue Rodrigo D no Futuro, lo que ayudó a inmortalizarlas canciones del punk medallo. Este largometraje le mostró al país que el fenómeno era especial e incluso llegó a estar en la selección oficial de Cannes en 1990. “La película capturo ese instante, que es lo que vale de todo este cuento”, explica Walo. Un instante que, sin embargo, para ellos no fue del todo bien retratado, pues terminó en una estigmatización. “Para nosotros fue contraproducente porque de cierta forma se mezclaba al rockero con el sicario. Habían personajes ahí que escuchaban música pero también se dedicaban a robar y eso. Eso no es el punk de nosotros. Son dos cosas totalmente diferentes”, argumenta Ringo. Por eso Peste Mutantex hoy carga su propia bandera y, parándose en el escenario, se encarga de transmitir su rebeldía.

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Poco a poco, en el helaje nocturno bogotano, los platos de mondongo se fueron desocupando, las costillas de los caldos quedaron en el hueso y las picadas ya eran platos vacíos. Control, el hermano de Walo, había llegado a saludar a toda la banda. Juntos hablaron de la familia, del trabajo y la esclavitud que este conlleva. En sus palabras y en la forma como siguen botando puyas con lo que dicen, dan muestra de un afán casi genético por cuestionar lo que muchos dan por regla. Y aunque las etapas de la vida van cambiando, fue el mismo afán que en la adolescencia los llevó a emparentarse con el rock, al que cada uno llegó por sus propios caminos. Por ejemplo, Omar dice que fue en el 82 con copias de Sex Pistols, Vicious y Adolescents. Ringo lo empezó a escuchar en ese mismo año cuando iba a los bailes de rock, o soyis, de donde lo sacaban por la edad, al tiempo que ahorraba con su grupo de parceros, llamados Los Dementes para, entre seis, comprar su primer LP que sería el “Live in Yugoslavia” de The Anti-Nowhere League. Así les fueron llegando esas ganas de hacer ruido a su manera y con sus propios medios. Armando instrumentos con sus manos, apropiándose de su estética, escribiendo sobre lo que veían y sentían, le fueron dando forma al punk en Colombia.

Siempre han oído punk, metal, hardcore y todo lo que les llegue. Más que punketos se veían, y se ven, como rockeros. Se encargaron de agarrar un sonido de afuera y hacerlo propio, “Nos cansamos de la misma huevonada”, dice Walo. La unión de todos los combos que seguían este género logró nacionalizar este sonido, al tiempo que legitimó otra manera de hacer las cosas: una frentera, directa, cruda, honesta y potente. El sentimiento estaba en el aire. Luego, según cuenta la banda, la música se fue fragmentando por enfrentamientos entre punks y metaleros, “y eso es algo maluco”, señala el baterista.

Empezaron a estudiar, pero en el fondo siempre estaba la música. Sus cerebros ya estaban rayados. Montaron otros grupos y vieron como esa semilla, a través de los años, fue sacando música como chorizos. Su propuesta se expandió de tal manera que, mientras se terminan los platos de comida, cuentan sorprendidos sobre su primer concierto en Ipiales hace poco. Uno al que llegó gente del Putumayo y carros desde Ecuador. “Qué íbamos a saber que en el Putumayo había punk”, dice Ringo.

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Su rebeldía se ha curtido, pero ya no se trata de una actitud con la que asumen las distintas etapas de la vida. “Qué tal que nos hubiéramos quedado en los 70. Nuestro papel es importante, podemos ser un ejemplo, lo hicimos, lo hacemos y lo seguiremos haciendo. Tuvimos la oportunidad de madurarlo”, dice Ringo, "Nosotros somos sencillos, Todo bien con todo el mundo. La gente que habla con fundamento vale: 'es que yo digo no futuro porque los sex pistols dicen no futuro', uno tiene que tener una raíz, una formación, haber tenido experiencias. No falta el gamín, hermano…". Y ahi, parados ahora en el barrio galerías frente al lugar donde harían su descarga, empezaron a brindar, escuchar y compartir hazañas con los que llegaron para verlos. Conocer gente, eso que más les gusta de dar vueltas con su música.

Ese día, también tocarían representantes de la nueva generación: Rattus Rattus, The-makradoz y REBELIÓN. Pero sin importar que fuera 1985 o 2016, hay un hilo conductor que une a las generaciones. Esa conciencia del mundo que habitan.

Y ya en el concierto, canción tras canción, golpe tras golpe, cerveza tras cerveza, la libertad se tomó los cuerpos de las personas que lo estaban botabando todo. Así, Ringo con su carisma desde la batería, Walo con su imponencia en el escenario, Omar con toda su potencia y Chepe gritando las canciones con una energía arrolladora volvieron a dejar un instante eterno. Un instante furioso que quedó grabado en la visceral historia del punk parido en la tierra del sagrado corazón.

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