Hubo un momento en que la evolución natural del hombre causó estragos en el culto al cuerpo efebista y filogay de los intérpretes de hard rock. No iban a ser unos delgados machazos con cara de niña ruda toda la vida. Superada la época delI hope I die before I get old tuvieron que dirigir las naves hacia derroteros más adultos, experimentales y pretendidamente maduros.Fueron tiempos difíciles para las agrupaciones melenudas: discos incomprendidos, infames adecuaciones a los tiempos que corrían, pérdida de integrantes, debuts cinematográficos de pena ajena, etc. Parecía el concurso de “El más anacrónico se lleva la marranita”. Todos sabemos que los músicos del rock disfrutan de hacerlo todo más grande y mejor, hacer el ridículo no iba a ser la excepción.Al llegar los años ochenta, mucho antes de que el aguafiestas Kurt Cobain nos diera una sobredosis de zalamería depre, acabando con la poca diversión que le quedaba al rock, los grupos sobrevivientes se encontraban haciendo ajustes a su imagen. Puedes engañar a una bocina, pero no al espejo y ante el advenimiento de la alopecia surgieron personajes deudores de la estética camionera y el sadomasoquismo moderado.
Nada podían hacer los nuevos vestuarios en colores orgiásticos, los escenarios con grandes novedades tecnológicas o los solos virtuosos de dos horas de duración ante un hecho inegable: los viejos rockeros estaban más viejos que nunca y además habían colgado chichitas.Las chichitas, maleboobs, teclasmachas, bolsitas de grasa o tetas masculinas, son aquellas protuberancias que, llegadas la edad o el descuido, azotan a la comunidad masculina con su implacable vara Newtoniana. No es exclusividad de los grupos de países desarrollados que se zamparon todo el catering exclusivísimo en platos de porcelana egipcia, ni de sobrepeso desmedido: hace poco vi unas fotos de la segunda luna de miel de Alex Lora y su domadora y el icónico cantante ya mostraba unos pechitos pequeños, como de bailarina de clásico.Hace un par de años, uno de mis estudiantes acudió a la parada San Dieguina de un festival llamado “Monsters of rock” y al regresar me contó el concierto con lujo de detalles. La apasionada narración del evento, la admiración por la calidad de las grandes matas capilares, las loas al despliegue de virtuosismo guitarrístico; todo era un gran cuento de niños felices con las manos hacia el cielo haciendo cornamentas. Ya por entonces tenía yo mis hipótesis acerca de las chichitas y el rock duro.
Jack Black, ese actor hollywoodense de mediana insufribilidad, se ha dedicado en los últimos años a renovar el concepto de la teta masculina en el mundo del rock: primero, llevando sus fantasías de adulto teto y con tetas de regreso a la escuela, convenciendo a una panda de niños ladillas para hacer una banda de rock, manipulando a una directora implacable a punta de canciones de Stevie Nicks. Después vendría una entrega más: Tenacious D, película deudora del Spinal Tap, el metal épico, la balada rockera y la estética satanista propia del género.Es menester aquí aclarar que lo de la chichi varonil no es una crítica social ni una declaración de principios; se trata aquí de establecer que la carne se arruga, muchas veces, a la par de la música. Saber que a las estrellas de rock se les cae el andamiaje nos hace sentirlos cercanos y recrearnos en su cálida imagen. Recordar que el cuero se arruga, se hamaca, se cuelga y se balancea. Estar al pendiente del día en que a Julián Casablancas, Carl Barat, Alex Turner o cualquiera de esos miones nos presente sus tetitas es equiparable a cualquier pasaje de transición que se respete: aquí están estas chicas de cuero y limbo, me ha tocado vivirlas. Rock and roll.
Publicidad

