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Los cinco minutos de fama del niño imitador de Charlie Zaa

De las fiestas del familiares a Sábado Gigante.

Todo comenzó con unas gafas oscuras, un micrófono improvisado con un cepillo y una candonga. Así de fácil. Un simple juego que arrancó una tarde de 1999 en la calurosa Cali y que convirtió a Jonathan Gutiérrez, un pequeño niño de nueve años, en una estrella fugaz. Una especie de figurita pública que apareció en revistas, periódicos y hasta en Sábado Gigante. Un juego con el que este pequeño imitador del cantante de boleros Charlie Zaa pudo circunvalar el mundillo de la farándula criolla y con el que estuvo junto a personajes como Celia Cruz, El Gran Combo De Puerto Rico, Enrique Iglesias, Víctor Manuel y el propio Charlie Zaa, a quien aprendió a emular a la perfección.

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El juego comenzó después de que vio en la televisión un video del cantante de Girardot que, a finales de los 90, gozó de cierta fama gracias a sus reversiones de boleros clásicos. Por alguna razón, que hoy a sus 28 años Jonathan todavía no entiende, sintió que se parecía al cantante. Así que se “disfrazó” como el hombre y le dijo su madre: “mami ¿a quién me parezco?”. Luz Marina Tabares, lo miró y sin pensarlo mucho dijo: “papito igualito a Charlie Zaa”.

Después de eso, Luz Marina le compró Sentimientos, el primer disco de Zaa, a su hijo quien empezó a aprenderse la canciones y lo movimientos del cantante. Ese “papito igualito a Charlie Zaa” se convirtió en el entretenimiento de las reuniones familiares, en el espectáculo del almuerzo de domingo, en el show que hacía el pequeño Jonathan para entretener a su familia y pasar un rato ameno mamando gallo un rato.

Como muchos padres obsesionados con registrar cada logró de sus hijos, Luz Marina grabó las actuaciones de su hijo. Jonathan cuenta que en una de esas reuniones, la cámara se quedó encendida y registró a este inocente crio saboreando un suculento moco. En ese entonces no había Internet y la única forma de que el mundo se pudieran reír y señalar los errores de los otros era enviando videos a programas de televisión que exhibían sin piedad a un montón de inocentes metiendo la pata. El festín de Jonathan no sólo llegó a uno de esos programas que polulaban en los 90 sino que se ganó un premio. Esa fue la patadita de la buena suerte.

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Su madre uso parte del dinero del premio para mandarle a hacer trajes como los de Charlie Zaa y le compró unos suecos ¡qué elegancia!. El pequeño Jonathan comenzó a presentarse en fiestas y cumpleaños y de a poco fue ganando fama en las verbenas de Cali. Para él todo el show era un juego, incluso cuenta que no le gustaba Charlie Zaa, pero lo hacia porque eso hacía feliz a su mamá. Pero el juego creció y un día lo llamaron para actuar en un concurso de Niña Valle en el Club Tequendama. Después de eso vino la locura mediática. RCN, Yo José Gabriel, presentaciones en la capital, burlas en El Siguiente Programa. “Tenía afiches en los que yo salía” dice Jonathan por Skype mientras ríe. De pronto él se convirtió en el Charlie Zaa miniatura, un mini copia perfecta del cantante, rebosante de ternura y talento. Una suculenta y empalagosa torta mediática.

Mirar desde el minuto cinco

Pero la cosa no era pura diversión. Luz Marina cuenta por teléfono que en ese momento ella se encontraba muy enferma, la artritis la tenía postrada en una cama y se encontraba en la quiebra. Un día ella decidió mandar una carta a Sábado Gigante contando quién era su hijo y diciendo que su sueño era tocar en un escenario tan grande como el del programa. Pasaron los meses y un día una secretaria de Univisión la llamó. Obviamente, ella pensó que era algún tipo de broma y colgó el teléfono. Pero la gente de Univisión insistió, querían invitar al Charlie Zaa en miniatura a participar en un concurso llamado Quiero Ser Estrella. El juego se convirtió en algo serio.

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En ese momento comenzó una epopeya para la familia. Tenían pocos días para sacar pasaportes y visas y casi nada de dinero. Por suerte, Jonathan se había presentado en el supermercado La 14 y con eso pudieron conseguir el dinero para el pasaporte. Además la Escuela de Bellas Artes de Cali les ayudó con los pasajes para que pudieran viajar a Bogotá a hacer los trámites. Pero la cosa no iba a ser tan fácil. Cuando Luz Marina llegó a pedir el pasaporte, le dijeron que le faltaba un papel original del registró civil y sin eso no se lo podían dar.

Un golpe directo al estómago.

Las puertas de Univisión estaban a unos pocos metros y un papelito les impedía tocarlas ¿Qué hizo Luz Marina? Pues echarse a llorar. Por suerte, o por el destino, o porque todos los burócratas tienen en algún lado algo de corazón, la mujer de la oficina se apiadó de ellos, habló con el encargado y les dio el pasaporte.

¡Victoria!

Madre e hijo cogieron para Miami, directo a los dominios de Don Francisco. Allá los recibieron con bombos y platillos y los hospedaron en un hotel cinco estrellas. Estuvieron cuatro días y Luz Marina cuenta que les dieron 300 dólares para comer, pero el almuerzo en el hotel costaba 25. Ellos preferían caminar cinco cuadras, para ir a McDonalds, estar juntos y comer hamburguesas. En el concurso Jonathan arrasó con su performance y clasificó a la final. A las dos semanas regresaron para la gran final, pero no tuvo suerte.

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Ambos regresaron a Cali y a los cuatro días los llamaron. Don Francisco se había quedado impresionado con la actuación de Jonathan y lo quería para hacer una presentación en Sábado Gigante. Una vez más madre e hijo regresaron a Miami. Esta vez el show fue junto a Charlie Zaa, ambos bailaron, sonrieron para las cámaras y posaron contentos. Pero hasta ahí llegó la cosa.

Después de sus viajes a Miami, fue invitado para presentarse en la feria de Cali. El problema es que necesitaba las pistas originales de Charlie Zaa para hacerlo. Luz Marina llamó al cantante para pedírselas, pero según ella, de forma muy grosera, le dijo que hablara con el presidente de Sonolux. Ante eso Jonathan se mamó y le dijo a su madre: “Nuca más quiero volver a imitar a ese maricón”.
Y así fue.

Jonathan dice que a pesar de ser tan pequeño, se dio cuenta que todo lo que envuelve a la farándula es una farsa. Charlie Zaa en verdad era un tipo antipático y prepotente, igual que Don Francisco, igual que Celia Cruz. Además la pequeña fama que consiguió estaba afectando su vida personal. Sus compañeros lo jodían, se burlaban de él y le decían que era gay.

Pero el gusto por el arte siguió latente. Después más o menos el año y medio que duró su carrera como Charlie Zaa en miniatura, decidió entrar a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Cali y allí se enamoró del teatro. Ahora es actor profesional y bailarín. Fundó un colectivo llamado Teatro NEPHILA con el que dirige e interpreta obras de corte experimentales en las que mezcla la actuación con las artes contemporáneas. La más reciente se llama La Vitrina y es una reflexión sobre la prostitución.

Él cuenta que durante mucho tiempo no le gustó hablar de sus años de Charlie Zaa, es tal vez por eso que no se encuentra ningún registro en Internet, pero ahora lo acepta como una parte de su vida y un inicio de su carrera como actor, porque bien o mal, lo que hacia en ese época era interpretar un papel. De esos años le quedó el gusto por la actuación y el odio a la "farsandula", como él la llama, a ese mundo de apariencias y exposición del que probó poco, pero al que no quisiera regresar. “Yo soy feliz haciendo arte pero soy más feliz teniendo mi vida, porque en ese mundo tu vida deja de ser tuya para ser del público”.