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Por qué conocer a Lemmy me salvó la vida

"Conocí a Lemmy después de haber salido de un centro de rehabilitación psiquiátrica y separar el mito del hombre me ayudó a volver a la realidad"
7.1.16

Tomar con Motörhead solía ser algo peligroso, como descubrí en varias ocasiones, a principios de este siglo. Como amigo del publicista de Lemmy, pude ver a la banda tocar varias veces mientras estaba reventado. Ellos eran el soundtrack del desenfreno babilónico; una banda gigante, discordante e increíblemente influyente. Incluso los vi ensayando una vez —una experiencia que suele revelar los errores que cometen las bandas— y en ese ensordecedor estudio me di cuenta de lo literalmente divino que era Lemmy Kilmister.

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No me di cuenta en el momento, pero prácticamente en todas mis primeras experiencias con Motörhead yo estaba muy ebrio y, más veces que menos, increíblemente trabado. Apenas recuerdo cuando tocaron en la Royal Opera House, como parte de una serie de eventos inverosímiles organizados a lo largo de todo Londres por parte del entonces alcalde, "Red Ken" Livingstone. Lo único que tenía en la mente era vino tinto y en mis manos, era barra libre. De alguna manera logré navegar hacia Covent Garden cuando todavía había luz y me dirigí a casa en piloto automático como los buenos borrachos, para poder dormir la borrachera. Hubo otra vez que tomé momentáneamente con Motörhead y Saxon tras un estruendoso show en el Hammersmith Odeon. Luego tomé un poco más con Saxon en su hotel mucho tiempo después de que los integrantes de Motörhead se habían ido a dormir. Digo, ¿qué tan rock ‘n’ roll es eso? ¿Seguir la fiesta cuando los de Motörhead ya no podían más?

No fue hasta el verano del 2010 —cuando yo reticentemente estaba cumpliendo 37 años, lejos de las hedonísticas excusas de ser un veinteañero— que me di cuenta que tomar montones de alcohol cada vez que fuera a un concierto o cuando escuchaba música en mi casa o cuando simplemente quería un trago, no era algo de risa. Me había convertido en un desastre de persona: adicto al alcohol, dependiente en las drogas, perdido y casi suicida. Mis amigos, preocupados por mi salud, me ingresaron a un hospital psiquiátrico en Hackney por cinco días. Cuando ingresé me hicieron una prueba de sangre y tenía una lista interminable de drogas malas que había conseguido por internet, además de algunas drogas callejeras más convencionales y en lo único que podía pensar cuando me hicieron la prueba era en conseguir un poco más. No paraba de hablar sobre salir y tomarme una «última pinta de libertad» lo cual le daba escalofríos a mis amigos. No había comido propiamente por seis meses y en el proceso de dejar mis vicios y consumir comida medio decente, empecé a reevaluar mis opciones.

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¿Quería regresar aquí en unos tres o seis meses, o debía darle una oportunidad a la sobriedad? Esa “última pola” probablemente no iba a ser la última en verdad. Antes de experimentar algo como esto, siempre pensé que elegir la rehabilitación sería la opción obvia para cualquiera que ha llegado al punto de la autodestrucción, pero cuando tocas fondo, la idea de salvarte a ti mismo parece la tarea más difícil e inconcebible en el mundo. Para mí, el recuperarme significaba un largo e importante cambio de vida, lleno de aburrición, soledad y celibato, sentándome en frías bancas de iglesia escuchando a otros ex-alcohólicos hablar sobre cómo van a los bares los sábados y toman jugo de arándano.

Una semana después me dejaron salir del hospital. Coincidentemente, Phil Hebblethwaite (editor del ya difunto periódico musical británico The Stool Pigeon), me preguntó si quería revivir algunas de esas viejas pasiones Motorheadianas, e ir al Stringfellows para entrevistar a Lemmy para un artículo de portada. Lo había visto tocar incontables veces mientras estaba hasta reventado, había hablado con el completamente borracho, e incluso lo había visto ofrecerse a autografiar los senos de mi novia (ella amablemente dijo que no, gracias) cuando ambos estábamos en otro planeta. La idea de revivir esos recuerdos con una mente sobria me asustaba por completo. ¿Realmente podría sentarme frente a él, sobrio, y simplemente charlar con él? Lemmy era las entrañas de la bestia.

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Acepté y me dirigí a Soho temblando como una maraca. Cuando llegué, vi a Lemmy llegar un poco adelante de mí. Estridente, con un sombrero Stetson y unas botas de la SS, detuvo el tráfico mientras caminaba. Los repartidores, estudiantes impresionados y señoras horrorizadas se le quedaban viendo. En ese momento capté lo famoso que era Lemmy. Todo el mundo sabía quién era, aún sin saber exactamente qué hacía.

El Stringfellows era como me lo esperaba; un lugar con tapiz de leopardo y bailarinas bailando desganadas en el fondo. El encargado de prensa de Motörhead me sacó por la escalera de incendios y me llevó a una escalera de concreto lejos de lejos de la sordidez. Y ahí estaba Lemmy, en un trono con piel animal, chupando furiosamente un Marlboro rojo. Le di la mano; el gruñó como respuesta. El agente de prensa mencionó que había visto a la banda más de 20 veces y yo hice una mueca de vergüenza, como un niño cuyo papá empieza a mostrar las fotos de cuando era bebé. Pero Lemmy se veía contento. Prendió otro cigarro y me lanzó la cajetilla. Yo prendí otro, mientras mi mano temblaba. Le pregunté si era más fácil en esos momentos encontrar lugares donde fumar en Londres que en LA. «Es más o menos lo mismo» gruñó. «LA fue el primer lugar en prohibir los cigarros. Fueron las meseras de los putos bares las que lo hicieron. De haber sabido no les habría dado propina».

Todo sobre Lemmy era anacrónico, de sus jeans desgastados a su actitud de hombre setentero. En esos momentos la banda estaba promoviendo su álbum The World Is Yours, un título que según él era bastante sarcástico. Le pregunté si el mundo era un peor lugar que cuando había formado la banda. «Sí», dijo. «Es como otro planeta. No creerías cómo era en ese entonces. Si pudieras ir de vuelta, no regresarías».

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Si el mundo había cambiado más allá de lo esperado, entonces Lemmy no había cambiado mucho en los 35 años que Motörhead llevaban tocando juntos en ese momento. Incluso con mis nebulosos recuerdos, podía ver que se veía igual que la primera vez que lo vi tocando en vivo. «Eso sólo es suerte», río él. «Creeme que no me he estado poniendo crema todas las noches. Esto sólo es suerte»

Foto via Wikipedia

Hasta hace unos pocos años, cuando la salud le empezó a fallar, yo asumía que Lemmy Kilmister iba a vivir para siempre, o al menos más que el resto de nosotros. Muchos han tomado del caliz del rock ‘n’ roll, y la mayoría han sucumbido antes de llegar a los 70, viviendo la desenfrenada vida que viene al ser el dionisiaco líder de Motörhead. Él definitivamente estaba compuesto de un material más aguantador que tú o yo. Pero por cada Lemmy, o Keith Richards, hay cientos de Jimi Hendrix (de quien Lemmy fue roadie en sus inicios) o Jim Morrison, o Johnny Thunder, o Janis Joplin, quienes sucumbieron ante el abuso de alcohol u otras substancias. Y miles de otros han expirado sin pena ni gloria, chupados y escupidos por el mito del rock ‘n’ roll. Y yo, con mi pequeño camino destructivo, que acababa de salir de un hospital, quería saber cómo le había hecho Lemmy.

«Moderación» contestó, con un semblante serio. «Tienes que aprender a ser moderado. Tienes que saber lo que es bueno para ti y lo que no. Lo que no es abusar. Todo en moderación está bien. Nada extremo está bien».

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Es el tipo de consejo paternalista que nunca hubiera esperado del hijo de puta más malo del rock ‘n’ roll, pro ahí estaba, siendo sensible. Me hizo darme cuenta de lo poco sensato que había sido. Porque ves a íconos como Lemmy, y asumes que toman alcohol y drogas de desayuno, y viven las vidas más excedidas en el planeta, y tú puedes hacerlo también, porque velos, están bien. Pero helo aquí, tranquilo, sereno, dándome consejos bastante medidos.

Decidí contarle lo que me había pasado, cómo se había acelerado en los últimos años, y que había dejado de tomar y drogarme tras mi visita al hospital psiquiátrico hace una semana. Puso su mano sobre mi hombro, me vio en los ojos y me dijo «Estás bien ahora, ¿no?» Sus ojos estaban llorosos y su mano me apretaba fuertemente. Fue un momento extraño. Lemmy el hombre, o el mito, tenía varias historias relacionadas con él. Yo había escuchado que hacía que todos lo de su equipo tomaran para asegurarse de que “no fueran unos pendejos”. Pero el hombre que conocí fue impresionante por todas las razones distintas. Era un hombre compasivo, que habló conmigo de manera cándida sobre su padre, el cual lo dejó cuando era recién nacido; sobre sobrevivir en el mundo del rock; e incluso sobre la inusual balada y canción de protesta de Motörhead "1916".

«Si te pasas consumiendo alcohol, te mata», me advirtió. «Si te pasas con la heroína… Bueno, no te tienes que pasar con la heroína, sólo la haces y te mata. Si te pasas con el speed o la coca te manda al loquero. La única manera de sobrevivir es ser moderado, sólo tienes que estar feliz con estar un poco ebrio y no reventado todo el tiempo… La mayoría de la gente de mi generación con los que me llevaba ya se fueron. Y cuando digo que se fueron, no necesariamente significa que estén muertos, aunque estoy seguro de que varios preferirían estarlo. Hay un par en hospitales psiquiátricos y otro par yendo eternamente a rehabilitación, saliendo y entrando, saliendo y entrando…»

El hablar con él ese día me ayudó a enfrentar mi recuperación. En AA, el Libro habla sobre alcohólicos buscando opciones más suaves. Después de escuchar a Lemmy hablar me di cuenta de que nunca podría volver a tomar de manera frecuente sin mandarme a Japón. No había una opción más suave. Una vez que recayera, no podría controlarlo como él lo hacía. Él era un maestro del autocontrol, y yo no estaba hecho del mismo molde. El AA y la terapia me ayudaron a salvar mi vida, pero de alguna manera, mi tumultuosa relación con el mito y la realidad de Lemmy Kilmister fue igual de valiosa. Sus consejos no funcionarían para mí, pero él me ayudó a darme cuenta de eso.

Cuando escuché que había fallecido, no corrí a un bar a brindar por el difunto, aunque sí toqué "Killed By Death" fuertemente en tributo a un gran hombre. No es algo que puedes decir ordinariamente de alguien que coleccionaba objetos Nazis. Tristemente Lemmy se ha ido, y ese último vaso de cerveza sigue esperándome, pero día tras día he logrado mantenerme alejado de él.