De pionero del rockabilly a imitador de Elvis: Este es Marco T, ídolo ignorado del rock en Colombia

¡Qué viva el rocanrol criollo!
5.4.16

El 16 de agosto de 1977 Elvis Aaron Presley fue encontrado inconsciente en el piso del baño de su casa en Memphis. Los paramédicos intentaron reanimarlo pero no había caso, El Rey estaba muerto. Ese mismo año, gracias a una tornamesa vieja y a la colección de vinilos de sus padres, Marco Tulio Sánchez Bustamante desarrolló, sin saberlo, una conexión casi mística con aquel ídolo caído de ojos claros y pelo negro que conquistó al mundo con su guitarra, sus salvaje pasos de baile, sus exóticos trajes y su pronunciado copete. Una conexión tan profunda que lo llevó a mimetizar los movimientos del rey del rocanrol a la perfección, a tal punto que en 1995 se convirtió en el mejor personificador de Elvis en el mundo.

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La música agarró a este bogotano desde los nueve años, cuando el rocanrol clásico llegó a su vida para no irse nunca. A los doce su padre le regaló su primera guitarra y le pagó algunas clases de canto, con las que dio inicio a su carrera musical que, en adelante, se desarrolló de manera empírica. Interpretó desde el rock clásico de Chuck Berry, hasta las baladas de Nino Bravo, pasando por el góspel y el rock en español, convirtiéndose así en una especie de camaleón musical con una obsesión por cantar y grabar cada una de las canciones que le movieran las tripas.

Marco T – como es su nombre artístico-, es un tipo robusto, de ojos azules, pelo castaño y voz gruesa que hoy trabaja como orientador en un colegio del sur de Bogotá, aunque sigue ejerciendo su carrera musical. Una carrera que, a pesar de tener más bajas que altas, le ha permitido grabar varios discos de tributos, dar conciertos por todo el país, aparecer en medios de comunicación y hasta pagar su casa ubicada en el barrio Santa Ana en el centro sur de la capital.

Precisamente ahí estoy. Marcos me recibe en una casa de dos pisos que se encuentra al lado de una quebrada. Luego de una sonrisa de bienvenida, me da un abrazo y me invita a pasar. Atravesamos un garaje tan estrecho que para poder parquear su moto y su carro azul, debe empujar ambos vehículos y dejarlos contra la pared. Inmediatamente entramos a una sala de muebles negros que combinaban muy bien con las cortinas blancas. Sobresalía además, dentro de este espacio pequeño y acogedor, un piano de cola que mandó a traer de los Estados Unidos. Tras una corta conversación seguimos al patio trasero de la casa hasta llegar a una esquina donde tiene su santuario dedicado al Rey del Rock.

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Pese a que es un cuarto muy pequeño y apenas cabrán cómodas unas cinco personas, al entrar, se abre un universo dedicado a Elvis: un par de lonas con la imagen del viejo Presley cubren dos de los muros de la habitación. Contra otra de las paredes reposa una computadora conectada a un televisor y a un equipo de sonido Aiwa negro. A la derecha de este hay una repisa llena de juguetes, botones, esferos, corbatas y otros objetos que forman su colección de Elvis, y seis guitarras guardadas en sus estuches negros. A la izquierda tiene dos escaparates llenos de vinilos, casetes, libros y CDs; y en la parte posterior tiene un closet con los trajes de Elvis que todavía conserva. Sobre la estantería y el closet están todos los vistosos y elaborados cinturones que acompañan sus excéntricos disfraces.

Marco se sienta frente a su computador y comienza hablar. Entre comentarios graciosos y bromas de doble sentido, siempre seguidas de una gran carcajada, arranca el relato de su vida. Es difícil seguirle el hilo de la conversación, cambia de tema constantemente, no deja terminar ninguna de las cientos de canciones que tiene subidas en YouTube, y además les sube y baja el volumen constantemente para poder comentarlas: “escucha que bien quedó grabado”, “ buenos esos teclados”, “esa canción nos quedó muy bien”. Son más de 30 años de carrera musical, no podría ser distinto.

En 1985, cuando tenía entre 13 y 14 años, armó la que probablemente fue la primera banda de rockabilly de Colombia: Los Gatos Montañeros. Un grupo conformado por cuatro amigos que vivían en el barrio La Fragua, al sur de la capital, y que estudiaban en el colegio Atanasio Girardot. “La Fragua era un barrio de músicos, así como el Quiroga era de hippies y Chapinero era de hippies de caché… de cachete rojo ¡JAJAJA!” Bromea Marco T. Cuenta que en el grupo tenían dos guitarras y un contrabajo, pero que el baterista no tenía para comprar su instrumento, por lo que mandó a hacer uno artesanal en el barrio Restrepo. Y así, en plena preadolescencia, empezaron a reversionar sus canciones favoritas de rockabilly, a las que adaptaban las letras al español.

La primera vez que se presentaron fue en una peña del colegio a la que llegaron vestidos con la percha cincuentera: trajes, corbatines y gomina en el pelo. Marco dice que la gente quedó perpleja cuando los vieron tocando rockabilly, nadie entendía bien qué era eso, aunque igual les gustó. Después de eso comenzaron a presentarse en los bares rockeros que quedaban sobre la octava sur y se volvieron conocidos en el barrio, no solo por la música que hacían o por sus excéntricas pintas, sino porque iban de puerta en puerta vendiendo los demos de sus covers. Los Gatos Montañeros tenían ganas de gloria. Grabaron en máquinas Ampex, con una consola Akai, en un estudio en San Victorino llamado Avila Músical. “Yo llegué a conocer a Tito Avila que era el dueño del estudio. Creo que era barranquillero y el man era un bacano, pero eso sí, nos daban REC y se iba. A nadie le importaba esta vaina, pero quedó el registro”. De esas sesiones que Marco pagaba cortando pasto salieron 100 copias de un 7’’ que quedaron perdidas por ahí.

El rockabilly había pasado de moda y en lugar llegaba el hard rock, la denominada música para planchar, el pop y la todo poderosa tropicalia. “Lo que hacíamos era muy obsoleto para lo que sonaba en los 80, por eso es que no le importábamos a nadie. Muchas casas disqueras nos dijeron que no simplemente por el género que manejabamos”, cuenta Marco. A pesar de eso, Los Gatos Montañeros siguieron dándole duro al rockabilly y, aunque muchas radios los rechazaron, varias de sus versiones criollas sonaron en emisoras de AM, como Radio Tequendama o Radio Santa Fe, e incluso aparecieron en el programa de televisión Telectrónico Colombia.

Luego de tanto esfuerzo, Marco T guardó todo lo que su grupo grabó en esos años. “Durante mucho tiempo me dio pena mostrar estas cosas”, dice con un poco de nostalgia. Pero hace poco decidió coger todos sus demos, recopilarlos en varios volúmenes y subirlos a YouTube. “Ahí le ha ido bien al disquito. No tengo tantas visitas como la Tigresa del oriente, pero bueno”, bromea mientras me muestra el volumen II de Marco T y Los Gatos Montañeros.

Cuando llegaron los 90 el grupo se reinventó y, aunque Marco aún lamenta que nadie le parara bolas en todo el tiempo que tocaron rockabilly, la banda dejó atrás el sonido del sur de Estados Unidos y se subió a la ola del rock en español. Los Gatos comenzaron a grabar covers de los Hombres G, Los Toreros Muertos y Soda Stereo. “Fueron los años de bares, cerveza, muchachas y diversión”, cuenta Marco. Consiguieron mejores equipos y montaron un estudio en la casa de uno de los integrantes. El sonido de la banda mejoró, cada vez los contrataban más e incluso el guitarrista y productor Freddy Camelo tocó con ellos hasta el 93, cuando se fue a Poligamia.

Pese a todo Marco no conseguía vivir de su arte. Además, señala que los empresarios eran abusivos y no respetaban el trabajo de la gente. Decidió estudiar ciencias sociales en la Universidad Distrital y dedicarse a la docencia. Sin embargo nunca dejó de cantar, de dar presentaciones y de grabar interpretaciones de sus temas favoritos. “Siempre que escuchó una canción que me gusta siento que debo grabarla a mí manera”, dice mientras pone uno de sus tantos videos donde muestra su voz gruesa, afinada y con un estilo de músico de baladas.

Paralelamente, el amor de Marco T por Elvis siempre estuvo presente. “Los que más me gusta es la voz”, dice mientras mira sus recuerdos de El Rey en el santuario de su casa. Desde los primeros años de Los Gatos Montañeros, el futuro personificador se aprendió y grabó las canciones de este ícono. Desarrolló el personaje hasta que en 1995, una tía que vive en Rhode Island, lo convenció de entrar al concurso de imitadores de Elvis. Se fue solo a Estados Unidos a competir contra personajes como Jimmy Ellis, conocido como Orion, considerado uno de los mejores imitadores de toda la historia.

Los nervios se apoderaron de Marco, no tanto por el hecho de enfrentar a un público numeroso, sino por tener que cantar en inglés. “Yo fui a hacer lo mío, no pensaba en ganar solo quería cantar”, dice. A pasar de ser un desconocido venido de un país lejano, con su performance ganó el premio gordo: mil dólares y un cinturón dorado de plástico que guarda como su tesoro más preciado. Cuando su padre se enteró de su victoria, estaba tan feliz que se fue a Radio Tequendama para darles las buenas noticias. Allá un locutor le dedicó unos minutos de su programa al triunfo de Marco.

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Aún así no mucha gente se enteró de su proeza. El mejor imitador de Elvis del mundo volvió a Colombia para seguir dando clases, trabajar como tecladista y maestro de ceremonia en un iglesia llamada La Inmaculada Concepción, reversionar baladas de artistas como Roberto Carlos, Tom Jones y Sandro, y hacer música gospel.

Así se mantuvo hasta que los años de mala técnica al cantar, el cigarrillo, el trago y estar todo el día gritándole a un montón de adolescentes mamones, hicieron que su garganta se degastara y, en 2001, perdiera la voz. Marco pensó que nunca más iba a poder seguir su pasión, ni siquiera estaba seguro de poder volver a hablar. Todos sus logros y sus sueños parecían estar condenados. Sin embargo, con el apoyo de su familia y amigos, se operó y pasó cuatro meses en Buenos Aires tomando clases para poder volver a cantar con un maestro llamado Sergio Tulian. Cuando se recuperó grabó un disco de temas religiosos en un estudio manejado por unas monjas como forma de agradecerle a Dios su segunda oportunidad. “Uno se acuerda de Dios es cuando está jodido”, dice con un tono serio.

Tal parece que a Dios le gustó el tributo. Guillermo Alfredo Rueda, conocido como Bill Lynn, un músico estadounidense nacido en Colombia que tocó batería con Elvis, el original, decidió pasar sus últimos años de vida en Villa de Leyva. Para ganar unos pesos extra, armó un grupo tributo a su antiguo patrón en el que tocaron Mauricio Martínez, ex miembro de Crash; Andrés “Beto” Delgado; Fabio Gómez, de Los Flippers; e Iván Sotomayor, quien fue tecladista de Shakira. Para conseguir a la voz perfecta que pudiera emular el estilo de Elvis, el viejo Billy organizó un concurso en el Hard Rock Café de Bogotá. Allá llegó Marco T con su guitarra acústica. Cuando Bill Lynn le preguntó qué canción iba a tocar, él respondió: “pídame la que quiera”. El baterista salió con un tema medio rebuscado llamado “Blue Eyes Crying In The Rain” y una conocida titulada “Love Me Tender”. Cuando acabó su presentación, Bill le dijo que al otro día se iban de gira. “Yo me imaginé Europa, Japón; pero era gira colombiana”, cuenta Marco con una risotada.

Ahí empezó la época de bonanza. La banda tocaba constantemente en bares, clubes, eventos, ferias y fiestas por todo el país. Incluso casó a un par de parejas. Los videos de su canal muestran que sus presentaciones se llenaban y la gente lo reverenciaba como si estuvieran viendo al verdadero Elvis. En ese tiempo ganaba tanto que pudo comprar trajes llenos de lentejuelas que costaban cuatro mil dólares, pagó su casa y por fin su performance y su voz figuró en medios tanto nacionales como internacionales, donde lo bautizaron como el Elvis colombiano.

El grupo duró hasta 2006, año en que el viejo Billy murió. De ahí pasó a manos de otros managers que, según cuenta Marco, los terminaron estafando. Las presentaciones se hicieron más escasas y ya no podía cobrar lo mismo.

Pero su imagen de Elvis Criollo perduró, aunque muy a su pesar pues el éxito como tributo al rey del rock opacó todo el resto de su carrera. Ser el mejor imitador de Elvis de Colombia pasó de ser algo exótico y divertido a fastidiarlo. Marco opina que la gente se hizo una imagen errónea de su trabajo porque él no imitaba a Elvis, lo reinterpretaba a su manera. Por eso siempre cantaba las canciones en español, para mantener su identidad. “Si pierdes tu identidad no eres más que un simple imitador”, dice Marco con desdén. Aún así, hace unos años participó en Yo Me Llamo, pero lo eliminaron por un tema de derechos de autor. Resulta que el canal debe pagar por las canciones y los temas de Elvis son costosos. De todas formas, firmó un contrato de exclusividad con Caracol durante un año, con quienes estuvo dando conciertos con pista de fondo junto a los demás participantes del programa.

Actualmente la mayoría de sus trajes están vendidos o no le quedan. Su faceta de Elvis aparece cada vez más esporádicamente, la última vez fue en diciembre del 2015 en un show en Corferias. Está enfocado en otras cosas. Se encuentra estudiando una maestría y una especialización relacionadas con educación. También, con otros músicos amigos, se junta para tocar y dar serenatas en eventos y fiestas. “Hoy estoy en un restaurante con 20 personas, al otro día voy a dar clases, después voy a un funeral y luego a un matrimonio. Y al otro día estoy frente a mil personas porque me montan un show el berraco”, comenta.

Se aferra a sus reciente victorias pues, a pesar de ser un músico underground, gracias al Internet el trabajo de Marco ha llegado al extranjero. Afirma que en Bulgaria la gente comparte sus discos, un DJ llamado Ethan hizo un remix en el que mezcla su voz con la de Elvis y en una radio italiana le hicieron un especial en el que le echan un montón de flores a su voz. “Gran barítono”, dice en forma burlona refiriéndose a los comentarios del locutor.

Sin embargo, Marco dice que a veces entiende a Elvis cuando este decía que un momento estás en la gloria y al otro no tienes nada. Él pasó de tocar en lugares como La Media Torta frente a un público que se emocionaba por verlo y le seguía la corriente, a presentarse en barchusos frente a un montón de borrachos que le piden “La Bamba”. Incluso, en un momento me dice que no se siente realizado en sus dos carreras, pues considera que no ha recibido el reconocimiento que merece. “Aquí no hay oportunidades para los músicos de la clase media. Cómo decía Lennon: somos artistas de la clase obrera. Somos obreros de la música no de la farándula”, dice. Pero a pesar de que a veces su relato se torna melancólico, nunca deja su buen humor. Rápidamente le busca el lado bueno a las cosas y afirma que está feliz, porque hace música por amor y no por dinero: “lo importante es seguir haciendo música”, sentencia.

Cuando terminamos de conversar me vuelve a invitar a la sala para ofrecerme un café y mostrarme cómo toca el piano. Mientras interpreta un blues lo observo y pienso que Marco representa otra versión de los músicos profesionales. Los que viven del rebusque musical, haciendo reversiones para públicos en restaurantes, fiestas y bodas. Esos que son cotizados por su capacidad de transmitir esas emociones que producen artistas que jamás veremos. Es un tipo inquieto, siempre está grabando música, buscando gente con quién hacerla y experimentando con nuevos géneros musicales. Cuando deja las teclas me mira y con la misma sonrisa que esbozó durante casi toda nuestra conversación me dice: “Yo amo la música y creo que me voy a morir cantando. Ojalá dios me de ese privilegio”.

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Para ver todos los videos de Marco T, visiten su canal en YouTube por aquí.