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Asistimos a un concierto de música sanadora con los Hare Krishna

¡Ahó!

Fotos: Randy Sánchez

Cuando me invitaron a asistir a un concierto Hare Krishna en el que prometían sanación, no me lo pensé dos veces. Sonaba como una oportunidad increíble para sentirme mejor conmigo mismo. Digo esto porque los últimos dos meses han sido de los más duros de mi vida (literalmente me ha pasado de todo) y, como probablemente le sucede a muchas personas que acuden a estos eventos, sentí que tal vez, estas personas ultra espirituales me podrían ayudar a dejar atrás todas esas malas energías.

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Personalmente no había escuchado mucho de ellos. La única idea que tenía era que son un grupo religioso conformado por hombres prácticamente calvos, vegetarianos, que ponen restaurantes, cocinan delicioso y que viven una vida alejada de los placeres mundanos de los que disfrutamos todos los demás mortales.

Quise informarme un poco más acerca del concierto, pero no encontré mucho. Sólo un evento en Facebook en el que aparecían nombres de artistas de Venezuela, Chile y Colombia que iban a hacer unas manifestaciones artísticas de “música medicina (sic). «¿Cómo así que música medicina? ¿Y las drogas?», me pregunté durante todo el trayecto de mi oficina al lugar del evento.

Uno de los nombres anunciados me llamó la atención porque, a diferencia de los otros que tenían escrito su país de origen al lado, este tenía la etiqueta de “Maestro espiritual”. Se llamaba Paramadviati Swami y cuando lo busqué en Google, descubrí que es un alemán de 62 años que lleva practicando el krisnaísmo (la religión que practican los Hare Krishna) desde los 17 años.

También me enteré que es un gran líder para los que practican esta religión en Colombia por ser el fundador de SEVA, una editorial con sede en nuestro país que publica sus obras y la de otros gurús del vaisnavismo (una antigua religión monoteísta de origen hindú).

Cuando por fin llegué al lugar, me encontré con una fila que llenaba todo el recinto. Había gente de todas las edades: niños, ancianos, jóvenes y adultos. En realidad nadie estaba hablando acerca del concierto, parecían más preocupados por cosas como el trabajo, la universidad y dónde iban a pasar el Año nuevo. Quería escuchar algún comentario acerca de los artistas que iba a ver, pero nadie arrojó ninguna pista. Tuve que esperar para conocerlos por mí mismo.

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A la entrada del teatro, un grupo de no más de tres Hare Krishnas vendían libros de filosofía védica y discos con sus mantras, algo así como frases cortas que se repiten una y otra vez hasta formar una música muy relajante y que, según ellos, sirve para revivir la “conciencia espiritual”. También habían otros con recetas vegetarianas y algunos instructivos para hacer yoga.

Mientras hacía la fila pude ver a un Hare Krishna que se encontraba en una esquina del lugar poniendo mucha atención a su iPad última generación. A mí, que soy un ignorante en esos modos de vida, me resultó contrastante; un iPad me resulta demasiado tecnológico y moderno como para imaginarlo en las manos de estos personajes tan entregados a la naturaleza y a la espiritualidad. Me acerqué a él con mi actitud más curiosa, pero fue en vano, el señor se detuvo y uno de sus discípulos me miró con extrañeza.

Después de sortear toda una serie de inconvenientes y confusiones en la entrada, finalmente logré entrar al recinto. Un teatro nuevo, amplio, mucho más grande de lo que me esperaba, nada fuera de lo habitual.

Y comenzó el evento.

No pasó mucho tiempo para que saliera el maestro de ceremonias, que se parecía más a un animador de bazares que a un especialista religioso. «¿A qué artista quieren ver?», decía emocionado y la gente respondía con el mismo ánimo, gritando nombres que yo nunca había escuchado como Kirtan Reggae, un grupo colombiano que fusiona música andina con reggae y Moyenei, una cantante chilena que se mueve entre el dancehall y el hip hop.

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En este pequeño “warm up” hubieron dos nombres que emocionaron a la gente por encima de los demás. Eran el maestro Paramadviati Swami y Jesús Hidalgo, los actos más esperados por los asistentes.

Después comenzó una dinámica protagónica, que escucharía durante toda la noche: El presentador comenzaba gritando: «Todo el mundo dice..» y la gente respondía «¡Ahó!», soltando esa corta palabra de sus bocas con un fanatismo casi religioso. Mientras tanto, yo seguía ahí, inmutado, sin entender nada. ¿Eso no es un saludo pirata?

No. Lo supe cuando apareció sobre el escenario una figura atípica: un hombre ancho, de pelo blanco recogido, vestido con una túnica blanca y gafas. La gente enloqueció, se pararon, aplaudieron, levantaban los brazos y gritaban «¡Ahó!», una divinidad se mostraba ante sus ojos.

Debo decir que hasta yo me emocioné un poco. Me había tomado mi papel en serio y quise entrar en la onda, lo aplaudí. Por fin estaba llegando la hora de mi medicina. Al poco tiempo, caí en cuenta que ese personaje no era otro que el anunciadísimo Paramadviati Swami, la persona que estaba detrás de todo este movimiento. Ya entendía porque lo veneraban con tanto fervor.

Paramadviati Swami

A pesar de ser alemán de nacimiento, Paramadviati habla un español absolutamente fluido y se echó un discurso corto acerca del cuidado del agua, los humanos debemos ser los protectores de este “amor líquido de la madre naturaleza”, decía. Sonaba interesante, convincente, seguro de lo que decía, realmente parecía un tipo que llegaba sin ninguna pretensión. Aparte de compartir un mensaje, no había ningún tinte religioso en sus palabras.

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Acto seguido, sacó su charango y empezó su presentación, acompañado únicamente por un bajo y un mridanga (tambor que se utiliza en la India para acompañar la música religiosa). Cantaba mantras como “Hare Krishna” y “Yeima” y la conexión que creaba con su público era admirable. Yo también lo estaba sintiendo, esa música repetitiva me hacía sentir bien inexplicablemente bien.

El mridanga

Tras sólo dos canciones Paramadviati dejó el escenario, no sin antes explicarnos el valor que tiene la música en el día a día «Mi vida no sería lo mismo sin la música, todos deberíamos cantar todos los días, es un ejercicio muy fácil que nos acerca con la naturaleza y a nuestros hermanos», aseguró.

Ya venía el siguiente artista, «¿Serán otros Krishna?» pensaba, estaba entusiasmado, la promesa de sanación se estaba cumpliendo. Pero no, no fue así, después de Paramadviati pasaron L’amar y Kirtan Reggae, dos grupos que si bien venían con propuestas interesantes que pasaban por el rock, el reggae y la música andina, cambiaron el ambiente de música hindú con el que empezó el concierto.

El reggae también es muy espiritual, pero desde que ellos subieron, ya no fue lo mismo. La gente ya no estaba tan emocionada, seguían los gritos de «¡Ahó!», cuando se sentía un silencio en el teatro, pero se acabó el fervor. Esa palabra nos confundía a muchos. Una señora que estaba sentada al lado mío, y que también iba sola, me preguntó que significaba esa palabra, no supe qué responder.

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Pasaban las horas y yo sólo quería que volvieran los Hare Krishna. Ya me estaba aburriendo, la gente a mi alrededor tampoco parecía muy emocionada y el presentador tampoco ayudaba, entre artistas hacía cosas como pedir bullas y seguía fomentando los “ahó”.

Ya estaba perdiendo la fé en el asunto cuando un hombre de pelo largo y barba se subió al escenario y empezó a cantar a capella, otra vez el público explotó. Era Jesús Hidalgo, el cantante venezolano que organizó el evento. Iba vestido con una camisa indígena amarilla y cuando terminó esa corta intervención musical, nos dio su definición de "música medicina": «La música medicina es música con intención sanadora». Sin palabras.

Jesús Hidalgo

Continuó su presentación, pero ahora acompañado por un guitarrista. Uno de los asistentes cogió a su bebé en brazos y empezó a bailar con él por el pasillo que daba contra el escenario. Llegó al punto de subir al bebé al escenario y ponerlo al estilo Rey León, mientras Hidalgo le cantaba al Sol. El hombre estaba realmente metido en el asunto pero nadie le dijo nada, en cierta medida era parte del espectáculo. Aún no sé como interpretar la escena, que es entre hilarante, tierna y tétrica.

El teatro coreaba sus canciones y por un momento, todo fue amor nuevamente. Cuando acabó su repertorio, nos dijo que todo en la vida es medicina, hasta las cosas más dolorosas y la gente se conmovió bastante. La verdad, yo no tanto. Por su parte, las señoras que estaban a mi lado pusieron la misma canción que acababan de escuchar en vivo en su celular mientras decían palabras como hermoso, divino, príncipe.

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El concierto no era lo que yo esperaba pero al menos la gente parecía estar disfrutando, tal vez no era mi onda pero para otros parecía mejor que estar viendo a los Rolling Stones. La música se detuvo por unos minutos y algunos asistentes abandonaron el lugar, pensé que se había acabado el concierto pero el presentador nos dijo que aún faltaba. Y sí, lo complementó con un "¡Ahó!".

Después de un pequeño break, un veterano del rock nacional se tomó el escenario. Se trataba de Chucho Merchán, un músico bogotano de 62 años que ha trabajado con artistas de la talla de Pete Townshend (The Who), Jaguares, David Gilmour y hasta George Harrison. Al parecer, conoció al mítico guitarrista de The Beatles cuando trabajó con el productor inglés Thomas Dolby en Londres.

Chucho Merchán

No lo conocía pero el presentador hizo un pequeño recuento de su trayectoria, si no me iban a sanar al menos quería ver una buena presentación de rock. Tampoco fue así. Merchán apareció con una camiseta al mejor estilo de la camisa negra de Juanes con un mensaje que decía Liberación Animal.

Empezó a despotricar contra todos los que comemos carne y hasta nos tildó de «putos asesinos». Personalmente me parece bien lo que hacen los veganos, pero este señor me hizo querer irme del concierto, me sentí ofendido y descubrí que los vegetarianazis sí existen y estan entre nosotros.

Aun así me quedé aunque el tipo se portaba como un completo idiota. Escuché toda su presentación que incluía temas como "Vegano bacano" y "Liberación animal", buenos temas que venían acompañados por dibujos infantiles de animales y un video que se repitió hasta el cansancio en el que aparecía una vaca lamiéndole la cara.

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También tenían letras como «Si los animales hablaran, dirían que en este mundo no existe el amor, explotados por la humanidad, sin respeto se ha tratado el animal», todo bien con entrar en contacto con la Tierra y escucharla, pero me puse a reflexionar sobre quién nos dio derecho de poner palabras en los pensamientos de un animal, o a inferir que así piensan. Con perdón de los lectores, aquello suenamás a un discurso de un vegetariano radical con una necesidad absurda de legitimar lo que hace.

Para este punto, ya había perdido toda la relajación Krishna que había logrado al comienzo del concierto. El señor Merchán hasta se tomó el tiempo de lanzar arengas a favor de nuestro ex-alcalde Gustavo Petro y se jactaba de haber sido amigo de George Harrison para explicar su “profundísima” relación con los Hare Krishna.

Definitivamente, una presentación que rompió el ánimo del concierto, que si bien ya estaba bajo, se tornó incómodo. El público se dividió entre los que estaban a favor de sus ideales y los que solo fueron a ver música en vivo. Yo quería que se bajara del escenario.

A la mitad de su presentación, me paré de mi silla y estando algo indignado, me postré cerca a la salida del teatro. Ya estaba listo para irme pero todavía no era el momento, no me podía ir así, contrariado, tal vez los Hare Krishna volverían más adelante.

Y fue una buena decisión porque cuando el señor rockero vegano amigo de George Harrison terminó, empezó la fiesta con la música de Moyenei, que le pidió a la gente que se parara de sus asientos y bailaran. La mayoría del público obedeció y hasta el maestro Paramadviati se unió al jolgorio.

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No sé si me sentí sanado, tampoco olvidé mis problemas, pero ahora entiendo que ese no era el punto. Ahora creo que la música sanadora no es ningún remedio casero ni tampoco se puede encasillar en un género músical, simplemente se trata de una actitud. Se sentía comunión entre las personas y sin un trago encima, se hizo un ambiente muy bacano. Al cierre del evento Jesús Hidalgo, y por supuesto de Paramadviati Swami, le dijeron al público que éramos una familia y que estaban agradecidos por estar en Colombia.

De momento, se armó un tumulto de personas moviéndose como descontroladas en el pequeño espacio que había entre el escenario y la primera fila de sillas del teatro.

Parecía el momento perfecto para preguntarle a Paramadviati el significado de “Ahó” pero me sentía nervioso, él estaba en el centro de la fiesta y todo mundo quería hablar con él, era la estrella del show aunque no estuviera en el escenario. Me acerqué, accedió a darme una entrevista. Lo seguí por el pasillo que daba a la salida del teatro y un grupo de sus seguidores se fueron detrás nuestro, tomándonos fotos e intentando llamar su atención. Lo abrazaban y le agradecían por el concierto, él respondía muy amablemente, dejando a la gente encantada.

Cuando por fin llegamos, le hice la pregunta que tuve en mi mente toda la noche

- "¿Me podría explicar qué significa Ahó?" comencé.

- "Significa fortuna para todos, alegría, toda esta fiesta está bajo ese lema, una bendición para todos", respondió.

No hubo tiempo de hacer más preguntas.