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El productor de las giras de Led Zeppelin sigue siendo un rifado

Richard Cole fue manager de The Who en 1965 cuando ni siquiera tenía 20 años. También ha trabajado con Led Zeppelin, Eric Clapton y Black Sabbath.
30.6.14

Richard Cole (izquierda) con Jimmy Page y Robert Plant. Foto cortesía de Cole.

Estoy frente a una gasolinera Tesco, en el barrio londinense de Notting Hill, esperando a que llegue el mítico mánager de Led Zeppelin y The Who, Richard Cole. Aparece a las 18:00 en punto, con la puntualidad que caracteriza a los que se dedican a esta noble profesión. Entramos en la ferretería del barrio y con una intensidad que parece inquebrantable, se dirige al encargado: “Parece que mis tijeras no cortan bien”. Con golpe seco, deja las tijeras envueltas en cinta adhesiva sobre el mostrador. A pesar de que no guarda el recibo y sólo se acuerda vagamente de haberlas comprado en noviembre, el dependiente no duda en ofrecerle unas nuevas.

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Todo ocurre tan rápido que al principio pienso que realmente las estaba robando. Me grita para que me de prisa mientras sale a la calle como una exhalación, con sus mocasines de terciopelo carmesí. Cole nunca está quieto.

Richard Cole creció en el Londres de la posguerra y —como muchos otros niños de su época— se enamoró del rock’n’roll, un género que a mediados de la década de 1950 había empezado a pegar al otro lado del Atlántico.

En 1961, a la edad de 15 años, dejó la escuela y empezó a trabajar como montador de andamios en el norte de Londres. Fue entonces cuando entró en contacto con la escena mod londinense. “Éramos los primeros y los mejores. Mis amigos y yo eramos los auténticos mods”, me cuenta Cole durante la cena, una vez que he logrado que se quede quieto un rato.

A finales de 1963, en la antesala de la Invasión Británica, Cole estaba fascinado por el panorama musical, la célebre discoteca Marquee y la movida nocturna del bar vecino The Ship. Fue precisamente ahí donde tuvo su primera revelación importante: “No había vaginas en el negocio de los andamios”.

Una noche vio a las bandas locales Herbie Goings y los Night Timers recoger el equipo tras un concierto y les preguntó si necesitaban un mánager.

“Los estuve acosando a muerte”, me cuenta Cole, “y les mentí diciendo que tenía mucha experiencia en el negocio. Pero lo más importante es que tenía permiso de conducir”. Cole consiguió el trabajo. Le había clavado los colmillos a la yugular del rock’n’roll y no la soltaría hasta 40 años más tarde.

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Después de probar su valor con los Night-Timers, y mientras buscaba trabajo en su próximo concierto, le ofrecieron el puesto de mánager de gira de dos grupos más: Mersey Beat y The Who. En lo que probablemente fuera el peor lapso de puntualidad de su vida, Cole aceptó el trabajo con Mersey Beat con unos días de retraso y el trabajo ya no estaba disponible, así que no le quedó otra que aceptar la gira de The Who. Era 1965 y Cole ni siquiera tenía 20 años.

Cole en octubre de 1965, llevando a los miembros de The Who por Londres.

Cole guarda muy buenos recuerdos de sus primeros días con The Who, viajando por la geografía del Reino Unido y tocando cinco conciertos a la semana. “No había nada en la Tierra como ellos. Ni siquiera hoy día existe nada igual, ni existirá. Lo tenían todo: su música, su estilo, su presencia… Eran unos chicos encantadores, y estar con Keith y John era no parar de reír”, recuerda, con la mirada perdida y una sonrisa traviesa. Fue la época dorada, antes de que irrumpieran las drogas duras. “Entonces solo había Dexamil y alcohol”.

Cole pasó un año con la banda, del que cabe destacar sus conciertos con los Beatles, los Rolling Stones y los Yardbirds en el NME Pop Festival. De hecho, Cole perdió el trabajo cuando le quitaron el permiso de conducir por exceso de velocidad cuando llevaba a los Who a una de sus tantas giras.

A raíz de un viaje a Estados Unidos con la New Vaudeville band en 1967, Cole se mudó a Nueva York y consiguió un trabajo como mánager de Vanilla Fudge en 1968, año que Cole considera el mejor de su vida. En la tierra prometida Cole conoció a las personas que más le gustaban: las groupies salvajes de Nueva York.

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“Esas chicas estaban locas, pero en el mejor sentido de la palabra”, me cuenta Cole. “¡Unas chicas fantásticas! Cuidaban a los chicos de todas las formas que te puedas imaginar. Sobre todo, los llevaban a los mejores sitios de la ciudad y les lavaban la ropa: me ahorraban el trabajo más aburrido, por lo que tenía tiempo para mí”.

Poco después de gestionar al Jeff Beck Group, Cole entró como mánager de la antigua banda de Beck, los Yardbirds, en su última gira. En 1968, tras el último concierto de los Yardbirds en la plataforma de un camión, Cole tuvo la fortuna de volver a encontrarse en el lugar adecuado en el momento oportuno, ya que la nueva banda de Page, Led Zeppelin, necesitaba alguien para sus giras.

Aunque oficialmente llevaba menos de cinco años en la escena musical, Cole pronto se dio cuenta del enorme potencial de la banda y supo que sería una de las más grandes del rock mundial. “Después de unos cuatro conciertos de esa primera gira, entre 1968 y 1969, me di cuenta de que Led Zeppelin eran una banda excepcional, unos músicos brillantes”.

Con una sucesión de álbumes exitosos, lo único que crecía más rápido que las multitudes de seguidores eran los excesos hedonistas del grupo y del propio Cole. Gran parte del caos y la locura que rodeaban a Led Zeppelin por aquel entonces se atribuían a Cole, acusación que él niega con indiferencia mientras pincha una albóndiga con el tenedor. “A mí me gusta decir que nunca me he metido en problemas, sino que más bien me encontraba metido en ellos. En ese entonces todo era muy espontáneo y sobre todo, mucho más divertido”.

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En 1973, los Led Zeppelin se habían convertido en auténticos dioses del rock, coincidiendo con la gira más exitosa —y controvertida— de su carrera, una gira que tiempo después inspiró vagamente la película Casi Famosos, de Cameron Crowe.

Después de su actuación en el Madison Square Garden de Nueva York, todo lo que se recaudó esa noche —unos 200 mil dólares— despareció de la caja fuerte del hotel. Cole fue el último que tuvo el dinero en sus manos y el único de tenía la llave de la caja.

Las sospechas no tardaron en cernirse sobre Cole, pero tanto la banda como la dirección lo respaldaron firmemente. A pesar de esto, la palabra de los Led Zeppelin no era suficiente para el FBI, que se presentó en el hotel y llamó a su puerta para interrogarlo. “Los recibí con una botella de Dom Pérignon y les ofrecí una copa, que por supuesto rechazaron”, recuerda Cole con una risotada. “Me hicieron someterme al detector de mentiras, prueba que superé, obviamente. Y eso fue todo. La verdad es que fueron muy amables, dadas las circunstancias. Acabamos demandando al hotel y nos devolvieron mucho más dinero del que robaron. Es curioso cómo funcionan las cosas”.

Cansado de alojarse en hoteles durante las giras, Cole pensó que sería buena idea alquilar un rancho —Dude Ranch— para la semana libre que tenía el grupo, aunque no llegaron a quedarse tanto tiempo. El propietario, recuerda Cole, los miró con cara de asco desde el primer momento. “Nos recibió en el porche, sentado junto a su vieja mujer y con una puta Biblia en el regazo. De inmediato supe que no íbamos a llevarnos muy bien”.

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Tras varios días de fiesta ininterrumpida y un goteo incesante de mujeres, se produjo una discusión entre los chicos y el propietario del rancho. La disputa alcanzó un clímax casi mortal cuando el dueño fue por su escopeta y apuntó con ella a Cole. “Se nos había acabado el rancho”.

Los chicos tomaron sus cosas, las metieron en los coches y se prepararon para escapar. Como se les acababa el tiempo y no querían pasar ni un minuto más ahí por si aparecía la policía, Cole atravesó las puertas cerradas del rancho con el coche y el resto del grupo pudo escaparse por la polvorienta carretera antes de que llegara el sheriff.

Con el aumento de la fama de Led Zeppelin durante los años 70 también llegaron las adicciones a la droga y el alcohol. Incluso Cole se vio atrapado entre las garras de los opiáceos. Una de las primeras advertencias, cuenta, llegó el 6 de septiembre de 1978.

Esa noche Keith Moon, de The Who, iba a asistir al preestreno de The Buddy Holly Story como invitado de Paul y Linda McCartney. Cole también asistió y después de la proyección se fueron a cenar. Cole subraya que, en esa época, Moon estaba dejando el alcohol y había pasado toda la velada sobrio. “La verdad es que fue una noche normal, muy agradable. Keith parecía estar bien. Yo me fui antes”.

A la mañana siguiente, a Cole le contaron que Keith Moon había tomado una sobredosis de pastillas de forma accidental y había muerto en el mismo piso en el que también falleció Mama Cass cuatro años antes. “Atónito no es la palabra”, asegura. “Aún hoy no tengo palabras. Mi pobre y buen amigo se había ido para siempre”.

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El mensaje estaba ahí, alto y claro, pero para Cole todavía no era legible. Durante la que acabó siendo la última gira de Led Zeppelin en 1980, Cole perdió el trabajo que más tiempo había mantenido en su vida. En un primer intento por dar un giro a su vida, se fue a Italia para ingresar en una clínica de desintoxicación, aunque las cosas no fueron como él previó. El grupo terrorista italiano de extrema izquierda Brigadas Rojas bombardeó la estación de tren y Cole fue arrestado por ser inexplicablemente confundido con un miembro del grupo.

“Llevaba poco en Italia, pero ya estaba moreno y tenía mucha barba, así que encajaba con la descripción”. Pasó los seis meses siguientes en una prisión italiana, así que decidió sacar el mejor partido de su estancia ahí, como buen londinense de clase obrera. “La comida estaba buenísima. Incluso podía hacer un pedido especial para que me pusieran cordero asado y papas al horno, porque tenía dinero”.

En la cárcel, Cole recibió noticias del exterior: su amigo John Bonham había muerto por un coma etílico. “Todo fue más doloroso porque estaba encerrado en la cárcel… No podía hacer nada. Sólo quedarme ahí y asumirlo de la mejor forma posible. Era extraño, porque siempre pensé que si alguno de ellos tenía que morir, sería Page. Era muy delgado y de aspecto enfermizo, y también estaba luchando contra sus demonios”. Para colmo de males, Cole se enteró de que su casa se había inundado y que en la catástrofe había perdido muchos objetos de gran valor, como toda su colección de discos, compuesta por unos dos mil 500 vinilos. “Ahora no tengo ningún disco, ni nada con qué reproducirlos. ¿De qué sirve?”

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Después de su liberación, Cole regresó a Inglaterra, donde retomó sus adicciones a la droga y el alcohol. Hundido en la miseria y sin dinero, volvió a buscarse un trabajo como montador de andamios, veinte años después de haberlo dejado para entregarse al rock’n’roll. Pero a pesar de tener un trabajo decente, su vida no se enderezó. “Seguía drogándome y bebiendo. Estaba más arriba de lo que alcanzaba a estar con el andamio”.

Le señalo lo irónico que resulta el arco que ha descrito su vida. Cole rechaza la idea. “Podría haberlo sido si hubiera muerto ahí, pero no estaba muerto todavía. No había acabado de vivir”.

A finales de 1985, Cole se tomó su último trago en un pub. “No había bebido ni media pinta cuando oí una voz que me decía, ‘bueno, Richard, ya está bien, ¿no?’” Dejó el vaso en la barra y desde entonces no ha vuelto a probar el alcohol.

El Richard Cole actual. Foto por el autor.

El rock’n’roll volvió a llamar a su puerta en 1986. Black Sabbath necesitaba un mánager. “Me preguntaron si quería ir de gira y si podía ayudarlos. Les dije que sí". Cole señala que Tony Iommi era el único miembro original de Black Sabbath que quedaba y que no les iba tan bien como antes. “Son una piche bandota. Unos putos cracks. Eezer, Tony y Bill eran unas máquinas, pero debo reconocer que su éxito también se debe a Ozzy. Era un genio. En aquella época Sabbath no ganaba mucho dinero. Ozzy se estaba forrando de billetes. Cuando se juntaron es cuando empezaron a hacer fortuna”. Llegó la década de 1990 con las giras con Ozzy Osbourne, Eric Clapton y Lita Ford, y Cole se mudó a Lo Ángeles.

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Quizá con la esperanza de saldar cuentas con los fantasmas del pasado, Cole se sacó un permiso para proporcionar asesoramiento a alcohólicos y adictos a las drogas. Actualmente, Cole hace alguna que otra gira esporádica, como las de Fu Manchu, los Gipsy Kings o Crazy Town. Se queda un tanto sorprendido cuando le digo que los Crazy Town para mí son una de las peores bandas de la historia de la música. “El trabajo es el trabajo”, me dice, encogiéndose de hombros.

Ante la mención de John Entwistle, bajista de The Who y amigo de la infancia de Cole, su mirada se nubla de tristeza, antes incluso de que pueda preguntarle si le sorprendió enterarse del ataque al corazón que sufrió en 2002 a causa de la cocaína. “Siempre te sorprende”, asegura. Por un momento se le llenan los ojos de lágrimas y desvía la mirada hacia el techo. “Era un tipo encantador, el viejo Ox. Lo conocía desde que tenía 18 años. En esos tiempos todos vivíamos con nuestras madres. Íbamos a buscar al otro a su casa y la pasábamos muy bien. No abundan los amigos así. Los hecho muchísimo de menos”.

Con 70 años, tres stents en el pecho y 50 años de recuerdos, a Cole no le queda mucho tiempo para preocuparse por la música de hoy. “Las bandas actuales son todas de gente que ha ido a la universidad, niños ricos y mimados que parecen hacerlo sólo por el dinero y no porque les gusta. En mi época, lo hacíamos porque nos gustaba de verdad. ¡No había dinero! Joder, ¡Bonzo era obrero cuando Led Zeppelin empezó! Incluso tenía dudas de si debía dejar el trabajo para dedicarse a la banda. ¿Qué nos dice eso de los músicos de hoy en día? Antes el que estaba en el negocio lo sabía absolutamente todo. Se partían la madre hasta conseguir un álbum genial”.

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A pesar de llevar una vida bastante tranquila, se las arregla para ver a sus viejos amigos —una semana antes había estado con Robert Plant y hace unos meses habló con Jimmy Page sobre los toques finales de las reediciones de Led Zeppelin. Incluso me cuenta emocionado que al día siguiente había quedado con Steven Tyler. Luego hablamos sobre la última gira de los Rolling Stones. A esas alturas el restaurante está hasta la madre de gente y el ruido ambiental es tal que casi tenemos que gritarnos para conversar. Cole tiene otra cita, así que nos despedimos. Me pregunta si hay algo más que me gustaría saber. No quiero que se acabe esta conversación. Con ese pelo canoso, peinado hacia atrás, su barba arreglada y los pantalones color caqui me recuerda a mi padre. Le miento y le digo que ya tengo suficiente.

Nos damos un apretón de manos y noto su afable energía. Con una amplia sonrisa, se despide. “Bueno, John, ha sido un placer conocerte. Estamos en contacto”. Para cuando acaba de decir esto está ya a unos tres metros de distancia y sus mocasines de terciopelo carmesí avanzan a paso ligero hacia la calle.

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