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Black metal en Madagascar

Así es como un genero que nació en países nórdicos se nutre de otras culturas.

Todas las fotos por Arnaud de Grave

Este artículo apareció originalmente en Vice.com

Siempre hay una escena de metal, aquí y en Madagascar. Mi interés por el metal me hace estudiar los pósters con logos extraños y comprar discos locales que encuentro cuando viajo al extranjero. Hace unos años tenía un programa de radio donde compartía mis descubrimientos provenientes de los lugares más incongruentes, como el death metal filipino o el black metal letón, para despertar la curiosidad de los radioescuchas. Lo que más me interesa es tratar de entender cómo un género que nació en los países nórdicos llegó a las regiones tropicales, cómo se mezclan las culturas y cómo se nutren los géneros musicales.

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Cuando fui a trabajar a Madagascar, conocí a un periodista que la revista malgache No-Comment, que también era fan del metal. Él me contó que iba a haber un concierto/festival en Antananarivo en una pequeña sala de conciertos. En el evento se iban a presentar cinco bandas locales: Sharks, Golgotha, KR 78, Soradra y Zanakadala. Las bandas se reunieron en una sala sin sistema de iluminación, con cortinas de flores y un personal de seguridad con suéteres de abuelito.

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En términos fotográficos, el público metalero siempre es muy interesante por su gusto por lo visual. Según todos mis años de experiencia, mientras más "duro" sea el público metalero, más amigable y gentil son todos sus integrantes. Es algo que me encanta, esa dicotomía entre la supuesta agresividad de la música en contraste con la gentileza de la gente que forma parte del género, ya sean las bandas o los fans.

En mi opinión, los gustos de los metaleros malgachos son similares a los de los habitantes de los países que se encuentran debajo de Norteamérica y Europa. Monstruos como Iron Maiden y los Big Four (Metallica, Slayer, Megadeth y Anthrax), entre otros, son los que participan en la batalla por la hegemonía de las playeras. Sin embargo, después de platicar un poco con la gente —en especial con los músicos—, es evidente el impacto que ha tenido la ubicuidad de internet ahora que prácticamente todo el mundo tiene acceso a todo tipo de grupos. La variedad de influencias ha tenido un aumento exponencial. Me gusta mucho hablar de eso con gente que vivió o que todavía vive las cosas que conocí en mi juventud, como intercambiar discos y casettes, o los fanzines como Xerox, que te llegaban por correo, etcétera.

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Lo que vi en el festival era relativamente estándar: la tendencia sinfónica del black metal o el thrash clásico para garantizar que hubiera mosh-pit, ente otras cosas. Al salir, uno de los miembros de una banda de black metal me habló sobre las creencias ocultas locales, me explicó que eran similares a las creencias escandinavas y dijo que el cristianismo era una "porquería". Debo aclarar que todo fue por una pregunta provocadora de mi parte sobre el debate de norte-sur/calor-frío en la historia del black metal y el paganismo versus el anticristianismo inherente en ciertos sectores del género.

A pesar de que son pocos los fans del metal en Antananarivo, no tienen una actitud arrogante por lo mismo. En mi experiencia, la cultura malgache es bastante tolerante, aún cuando sigue siendo muy religioso y la homosexualidad no ha dejado de ser un tabú. No noté un interés particular cuando la gente pasaba al lado de los fans reunidos afuera del recinto con playeras negras y calaveras en su ropa. Es evidente que el metal se considera como un género musical para los jóvenes resentidos, aunque eso no es sólo en Madagascar, es una cuestión generacional.

Texto por Julie Le Baron. Para más información de Arnaud, visita la página de su asociación, Bop.

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