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Nixon, drogas y rocanrol. Primera parte: Elvis Presley

El Rey se subió a un avión comercial por primera vez en su vida para convertirse en la primera estrella del gobierno estadounidense en sumarse a la guerra en contra de las drogas. El Rey, un adictazo.
22.4.14

El National Security Archive de los Estados Unidos contiene más de nueve millones de fotografías. Existe una en particular que ha sido la más solicitada en su historia. En ella aparecen el ex presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, estrechando la mano de El Rey, quien, se dice, en ese momento estaba pachequísimo, y no lo dudo, yo les creo, pero ahí va mi versión/reconstrucción de los hechos.

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Elvis Presley, el Rey, se sube a un vuelo comercial de American Airlines desde Memphis con dirección a Washington DC. Es la primera vez que toma un vuelo comercial en su vida. ¿La razón? Su papá y su esposa lo tienen hasta la madre. Se quejaron mucho después de que gastó cerca de 150 mil dólares en autos Mercedez-Benz y armas en la Navidad. Elvis no está para berrinches, está cansado y necesita aires nuevos, despejar su mente. Se dirige al baño del avión y se echa un par de sus pastillas, tal vez varios más. Regresa a su asiento y por qué no, tiene una epifanía: se ve a sí mismo como el Salvador de su país. Toma unas hojas de papel pertenecientes a la aerolínea estadounidense y comienza a redactar una carta de “seis páginas” dirigida a su presidente, Nixon, explicándole precisamente cómo puede salvar a su país de los hippies drogadictos, los Black Panthers y los malditos estudiantes revoltosos.

Su argumento fue que, siendo figura pública y bien vista por esos movimientos, podría tener una influencia más directa que la que el gobierno tenía. Lo único que necesitaba para ello era un nombramiento oficial y una insignia o placa que lo convirtiera en un agente antidrogas del gobierno. Ahora, si lo pensamos un poco, ésta podría tratarse de una petición contradictoria. Precisamente el obtener el nombramiento le eliminaría su carácter “independiente” y “cool”. Aquí ya hay una sospecha. Pero en fin, eso es lo que le pidió a Nixon en esa carta de seis hojas de un cuadernito de American Airlines que en realidad, al transcribirla, es de apenas unos tres párrafos y no más de media página tamaño carta. Qué huevotes tuvo… ¿Enviarle una carta al presidente de tu país escrita en unas viles hojas de American Airlines? ¿O será que Presley era más importante que Nixon? ¿Será que Elvis estaba realmente consciente de lo que estaba haciendo en ese momento? ¿Tan valeverga era o simplemente estaba muy hasta el pito? Cualquiera que haya sido el caso, en la mañana, cerca de las 8:30, dejó dicho texto en uno de los buzones de la Casa Blanca.

Elvis, desesperado y sin duda muy ansioso, decidió ir por su cuenta a las oficinas del entonces Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs a hablar con el director John Finlator para emitir su placa de agente. Segunda sospecha. Obviamente fue rechazado, pero para ese entonces, la Casa Blanca ya se había comunicado al Hotel donde dijo estar hospedándose. Tenía que estar a las 10 de la mañana para hablar con el presidente.

Eran las 10:10 de ese mismo día y Elvis ya estaba en la Casa Blanca. Sí, hasta el pito. “Amo a mi país y me preocupo mucho por mi familia y mis amigos”, dijo Elvis a Egil Krogh, el principal consejero antidrogas de Nixon. “Me gustaría hacer lo que pueda para ayudar”, concluyó el músico. Logró introducir una Colt de 45 milímetros a la Casa Blanca. Se la regaló al presidente, quien ya lo esperaba en la famosa Oficina Oval.

“Mucho gusto conocerlo en persona, señor Presley. Agradezco su interés para ayudarnos con aquellito de la droga”, o algo así dijo Nixon. Elvis no respondió porque no podía dejar de sonreír. Ahora no sé qué había tomado; definitivamente era algo más fuerte que la mota. Krogh sintió que debía decir algo, el silencio se hizo incomodísimo: “Eh, el señor Presley podría ayudarnos a mantener a nuestros jóvenes lejos de las drogas a través de su música”. Elvis, con la sonrisa ya más trabada que nada por fin habló: “Déjeme enseñarle unas fotos de mi familia y mis medallas y placas del ejército”. Tercera sospecha y vamos, el cabrón no podía estar más hasta el huevo. Nixon probablemente dijo “Ah ira, qué bonito”, y sin ocurrírsele nada más, le pidió al fotógrafo Ollie Atkins que les tomara unas fotos para nunca olvidar el momento. Así daba inicio una bella y no tan duradera amistad (porque, bueno, Elvis moriría relativamente poco después).

Mientras que Presley estaba en su pedo sin realmente tener mucha idea de qué chingados estaba haciendo en la Casa Blanca, Nixon y Krogh tenían muy claro lo que pasaba y lo que pasaría, aunque es un poco difícil de entrever. Me explico. Políticamente les convenía tener a la figura de Elvis de su lado para subir la popularidad republicana en los jóvenes, quienes, para las siguientes elecciones de 1972, podrían votar a partir de los 18 años. Sin embargo, tanto Krogh como Nixon fueron muy enfáticos con Elvis al decirle en repetidas ocasiones que “por favor no comentara con nadie la reunión que habían tenido”. Esto nos puede hacer pensar que en realidad estaban interesados en la saludo de la juventud estadounidense, pues si hubiesen hecho público el encuentro, la chaviza pudo haber desconfiado de Elvis y perder credibilidad e influencia en ellos por “vendido”.

A final de cuentas, ambos políticos pidieron que no hablara de dicha reunión. El Rey, ignorando aquello y más bien preocupándose por otra cosa, fue directo al grano. De esta manera, comprobó todas nuestras sospechas (las mías, pues): el cabrón sólo quería su placa… ¡El cabrón nomás quería el objeto; lo necesitaba para incluirlo en su colección! Preguntó: “Señor presidente, ¿me podría dar una placa del Buró de Narcóticos? He estado intentando sacar una para añadirla a mi colección”. Un gesto muy tragicómico, me parece. Nixon, confundido, pidió a Krogh que por favor le mandara a hacer una placa cuanto antes para satisfacer al cantante. Así, unas horas más tarde, cerca de la una con cinco minutos, el presidente se despidió del músico. A las dos de ese mismo día, es decir, una hora después, Presley ya tenía la mentada placa de la que difícilmente se separaría en el resto de su vida (unos siete años más).

Cerca de un año después, en 1971, Nixon comenzaría la famosa guerra antidrogas que ha permanecido hasta ahora. Ahora sí, darían a conocer la famosa reunión que había sucedido 13 meses atrás entre ambos curiosos personajes. El escándalo de Watergate retiraría a Nixon del puesto presidencial en 1974 y las drogas acabarían matando a Presley en 1977.

Bien, por un lado tenemos la contradicción de Nixon: ¿contratar a un adictazo para combatir a las drogas? En esta ocasión no aplica el apagar el fuego con fuego. Esto, en todo caso, nos permite afirmar que efectivamente fue una movida política: un imán para los jóvenes votantes que irían a las urnas en 1972. Tal vez funcionó… fue a final de cuentas reelegido. Sin embargo, lo que es un hecho es que Elvis nunca se convirtió en un agente antidrogas del gobierno. Ni siquiera, o no se sabe, participó en encuentros con jóvenes estadounidenses… Por el otro lado tenemos a un wey que, tras más de diez años de abuso de drogas, había perdido, a mi parecer, casi toda relación con el mundo que lo rodeaba. Es cómico y a la vez triste que Elvis solamente quería su placa para incrementar su colección. Dudo mucho que realmente haya querido combatir a las drogas, por más que haya sido su motto durante casi toda su vida.