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Loco, triste y viejo: diez cantantes para acabar de morirse

Uno de los elementos más arraigados en la cultura nacional es el sufrimiento.
31.7.14

Aunque malgastes, el tiempo sin mi cariño y aunque no quieras, este amor que yo te ofrezco. Y aunque no quieras, pronunciar mi humilde nombre, de cualquier modo, yo te seguiré queriendo.

"La Diferencia", Juan Gabriel.

Uno de los elementos más arraigados en la cultura nacional es el sufrimiento. Nuestra herencia judeocristiana y prominentemente guadalupana nos marca el canon de que venimos a este mundo a sufrir, antes de cualquier otra cosa. El goce parece ser un lujo que sólo se pueden dar las clases acomodadas.

Sin embargo, y amén de caer en el horroroso y abigarrado camino que emprendió Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, el mexicano sabe sacar a flote esa desgracia, de todo tipo, pero que se resume en una cosa que es su realidad del día a día: su pobreza financiera, su imposibilidad amorosa o su limitada comprensión del mundo que le rodea. Parte de eso son sus cantantes vernáculos.

Cantautores, letristas, rancheros, baladistas o simples intérpretes pop, los cantantes mexicanos populares llegan a la cumbre, regularmente, por méritos y piezas asociadas al sufrimiento y la tristeza, decantadas en canciones inolvidables y deliciosamente dolorosas, y que en cuanto a la apología del dolor no tienen nada que pedirle a los Morrissey, a los Cocker o a los Sinatra de otras latitdes.

Si hablamos de un antecedente claro del cual partir, en cuanto al refinamiento de la canción dolorosa se refiere, tendríamos que escupir (con sangre) el nombre del “Flaco de oro”, don Agustín Lara, quien abrevó de la canción italiana y del México enamorado de saquito de los cuarenta y los cincuenta, y que si bien era más romántico y luminoso ya abrevaba un dolor profundo que lo emparentaba con sus escuchas potenciales. Esa identificación del dolor ha sido un brazo de camarada que amaina la soledad y mitiga (muy temporalmente) ese quemarse por dentro, como canta en “Lamento Jarocho”: Canto a la raza, raza jarocha, raza de bronce, que el sol quemó. A los que sufren, a los que lloran. A los que esperan, les canto yo.

Posteriormente, el dramatismo de Pedro Vargas o “El rey del bolero ranchero”, Javier Solís, quienes interpretaban rolas del maestro Lara, lograron prender la mecha a una tradición que muchas veces ha sido desconocida por cantantes mexicanos de poca monta, artistoides de la televisión que se hacen populares a base de canción ajena o fofa (sanguijuelas, sabandijas), o incluso los mismos grupos de rock mexicano.

Para quienes vean en la siguiente selección sólo a tipos nefastos ahogados en alcohol, o aferrados a sentirse mal por deporte, valdría recomendarles echarle un oído más detenido a las letras de los aquí presentes. La poesía, el sentimiento profundo y la desolación no son poca cosa; no sólo se trata de la música, su simbolismo o su lectura intelectualizada. Es pura pinche lágrima, lo demás: “sombras nada más”.

1.- Juan Gabriel. Alberto Aguilera Valadez es el lugar común, la obviedad. Sin embargo su figura y posición se apoyan en su genialidad como cantante y compositor. México no ha tenido un histrión de este calibre y se vislumbra difícil olvidar las líneas de sus letras, plagadas de decepción amorosa, pero sobre todo, y a mí ver, el tema que más pega de Juan Gabriel es el abandono, como canta en “Ojos tristes”: Ojos, que te dieron tanto, que no han vuelto a verte, hasta el sol de hoy. Tristes, de tanto extrañarte, de tanto esperarte, desde aquel adiós. Mis ojos tristes, que al no saber de tu vida, así los castigas, con la soledad. Juanga es el amo y maestro absoluto del azote de corazón. La mamarrachería imitadora de los amaneramientos y las caídas del escenario viven en Youtube y en el interludio de las fiestas de salón. Esto es serio.

2.- Cuco Sánchez.Sí, quizás Juan Gabriel es la gran estrella mexicana, pero esto se trata del dolor, y del que más pinche cala. El tamaulipeco José del Refugio Sánchez Saldaña, don Cuco, cantó desgarradoramente como ninguno. Sus apariciones en las infamias telenoveleras de Thalía fueron una canallada para una de las voces más subvaluadas del cancionero mexicano. ¿Cuáles? Las que quieran: “Lloren guitarras”, “La piedra de cama” que está tatuada finamente diciendo México, “Arrieros somos” que da nombre a esta columna o “Grítenme piedras del campo”. No dan ganas de levantarse después de esto, que algunos han tendido en llamar el “original blues mexicano”.

3.- José José.El Príncipe es y será el príncipe. Así, en letras doradas por los siglos de los siglos. Otra obviedad vestida de dandy, otro lugar común y otra verdad que nos estalla en el alma como paloma de cinco varos. Bien lo ha dicho el maestro Jaime Almeida: “las canciones de José José se resumen en una sola cosa: me ha ido mal”. Aunque tal aseveración no es del todo certera dadas las canciones románticas que tiene en su repertorio don Pepe, la mala racha y el desamor acapararon el cosmos de José José, dentro y fuera de los discos y las películas. El cliché de tio borracho con cuba “pintadita” nunca volvería a ser el mismo. Pero sus letras calan y eso “me basta”. Ah, ¿no?: Porque el sentimiento es humo, y ceniza la palabra, ¡El amor acaba! Porque el corazón de darse llega, un día que se parte, ¡El amor acaba!

4.- Marco Antonio Solís “El Buki”. Marco es más festivo y más contundente hoy en día, quizás, como productor. Pero sus piezas dolidas son cosa seria y ameritan un par de latigazos en la espalda. Un grande que ha pasado como de perfil discreto y lamentable, aunque muchos de los cantantes de esta lista llegan a pisar ese terreno de perderse o ser una caricatura de sí mismos. Las canciones de Solís a las que hay que ponerle más atención son a las de su primera etapa con Los Bukis, esa en donde sonaban más a los Pasteles Verdes y a Los Ángeles Negros que a un despitorre meloso a caballito cargado de teclados “modernos”: Presiento que voy a llorar al partir, pues pronto tendré que alejarme de ti, quisiera detener el tiempo cuando te contempló muy cerca de mí. No es un lamento góspel, no es un dolor festivo, sólo es un tipo que cantaba feísimo y con eso generó un estilo y una forma de sufrir, sí más festiva y hasta burda en algunas piezas, pero también viene del desgarro.

5.- José Alfredo Jiménez. Otro grande compositor, aunque con un romanticismo más de ensueño y un cliché de charro muy recurrente. Sin embargo, José Alfredo Jiménez tiene algunas piezas que calan y matan. El apadrinado de Aceves Mejía es reconocido por su estilo de cantar muy ranchero, dolido y arrojado, con la boca bien abierta, casi gritado.

6.- Cornelio Reyna. Uno de los norteños más adoloridos y queridos del pueblo, aunque sea sólo por un sector muy específico: el de los mojados. Otro de los cantantes que poco a poco han sido casi olvidados por “el gran público”, Reyna “se cayó de la nube que andaba” y la derrota de cualquier tipo fue su destino. Pero su voz petrifica y nos deshace. Un titán, un verdadero ídolo del pueblo y su dolor: Por tener la miel amarga de tus besos, hoy se tiene que arrastrar mi dignidad, por piedad, por compasión, no me desprecies, me voy ya sin tu amor: no me abandones.

7.- Chalino Sánchez. El orgullo de Culiacán, un cantante que no provocó tanto eco en DF y que se le asocia hoy en día como uno de los pilares de lo que hoy se conoce como Movimiento Alterado. Su voz aguardientosa y aguda le imprimían un dolor muy particular a sus canciones, derivadas de un drama personal muy violento y descarnado. Descanse en paz el gran Rosalino Sánchez Félix. Ahí te mando esta carta de luto, pa’ decirte lo mucho que siento. Es tan grande el amor que te tengo, que ya siento mi corazón muerto.

8.- Vicente Fernández. El charro de Huentitán es otro lugar común y necesario pero no tan contundente como creador, aunque sí muy potente en algunas canciones, que dan al traste con el cliché de charro más ramplón y etílico al estilo Garibaldi. Sin embargo omitirlo sería una falta, Chente, hasta cuando canta enamorado y chillón “Yo quiero ser” se siente el papel y el sentimentalismo, tal vez un poco exagerado pero no menos válido. El dolor tiene muchos caminos que en Fernández quizás hagan tope con su machismo y sus símbolos nacionales desgastados, pero las que duelen, sí lo logran con calor. Todos hemos respirado por la herida alguna vez.

9.- Víctor Yturbe, “El Pirulí". Más un intérprete que compositor, El Pirulí es de esos cantantes queridos que no logró trascender su momento, de media tabla, quizás injustamente dado el final trágico que tuvo, cuando en 1987 fue asesinado a balazos por dos tipos en Atizapán de Zaragoza. Iturbe tenía el acompañamiento recurrente del “Primer requinto de América”, don Chamín Correa, y si bien muchas de sus piezas fueron joviales, nobles y bonachonas y hasta románticas (él es el autor de “Felicidad”), las que cantaba en torno a las decepciones y enredos amorosos le salían fenomenales. El dolor también podía ser elegante, y El Pirulí lo logró muy bien. Alguna vez una persona de edad avanzada me encontró cantando “Yo lo comprendo” (la que dice “te fallé como amante”), y aseguró que ese era el estado ideal de un hombre y no otro. Porque todo en la vida, aunque sé que lastima, lo que empieza termina, y no tengo derecho de engrillarte a mi lecho, aunque sangre mi herida.

10.- Joan Sebastian. Hay algo que me parece sobrevaloradísimo en José Manuel Figueroa, ese reconocimiento como “poeta del pueblo” me parece excesivo. Joan está entre los grandes, sin embargo percibo que se engolosinó con el éxito y la creencia de que era buen compositor. Si tan sólo se hubiera retirado a tiempo, no haber actuado en novelas o no haber salido en videos con ex Black Eyed Peas, quizás sí, otro gallo nos cantaría. Pero no, esto no es el hubiera y hay que reconocer que Joan Sebastian tiene muchas infamias sonoras en su catálogo, más de las que quisiéramos recordar. “Tatuajes” es estimada como una de sus grandes y se pasan de largo perlas de su época country pop bastante poderosas, con una vibra muy en la vena de Johnny Cash (con vena eclesiástica incluida), y sí, muy adoloridas como ningún otro. Más que el dolor genial de sus mejores temas… ¡nos dueles Joan!

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