“(…) perreo, perreo, agachate, préstame la tanga, te quito la tanga, te doy por el piso, te azoto contra el muro (…)”
- DJ Chango, Poeta
Cuando el brote del virus del Ébola tomó fuerza en Liberia, la gente no creía que las consecuencias fueran reales y más bien estaban en un plan de “esto no me va a pasar a mí”. Las campañas sanitarias no eran suficientes para combatir la desinformación, y los músicos tomaron la iniciativa de transmitirle a la gente las medidas de prevensión del riesgo de contraer el virus a través de la música. Ésta no fue la primera vez que se usó esa excelente estrategia para hacer llegar a la gente mensajes importantes, y en este caso la operación fue un éxito. Pero existen otros en los que no se lograron tanto los objetivos.
En verano de 2013, una compañía de seguros lanzó un intento de campaña viral para concientizar a la gente sobre la desnutrición y la obesidad infantil (no para que la gente comprara sus seguros de cobertura dudosa, ni nada de eso). Y aunque había cierta relación coherente entre el baile y la salud (y los seguros), la campaña fue ampliamente criticada por la falta de sensibilidad y sentido del ridículo, además del abuso del reggaetón como carnada para llamar la atención del sector joven de la población. El experimento quedó en un buen ejercicio de marketing digital un poco desastroso, y la cosa no pasó a mayores.
Un caso parecido se presenta ahora, para erradicar la epidemia analfabeta de los jóvenes perreadores. Los índices de lectura en México están por los suelos. Alguien tenía que hacer algo. Para tranquilidad de todo el mundo, un genio del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM (IIFL) tuvo la idea de combatir este virus pandémico también con reggaetón. Entonces lanzaron esta campaña:
A grandes rasgos, la estrategia es buena, ¿no? Está probada por la disminución de los índices de contagio de Ébola en Liberia, por lo menos. Pero dado el caso empiezan a surgir dudas insignificantes como: ¿qué chingados les pasa?
El ejercicio está divertido. Adaptar un fragmento de un libro a una canción de reggaetón puede ser un buen experimento para fomentar la creatividad literaria en la escritura de Pitbull. A grandes rasgos, la estrategia es buena, ¿no? Está probada por la disminución de los índices de contagio de Ébola en Liberia, por lo menos. Pero dado el caso empiezan a surgir dudas insignificantes como: ¿qué chingados les pasa?

“Todo lo que venga con el reggaetón es bueno”, dice una chica afuera de un perreo en El Queso, justo después de haber recibido unas nalgadas con el coxis y un libro de referencia. Luego de una tardecita de reggaetón y carrusel (una práctica en la que las chicas se ponen a disposición perreadora en circulo y los chicos van rotando de par de nalgas con la regla del que se venga primero pierde) en una bodega, el maestro reggaetonero les reparte el libro ahí mismo y pretende que ¿se pongan a hojearlo?
¿Qué relación hay entre un baile preadolescente sobresexualizado y la lectura? Ninguna, maestros de la UNAM, o a quien corresponda. El reggaetón puede tener un vínculo con literatura. Es cierto. Un poco pretencioso, pero cierto. Y el perreo, está relacionado con el reggaetón. Cierto también. Pero muy difícilmente hay una conexión posible entre el dryhumping y el hábito de la lectura. Es como si hicieran una campaña para promover la lectura de escusado: “Aunque sean cinco minutos, pero que lean” o “Aunque sea la parte de atrás del cereal, pero que lean.” Eso no sirve de nada. Lo pueden deducir de la campaña contra la obesidad de los seguros. Tal vez llena pero no alimenta. En todo caso, están promoviendo la desnutrición cerebral.
Además la epidemia de la no-lectura es una fantasía apocalíptica que agarraron de pretexto para justificar los resultados deplorables de la educación en este país. En realidad, la gente ahora puede leer mucho más rápido y de manera distinta. La disposición de la información ahora tiene más que ver con la imagen que con el texto. Eso no está ni bien ni mal. Sólo es distinto. Si la tendencia es dejar de leer libros y ver más películas o jugar más videojuegos no es porque la gente que nació después de 1980 sea estúpida. Tal vez sólo sea un indicativo de que las nuevas generaciones tienen otro tipo de lenguaje, y habrá que desarrollar mecanismos para poder transmitir la información de manera efectiva de acuerdo con las nuevas formas. Casi le dan al clavo, pero siempre nos quedamos en un “casi”.
Cuéntale a Raquel qué libro estás perreando en Twitter: @salvenseustedes