“Si no nos mata una peste, nos vamo' a morir de viejos": Cuarenta años del primer disco de Diomedes

"Herencia Vallenata", el álbum que marcó el antes y después del género más popular de Colombia.
5.5.16

Voy a desentrañar el asunto. En 1975 Diomedes tenía dieciocho años. Había crecido en el campo cerca a la población de La Junta, en La Guajira, cuidando chivos, tejiendo mochilas y vendiendo fritos para ayudar al sostén de su familia. Era el mayor de diez hermanos. Me lo imagino como un personaje curioso, de esos que llaman la atención no por ser un dechado de virtudes sino por ser un bulto de defectos. Flaco, desgualamido, tuerto y desdentado. El tipo había perdido un ojo unos años atrás a raíz de una pedrada que recibió en la cara. Parchando con sus amigos, se encontraron un palo e’ mango que estaba llenito de frutos y cada uno quiso conseguir el suyo. Los unos optaron por utilizar palos para bajar los mangos, los otros piedras. Diomedes decidió subirse al árbol para conseguir un racimo entero de una sola vez. Estando encaramado en el palo, uno de sus amigos tuvo la buena puntería de atinarle directico en el ojo.

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Diomedes se había mudado a Valledupar hacía poco, buscando enrolarse de lleno en el ambiente musical vallenato y con la firme intención de ganarse un nombre como cantante, aunque al principio se dio a conocer como compositor. La primera canción que le grabaron se llama “La negra”, en la voz de Jorge Quiroz y el acordeón de Luciano Poveda. Convencido de que él mismo debía promocionarse, logró conseguir un trabajo como mensajero en Radio Guatapurí con el objetivo de lagartear un poco a ver si le programaban su canción.

Luego fue Rafael Orozco, futuro fundador del Binomio de Oro, quien lo ayudó a dar el siguiente paso. Acompañado de Emilio Oviedo en el acordeón, le grabó “Cariñito de mi vida”. Diomedes y Rafael se habían conocido en el Colegio Nacional Loperena en unas competencias de canto y, el futuro cacique, le había mostrado a su nuevo amigo algunas de sus composiciones, entre ellas dos que llaman la atención: “26 de mayo”, grabada por él en su último disco con Juancho Rois en 1994 -y gracias a la cual todos sus fans tenemos en la mente la fecha de su cumpleaños-; y “Cariñito de mi vida”, canción que Rafael convirtió en una de sus preferidas para interpretar en las parrandas y que, pocos meses después, llevó a las cintas de grabación cuando tuvo su primera oportunidad con una disquera. Esta canción se convirtió en un hit, de esos que sonaban por todas partes. Tiene la particularidad que, hacia el final de la canción, Rafael nombra a Diomedes, poniéndole el famoso apodo de "El Cacique de La Junta".

El nombre de Diomedes ya se estaba dando a conocer. Dicen que en los toques de Los Hermanos López a veces hacía parte del conjunto tocando el cencerro y que, en la madrugada, cuando el cantante de la agrupación estaba un poco mamado, él pedía pista pa' cantarse una cancioncita. Y también dicen que cantaba feo, o al menos no de la manera que conocemos todos nosotros. Igual están las falencias técnicas, que las iría corrigiendo a pasos agigantados, las suplía con su forma de ser mamagallista y con su habilidad a la hora de improvisar versos. Así, empezaba a surgir ese Diomedes amiguero, carismático y con mucho ángel que se fue echando a la gente al bolsillo.

Ya en 1976, Julio Morillo -corista de la agrupación de Los Hermanos López- y Emilio Oviedo -acordeonero que a la postre vendría a convertirse en un descubridor de cantantes, entre ellos Rafael Orozco, Beto Zabaleta y Farid Ortiz- recomendaron a Diomedes en Codiscos, el afamado sello disquero de Medellín. Ahí se cuadró la vaina para que Náfer Durán, quien acababa de ser coronado como noveno rey del Festival de la Leyenda Vallenata, hiciera un disco con el cacique como cantante. Náfer, hermano de Alejo Durán, es reconocido como uno de los más destacados intérpretes y compositores de canciones vallenatas en tono menor. Perteneció a esa generación de los llamados juglares: cantores de origen campesino que tocaban el acordeón y componían sus propias canciones que llevaban de pueblo en pueblo. Precisamente esta unión de un acordeonero de los viejos junto con uno de los cantantes modernos sería la responsable de la masificación del vallenato.

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Resultaron en Medellín grabando doce canciones en un solo día, porque no había espacio para más horas de estudio. Diomedes cantó de lujo la primera canción pero, a medida que grababa un tema tras otro, la voz se le iba perdiendo. En parte porque dicen que se emborrachó cuando se puso a bajar guaro pensando que con ello la voz se le iba a templar. El resultado fue Herencia Vallenata, un disco clásico que muchos aman y tienen entre sus objetos personales, mientras otros dicen que es feo y falto de técnica. Yo me atrevería a apostar que en el fondo también lo aman.

Dentro de la Herencia Vallenata

El disco tiene diez canciones. Arranca con “El chanchullito”, compuesta por Diomedes: un paseo rápido que suena a lo que la gente llama "vallenato vallenato", una canción pa’ parrandear y echar versos. Se la hizo a su primera esposa, Patricia Acosta, a quien le dedicó otras canciones súper famosas como “Bonita”, “Título de amor” y “El cóndor herido”. Dicen que se la compuso porque el papá de ella no dejaba que se vieran, ya que Diomedes era un pobre diablo que había abandonado sus estudios secundarios para dedicarse a la música. Más que una canción de amor, básicamente es una canción para decirle a ella, con una actitud casi como de semental de película de los cincuentas, que deje el drama, que así no se puedan ver él la ama. En la canción puede notarse una de las características más recurrentes en las composiciones de Diomedes: el retruécano, que consiste en repetir un verso de dos frases intercambiando la primera por la segunda: “si no nos mata una peste, nos vamo' a morir de viejos. Nos vamo' a morir de viejos si no nos mata una peste”.

Una canción de este disco que me llama la atención es “Pobre negro”, compuesta por Náfer Durán y probablemente la única que grabó Diomedes en tono menor. A la canción se le siente un aire cumbiero muy clásico que tiene su punto máximo en el lamento que cantan los coristas (“y dejás al pobre negro”) y en los pases del acordeón que constituyen el grueso de la canción.

“La invitación”, conocida como “Saludo al Doctor Martínez Zuleta”, también composición de Náfer, es una disculpa que este le ofreció al entonces Contralor General de la Nación, Aníbal Martínez Zuleta, por no haber llegado a una parranda para la cual había sido contratado. Este personaje de la política colombiana es conocido, sobre todo, por dos razones: por haber sido uno de los promotores de la separación del Cesar como departamento en 1967 y por haber ocupado el cargo de Contralor General de la Nación de 1975 a 1982, siendo tildado por algunos sectores como el símbolo nacional de la corrupción. "Se las dejo ahí", como dice Diomedes.

El ambiente del disco es muy de vallenato "viejo" gracias a la manera de tocar de Náfer. Los bajos del acordeón están muy presentes en todos sus arreglos, muy al estilo de su generación, como es evidente por ejemplo en las canciones “Teresita”, “No me olvides” y “El chanchullito”. No sé qué tiene ese vaivén entre sonidos agudos y graves, pero lo cierto es que despierta algo ancestral. Sobre todo échenle ojo al minuto 1:02 de “No me olvides”.

El disco representa una joya invaluable, si se le ve como un puente entre el vallenato viejo y el vallenato moderno. La portada del disco muestra a Náfer Durán sentado tocando su acordeón con sus piernas en primer plano y un Diomedes a su lado sentado como en una lomita acompañado de unos árboles al fondo. Quizás la foto la tomaron en algún parque de Medellín, ya que Diomedes y Náfer nunca llegaron a tocar juntos en vivo, el conjunto nunca se materializó, sobretodo porque al parecer todos quedaron insatisfechos con la grabación y no se le vio futuro a la vaina.

Aquí, Herencia Vallenata completo:

El paso definitivo

Para 1977 Diomedes estaba empeñado en hacerlo bien, en mejorar y en llegar a ser un cantante reconocido. Me atrevería a decir que más allá de que el tipo quisiera ser exitoso, como músico le interesaba consolidar su estilo. Una vez más, Julio Morillo se charló a la disquera, esta vez la CBS en Bogotá, para hacer el segundo disco, esta vez junto a Elberto “el Debe” López, uno de los integrantes más jóvenes de la dinastía de ese apellido. Se propusieron montar un conjunto y consolidarlo tanto para grabación como para tocar en vivo. Resultaron en Bogotá en los Estudios Ingesón, el mismo lugar donde en 1968 Los Speakers habían grabado el primer disco independiente de la historia del rock colombiano: El maravilloso mundo de Ingesón.

Si me quieren regalar algo de cumpleaños, que sea el segundo disco de Diomedes Díaz, Tres Canciones, o sino nada. Lo digo porque yo, que soy fan de todas las canciones de Diomedes, quedé atrapado por siempre en el sonido de la voz de ese disco publicado en 1977: casi ronco, desparpajado, con mucho flow.

En este álbum Diomedes consolidó su estilo, diferente a los cantantes vallenatos famosos que por ese entonces cantaban con una voz gruesa, casi como de tenor de ópera. El cacique atacó con su timbre de voz delgado pero potente y con su manera de cantar desparpajada. Esto se nota en la canción “Cristina Isabel”, cuando las frases como “llamá Cristina Isabel, la reina de mis amores”, en la cual pronuncia las "r" y las últimas sílabas de las palabras casi como un borracho que no puede hablar bien. Eso se llama estilo.

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