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Disclosure: le sobran, le faltan

Salí de ahí sin que la música de Disclosure cambiara nada en mi vida. Me quedé con una pregunta: ¿Por qué estuvo malo el concierto de Disclosure?

Toda la tarde del viernes estuve debatiendo conmigo misma sobre si debía ir a ver a Disclosure en el Salón 21 (no empiecen, todos sabemos que ese lugar se llama así). Cuando hablaba del tema con otras personas, el discurso aterrizaba en el dilema del entachado: ¿y luego dónde seguimos la fiesta?. Pero después de eso la cosa siempre terminaba en el terreno de la reventa. Supongo que las conversaciones que tuve fueron exactamente las mismas que se tenían previo al DJ set de Justice en 2007 o al concierto de Phoenix en 2010. Como un hoyo negro en el tiempo. Igual y los astros se alinean de cierta forma cuando hay un concierto en ese lugar y las mareas de la reventa suben de manera silenciosa hasta que se dejan caer como un tsunami. Las preguntas siempre son las mismas: ¿Quién paga $5,000 por un boleto que costaba $500? ¿Por qué alguien quisiera ver a Disclosure/Justice/Phoenix con tanta urgencia? Y después de un millón de cómos y porqués de cosas que no importan no resolví si me quería ir a parar ahí o no.

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Ya era de noche y me estaba pudriendo en mi casa. Seguía sin poder decidir nada, entonces me hice acompañar de la Santísima Trinidad: pijama, pizza y Zombieland. Recibí una llamada de teléfono en la que me decían que alguien había comprado un boleto a $3,500 y cuando intentó entrar lo patearon del lugar porque era falso. La cosa no acabó ahí. Esa misma persona compró otro boleto en reventa. Decidí salir a ver con mis propios ojos el fenómeno de Disclosure. Me puse algo de ropa y me encaminé hacia el cinturón marginal de polanco. Llegué a las 9:00 porque quería ver a Ezekiel. Afuera ya había muchísima gente y los revendedores estaban fieras. Una señora chaparrita me soltó el te-sobra-te-faltan. Le pregunté cuánto estaba dando por un boleto. Me dijo que a precio. “¿Y por dos?” le pregunté. “Igual, a precio, reina”, me dijo. Más adelante se acercó un señor con una gorra percudida que casi traía bordado le-sobra-le-faltan en la frente. “¿Cuánto?” pregunté. “$5,000” güerita.

La fauna estaba bien padre. El promedio de edad era como de 22 años. Habían niñas de 15 con las piernas más largas del mundo paseándose en hot pants. Habían mirravers con mocasines neón, muchas Lanas Del Rey con coronas de flores (no es broma) y dos o tres señores come-doritos-gratis. Ezekiel se arrancó mientras toda la gente que ya había llegado estaba amontonada como moscas intentando comprar algo de tomar. La cosa se empezó a atascar y la gente empezó a no caber entre las columnas del infierno que delimitan en dónde se escucha bien y en dónde ya valiste madres.

Ezekiel terminó su set. Muy pronto apareció la carita bocona de Disclosure en una de las tres pantallas en rombo que habían detrás del escenario. Empezó a sonar “F For You” y las pantallitas de los celulares se alzaron todas al mismo tiempo en señal de voy-a-instagramear. Empezó a sentirse el calor de selva que luego se arma en ese lugar cuando la gente baila y soltaron “Whern A Fire Starts To Burn”. La gente coreó la frase una, cinco y mil veces. Intenté bailar pero el lugarcito que escogí estaba colonizado por platicones de antro. De esos que se enojan si bailas porque les tiras su trago. Me moví de lugar. Un par de fritos estaban bailando junto a las escaleras del VIP, pero pronto se perdieron entre la gente para prender un toque. De repente los visuales se pusieron muy coordinaditos con “White Noise” y la gente empezó a corear de nuevo.

Los hermanos Lawrence mostraron sus múltiples talentos musicales rolando entre instrumentos durante el set. Cuando sonaba “What’s In Your Head”, un tipo salió del lugar entre tres monos de seguridad con sangre en la nariz. Supongo que los niños se empezaron a aburrir porque después de ese incidente se desencadenaron una serie de eventos desafortunados. Al ritmo de “Confess To Me” una niña perseguía a su novio, traía un mechón de pelo en la mano y estaba llorando. Después de un rato de más música de tienda de ropa, los hermanos Lawrence hablaron un poco con su público. Ahora ellos tomaron una foto y se despidieron con “Latch”. Estuvo bonito ese final. Salí de ahí sin que la música de Disclosure cambiara nada en mi vida. Escuché algunas quejas sobre la mierda de concierto que habían dado. Me quedé con una pregunta: ¿Por qué estuvo malo el concierto de Disclosure?