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Sal de Tinder, entra en el fotomatón

Los fotomatones han vuelto y tienen mucho que ofrecerte. Te los puedes encontrar en garitos de Barcelona y en el cómic de Meags Fitzgerald <i>Photobooth: A Biography.</i>

Este mundo está lleno de gente que pasa por la vida de puntillas, nosotros sabemos apreciar a las personas que hacen cosas increíbles para que sea un lugar mejor. Cada semana, AXE Peace te descubre a las personitas que dedican su tiempo a chaladuras y proyectos que hacen que valga la pena vivir,. Ellos nos permiten soñar con un planeta menos asqueroso.

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Ésta no es la puñetera historia de Amélie. Aquí no hay gnomos de jardín ni flechas en Montmartre así que no intentes reconstruir los hechos como si fuesen trozos de fotos esparcidas por París. Sí, tal vez ésta sea una historia de fotomatones y también de casualidades, pero no le des más vueltas. Yo no soy tu vecina mona y no sé a qué suena la crème brûlée cuando la espachurras con una cuchara.

Simplemente tengo un amigo que lee (sí todavía hay gente que lo hace). A mi amigo le gustan los cómics y en Londres encontró una novela gráfica y le moló la portada. Se llamaba Photobooth: A Biography y contaba la historia de una chica canadiense que llevaba toda su vida metiéndose en fotomatones analógicos, esperando a los disparos, 1, 2, 3, 4 y coleccionando su biografía en tiras en blanco y negro.

En Photobooth, Meags Fitzgerald no sólo había ilustrado su vida en tiras fotográficas de formato rectangular, sino que se había empollado la historia del fotomatón para contarnos la simpática vida de su creador: Anatol Josephowitz´s, un señor de Siberia con bigote que tuvo que escapar de una guerra mundial y una revolución rusa para que ese cacharro divertido llegase a nuestras vidas.

Meags Fitzgerald se hace un selfie dibujado en su libro.

"Mi relación con los fotomatones era completamente privada antes de publicar el libro y ahora se me hace un poco raro pensar que es algo público", me cuenta Meags. "Pero estoy contenta porque mucha gente me escribe contándome que usó un fotomatón antiguo por primera vez después de leer mi libro, que es el efecto que esperaba que tuviese". Esto me lo podía imaginar, pues mi amigo el de los cómics, cuando terminó de leer Photobooth, hizo lo mismo. Hizo eso y después, tecleó Meags Fitzgerald en la casilla de Buscar de Facebook y le dio a Agregar. Además, le escribió un mensaje. El mensaje decía esto: "Cuando terminé tu libro busqué un fotomatón y me hice una foto con los ojos cerrados". No te voy a explicar por qué mi amigo le escribió lo que le escribió. Si quieres saberlo, tendrás que leerte el libro.

El caso es que Meags nunca le contestó (¡agrégale, Meags!) y la novela gráfica cayó en mis manos. La verdad es que era un novelón: ilustraciones bonitas y un guión original e interesante que desprendía una absoluta pasión por los fotomatones antiguos, esos complejos engranajes que no tienen nada que ver con las cámaras conectadas a impresoras digitales que los mandaron al desguace y con las que tú te haces la foto del DNI. Porque, ojo, el fotomatón analógico –esto es argéntico: relleno de haluros de plata– no es ninguna broma.

Para que tú tengas tus cuatro caretos de recuerdo por tres euros la máquina tiene que disparar desde una cámara y proyectar la imagen en un papel. Luego, hay una serie de engranajes mecánicos que cogen este papel y lo van mojando en distintos químicos como si fuesen galletas que untas en leche. Revelado a la antigua pero dentro de una carcasa. Relojería pura, vaya. Un jaleo. Todo esto me hizo pensar en una cosa que jamás había pensado. A lo largo y ancho del mundo hay gente como Meags Fitzgerald que ama los fotomatones antiguos. Y hay gente, también, que los repara y los pone en los bares de tu ciudad para que tú te hagas fotos. Así que cuando, a mitad de libro, Meags habla de Rafael y Álvaro y de sus fotomatones en España, decidí ponerme en contacto con ellos.

Resulta que en 2009, Rafael, un profesor de Ciencia Política en Londres, compró en América un fotomatón antiguo para la boda de un amigo. Pero el fotomatón perdió el barco (un fotomatón poco formal) y cuando llegó a Londres el colega ya estaba de luna de miel. Entonces fue cuando se le ocurrió dejarlo en una pizzería llamada Pizza East y la gente empezó a hacerse fotos. Después llegó un segundo fotomatón londinense (que ahora está en el Hoxton Hotel) y, más tarde, la pasión se extendió hasta Barcelona. Y aquí es dónde entra Álvaro y donde nace Photomaquina.

"Cuando Rafa me propuso montar los fotomatones en Barcelona pensé que teníamos que hacerlo en nightclubs –me cuenta Álvaro por Skype– porque podían otorgar al local una experiencia distinta y romper la dinámica del espacio y cómo la gente interactúa con el mismo". Así fue como estos dos amigos de la infancia decidieron montar sus fotomatones M17 de 1968 en dos locales molones de Barcelona: el Ocaña Club y la Sala Apolo. Y se sentaron fuera a esperar.

Fotomatón old school.

Desde que compraron su primer fotomatón en América, Álvaro y Rafael (una especie de Da Vincis autóctonos, esa clase de gente que te devuelve la fe en este país) no sólo han aprendido intuitivamente a reparar estas máquinas (pues necesitan un mantenimiento continuo: la de Apolo, por ejemplo, se desajusta sólo con la vibración de los graves de la sala), sino que se han dedicado a observar su impacto en el entorno, elaborando un discurso sociológico y filosófico que es, como el libro de Meags Fitzgerald, un proyecto artístico de los que molan. Una instalación que aprovecha el carácter analógico del fotomatón para cuestionar nuestra relación con una tecnología del siglo pasado y, de rebote, con nuestra cacharrería digital. "Porque la gente, sobre todo la gente joven –cuenta Rafael– asume determinadas cosas sobre la tecnología y éstas salen a relucir en contacto con la máquina". ¿Pero qué le pasa a la gente en los fotomatones? Lo que le pasa a la gente es que sale flipada.

Que cuando asume la contrariedad de tener que esperar 3 minutos (¡caray, 3 minutos!) a que salga la foto: 1) se sorprende porque son cuatro disparos frente al único del digital y el resultado es impredecible; 2) les parece que tiene mucha calidad (muchas personas ven una foto analógica por primera vez) y 3) les encanta poseer un objeto físico. "La gente te dice 'qué chula esta foto, porque yo tengo miles de fotos en mi ordenador que nunca veo, pero ésta la voy a colgar en mi habitación y la voy a poder ver", cuenta Álvaro.

Y luego, claro, está lo de apretujarse. Pero no como en Tinder sino de verdad. "Hoy en día vivimos con mucha cercanía virtual pero, proporcionalmente, con poco roce físico –explica Álvaro–. En el fotomatón, varias personas se ven apretujadas en un espacio muy pequeño. Al principio están tensos. Pero en el segundo disparo se sueltan, y en el cuarto llega la euforia. Y salen del fotomatón dando botes...". Y lo que pasa dentro del fotomatón queda detrás de la cortinilla, aunque si quieres mirar por un agujerillo ve a photomaquina.com o a instagram.com/photomaquina, donde mucha gente sube sus fotos de papel. Y no esperes un puzzle ni una historia de amor. Esto no es Amélie. Es mucho mejor.

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