En un salón oscuro iluminado solamente por la palpitante y sutil luz de un moribundo fuego de chimenea se encuentra una cansada figura acostada en un sofá, sujetando con su mano derecha lo que parece un muñeco deshilachado. El negro perfil a contraluz revela lo que parece ser el rostro de una jirafa vieja. Es Geoffrey, la mascota de ese imperio de los juguetes llamado Toys ‘R’ Us. «¿Dónde irán los niños ahora a comprar sus juguetes?» exclama con una frágil voz mientras su mano deja caer al suelo el muñeco de trapo. «¿Dónde?», exclama de nuevo mientras la cámara se aleja, sale de su casa y, a lo lejos, vemos como, poco a poco, la tenue luz que iluminaba la estancia se apaga para no volverse a encender jamás.
Sí, amigos, Toys ‘R’ Us acaba de declararse en bancarrota víctima fatal del cambio de hábitos de consumo de los compradores (internet), terminando así la existencia del que fue el único gran imperio de la juguetería.
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Pero esto no es nada nuevo, esta empresa lleva arrastrándose por la decadencia desde hace ya algunos años: en 2002 Toys ‘R’ Us cerró 64 tiendas a nivel mundial; en 2014 su ejercicio fiscal finalizó con unas pérdidas de 754 millones de euros; en 2015 la cadena se vio obligada a desprenderse de una de sus tiendas más emblemáticas, la que se encontraba en Times Square, al no poder asimilar el excesivo alquiler. Esa era la mayor tienda de juguetes del mundo y ahora dejará lugar a unas galerías con tiendas como GAP u Old Navy.
Fue en el año 1991 cuando Toys ‘R’ Us abrió su primera tienda del estado español en Sant Quirze del Vallés (Barcelona) implantando un nuevo concepto de tienda de juguetes en España
Fue en el año 1991 cuando Toys ‘R’ Us abrió su primera tienda del estado español en Sant Quirze del Vallés, en la provincia de Barcelona, implantando un nuevo concepto de tienda de juguetes en España: el de la gran superficie comercial dedicada enteramente al entretenimiento infantil, diferenciándose de las tiendas familiares y de las pequeñas cadenas de barrio o de los departamentos de juguetes de los grandes almacenes. Toys ‘R’ Us era un universo dedicado enteramente a los niños. Bueno, dedicado a que los padres se gastaran todo el dinero posible en ellos.
No puedo dejar de pensar en la tristeza que me generan los nuevos niños. Esos que no podrán visitar nunca unos almacenes desfasadísimos de juguetes porque todo lo que harán será visitar tiendas online o ver vídeos de juguetes en YouTube
Evidentemente, la aparición de tal magnánimo proyecto eclipsó mi pequeña, inocente y tierna mente de niño de 10 años, un cerebro obsesionado con las Tortugas Ninja, los He-Man, los G.I. Joe y toda figura de plástico que representara un hombre o ser masculino antropomórfico desmesuradamente musculoso —aún me pregunto cómo esta afición no acarreó unas terribles consecuencias en mi persona, quizás el hecho de que sienta una profunda tristeza cuando vislumbro mi pequeño y débil cuerpo en el espejo tenga algo que ver—.

El caso es que cuando me enteré de que abrían una enorme tienda de juguetes les pedí mil veces POR FAVOR a mi padres que me llevaran. Los compromisos del siglo XX hicieron que, una y otra vez, esta cita con el magnate de los juguetes se fuera demorando. Año tras año mis plegarias no se veían cumplidas y mi tristeza inicial empezó a convertirse en indiferencia y, poco a poco, mi amor por los juguetes y los seres musculosos fue substituido por el amor hacia otro tipo de aficiones, como los juegos de rol, el hardcore melódico y el alcohol.
Cuando me enteré de que abrían una enorme tienda de juguetes les pedí mil veces POR FAVOR a mi padres que me llevaran
Nunca llegué a traspasar las puertas de un Toys ‘R’ Us. Nunca deambulé por su vientre ni pude dejarme embriagar por su barroco stock de productos, solamente pude imaginarme cómo podía ser a través de los catálogos que llegaban a casa por Navidad. Toys ‘R’ us fue mi Ítaca particular.
Ahora, años más tarde, me doy cuenta de que NUNCA conoceré ese lugar. A estas alturas ya es tarde y no tiene sentido descubrir un espacio que ya no me genera ese frenesí y nerviosismo, esa ilusión tan anhelada en mi historia pasada. Ya no tiene sentido destruir esa preciosa imagen por una realidad depauperada por los ojos de un ser que ahora solamente vería las ruinas de un gigante que explotaba a sus trabajadores, como hace cualquier franquicia digna en este planeta.

Pero no puedo dejar de pensar en la tristeza que me generan los nuevos niños. Esos que no podrán visitar nunca unos almacenes desfasadísimos de juguetes porque todo lo que harán será visitar tiendas online o ver vídeos de juguetes en YouTube. Esos niños que ya no juegan con objetos de madera o plástico y se amarran a las tablets o móviles de sus padres. Esos niños cuya infancia no debe ni durar más de cuatro años porque la juventud no solo se ha alargado por detrás (hasta los 40) sino que incluso empieza antes, en una sociedad cada vez más sexualizada y centrada en el consumismo y la competitividad.
No es que me importe demasiado el cierre de Toys ‘R’ Us —en el fondo me la suda— pero el fuera de campo maravilloso que me generó de pequeño —esa ilusión incumplida— merece su momento de gloria. Este, supongo.
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