TRISTEZA GLOBAL – LA HISTORIA DE MANUELA

bonus track


Qué, ¿cómo se os ha quedado el cuerpo tras leer,
esperamos que con atención, las acongojantes historias que componen nuestro
VICE especial Tristeza Global? Pues ojalá haya un rinconcito en vuestros
pañuelos que no esté empapado en lágrimas, porque aquí tenéis un
.
En España, este país en el que duerme un escorpión debajo de cada piedra y la
gente ríe por no llorar y por no escabechar al prójimo, también suceden cosas
de aúpa; algunas gordas, gordísimas, de concurso, y otras a un nivel más
pequeño, doméstico por así decirlo, pero de prestaciones aflictivas similares
cuando no mayores. La vida de Manuela, una mujer gitana de 62 años que aparenta
80, es un ejemplo claro. No recibimos su permiso para tomarle una fotografía,
pero creednos que salta a la vista que su vida ha sido cualquier cosa menos
fácil.

Manuela no sabe leer ni escribir. Sus varices en las
piernas delatan graves problemas circulatorios y anda con mucha dificultad a
causa de varias dolencias de espalda y de cadera. Tiene una mirada dura y
penetrante que intimida. La trabajadora social que conoce de primera mano su
caso, y el de su montón de nietos, me advierte antes de conocerla que es una
mujer de muy pocas palabras, tan valiente como dura e irascible.

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Nació en un pueblo de Lleida, igual que sus 8
hermanos. Cuando era niña andaba siempre en un carro, con el que sus padres se
desplazaban de pueblo en pueblo buscando trabajillos en el campo. En 1957, a
los 11 años de edad se casó –bueno, la casaron– pero de su ya difunto marido no
habla jamás, tampoco conmigo. En 1963 se mudó sola junto a sus dos hijos a
Barcelona, concretamente a las barracas de la montaña de Montjuïch, un poblado
de destartaladas casuchas hechas con tablones de madera y uralita que había
llegado a acoger el máximo histórico de más de 50.000 habitantes. A mediados de
los años 70, las autoridades empezaron a derribar barracas y a recolocar a sus
habitantes en barrios prefabricados de viviendas de protección oficial situados
en la periferia de Barcelona. No sería hasta 1986, con las obras de las
instalaciones para los Juegos Olímpicos, que el poblado prácticamente
desaparecería. Una buena mañana, poco antes de ese olímpico lavado de cara de
la ciudad, dos coches de policía y varias grúas se plantaron ante la casa de
Manuela, la invitaron a sacar sus pertenencias y la echaron abajo. Ella y sus
hijos, seis ya, se fueron a vivir entonces a Sant Cosme (Prat de Llobregat), uno
de los barrios con más altos índices de tráfico de drogas y presos de toda
España en el que reina la Ley del Silencio y la sensación de guetto.
Y ahí sus problemas siguieron aumentando en progresión geométrica.

Vice:
¿Cómo se ha ganado la vida, Manuela?

Manuela:
He hecho de todo: en el campo, recogiendo chatarra, vendiendo rosas… Para mí lo
más fácil habría sido vender droga, heroína, cocaína, esas cosas. Es dinero que
puedes ganar fácilmente cada día. Y siempre he tenido esas cosas alrededor mío.
Pero no he querido hacerlo. La odio. Pero seguro que vendiendo droga habríamos
podido comprar más cosas y habríamos vivido mejor. Ahora estoy muy malita y no
puedo trabajar. Hace años que cobro el PRIMI [una renta mínima de inserción
social que da la Generalitat de Catalunya].

¿Cuánto
dinero es eso?

Unos 500 y pico euros, que dan para muy poco.

Cuéntenos
qué ha sido de sus seis hijos.

Una de mis dos hijas murió de SIDA hace un par de
años. La otra, también enganchada a la heroína, se fue al barrio de Can Tunis
[barrio de Barcelona demolido hace cuatro años, conocido por ser uno de los
puntos de venta de droga más potentes de España], dejándome cuatro niños a mi
cargo. Luego volvió a casa y me dejó a otra niña, aún bebé, y entonces
desapareció. Nunca más hemos sabido de ella. En cuanto a mis hijos, dos de
ellos están en la cárcel por robar, trapichear y tomar drogas. Otro de mis
hijos murió de sobredosis y otro último vive conmigo. También toma drogas; se
mete en menos problemas pero tiene problemas de cabeza, el pobre.

¿Problemas
de cabeza?

Está loco.

Ninguno de
sus hijos fue a la escuela, ¿verdad?

No.

He perdido
la cuenta contando las fotos que tiene en esa mesilla: ¿de cuántos nietos se ha
tenido que hacer cargo usted sola?

Trece.

¿Ellos sí
han ido a la escuela?

Sí, todos. E
intento controlarlos todo lo que puedo, no quiero que acaben como mis hijos.
Como estoy sola, también fui a un centro de tarde para que los trabajadores
sociales se encarguen de ellos unas horas al día. Es bueno para ellos que no
estén siempre en casa o en la calle.

¿Es la
convivencia entre gitanos y payos en este barrio tan mala como se cree?

No es ni buena ni mala, casi no hay relación. Los
payos no se fían de los gitanos. Y los gitanos tampoco se fían de los payos.
Hace cuatro años la policía entró buscando dos gitanos fugados [de un atraco en
el que murió un policía] y cerraron todo el barrio, entraron en todas las
casas, y gritaron a los niños y metieron palizas en medio de la calle… Cuando
pasan cosas así el ambiente se pone muy feo, muy peligroso, y sale mucho odio
por todos lados.

Y en los
trabajadores sociales, que son payos, ¿confía usted en ellos?

Sí, sí, eso sí. Yo siempre les digo a los educadores
que si tienen que pegarles, que les peguen. Es que si no, no hacen caso. Y en
la calle no aprenden nada bueno y en casa, pues tampoco están muy bien cuando
sale de la cárcel alguno de mis hijos y se queda con nosotros. Son mis hijos, tengo que acogerlos,
pero no tengo ninguna esperanza en ellos. ¿Qué van a hacer de bueno ellos ya?
Están perdidos, totalmente.

¿Ha
conseguido mantener alejados a sus nietos de la delincuencia y la droga?

…bueno, los dos mayores ya están haciendo el tonto
y se meten en problemas agarrando coches y así. Muchos niños de por aquí fuman
basura, coca y esas cosas. Incluso en el piso de arriba del centro donde los
dejo por la tarde se vende droga, y alguna vez los niños no han podido entrar
porque había una redada. Si yo fuese más joven y tuviese fuerzas, me iría a
otro sitio y así los niños verían otras cosas.

 ¿Cómo ve
el futuro para ellos?

…No lo sé, hijo. Quizá para los pequeños sea mejor.
No lo sé.

SANTIAGO
SALVADOR

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