Claudia Córdoba vive con sus dos hijas y sus mascotas. Pudo quedarse en cuarentena unos días, pero luego le tocó volver a salir a trabajar. Limpia muy bien su casa cada día para prevenir el contagio de coronavirus.
Desde que se inició en el trabajo sexual dejó de vivir con sus hijos, que no conocen su oficio y se quedaron viviendo con su mamá; por eso prefiere no revelar su apellido ni su rostro. Beatriz solía trabajar por la Plaza Botero antes de la cuarentena, pero, gracias a la ayuda de Putamente Poderosas, no ha vuelto a salir desde que se decretó el aislamiento. “Solo salgo al teléfono a llamar a mi mamá cuando no tengo minutos. Me han pagado la pieza y he tenido mercadito, gracias a Dios. Me siento mucho mejor: me siento limpia, feliz. Mi mamá y mi hija mayor también están felices por mí”.El trabajo de Putamente Poderosas también ha ayudado a personas como Lorena Gómez a tener un techo bajo el cual pasar la cuarentena. Tiene 22 años y hace doce vive del trabajo sexual. Dice que le gusta ser travesti, lo lleva con orgullo. “Desde chiquito me gustaban los hombres, y le dije a mi mamá que quería ser mujer. Empecé a bajar al centro y me hormonizaba. Puteé en San Diego hasta que mi mamá se murió, cuando yo tenía 15. Ahí cogí la droga y me tiré a la calle”, cuenta.Los últimos años los había pasado cerca al río, por la Plaza Minorista, la principal plaza de mercado de la ciudad, pero semanas antes de que empezara el aislamiento tuvo que huir de allá. Ha pasado la cuarentena en un inquilinato de Prado Centro, en el centro, con sus amigas María y Chokis. “Ya estamos juiciosas aquí, no me dan ganas de consumir. Mantengo viendo televisor o ayudo a hacer aseo. En la calle uno está sentado por el centro y dice no voy a fumar, y pasa alguien con un billete y se le mete a uno el demonio: amigo, ¿me regala 200? Y de una le dan a uno el billete y pa’ la olla. Uno se fuma la plata y queda azarado de que le van a llegar a uno los policías. Esa es la calle”, cuenta Lorena.“Se me empezó a agotar la luz, el agua, el cuido de los gatos, se mermó el aceite. Entonces me tiré a enfrentar el virus. ¿Qué más hacía?"
María, Lorena y Chokis encontraron, gracias al colectivo Putamente Poderosas, un techo bajo el cual pasar la cuarentena. Se alegran de no tener que estar en la calle ni consumiendo sustancias.
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Durante la cuarentena ha podido pasar más tiempo con sus hijas, además de cumplir las que dice que son sus labores como madre y jefe del hogar: llevar la comida y enseñarles a ellas a prepararla para que sepan hacerse un huevo, un arroz o una sopa y no dependan de ella; estar pendiente de qué necesitan y mostrarles cómo es la vida. Ellas saben que Claudia es trabajadora sexual. “Mi relación con mis hijas es espectacular, es de abrirles los ojos y decirles la realidad de lo que yo vivo, de hacerles saber que los hombres no son malos, sino que hay que saberlos comer y a su debido tiempo. Son muy ricos, pero causan indigestión de nueve meses”. Se ríe con frecuencia."Hay gente aguantando hambre, se quebraron las empresas y las tabernas: Vamos todos pa’ abajo. Le toca a uno vivir el riesgo".
Claudia es honesta con sus hijas y les cuenta que es trabajadora sexual. Critica con fuerza a las trabajadoras sexuales que explotan sexualmente a sus hijas "por un arroz o para pagar el arriendo".
Beatriz es trabajadora sexual hace un año. Fue su única opción luego de que perdió su trabajo: tenía que alimentar a sus hijos. Hoy no vive con ellos, y ellos no saben cuál es su oficio. Por eso no revela su apellido ni su rostro.
Chokis, María y Lorena (que no sale en la foto) pasan sus días hablando y viendo telenovelas. Les gusta ayudar con la limpieza del inquilinato donde están alojadas durante la cuarentena.
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Para Claudia es importante que sus hijas puedan buscar el amor, que tengan posibilidades que ella perdió muy joven por dedicarse al trabajo sexual.
Lorena recuerda que cuando dormía en la calle, luego de despertar se drogaba y salía a atracar por el centro de Medellín. No quiere volver a ese pasado doloroso.
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Su pronóstico es claro: si la pandemia y la cuarentena continúan, tendrá que buscar otra ocupación. “Si esto sigue así voy a cerrar Banca Cuca. Así no hay quién facture. Pondría un puesto con las niñas para vender sanduchitos, cigarrillos, minutos, lo que sea. Si no facturo con la cola, facturo con los confiticos. No se puede embolatar la comida”, dice.Hace este pronóstico porque, explica, los hombres están cada vez más abusivos, aprovechando la poca gente que hay en la calle durante la cuarentena. “Están sacando sus uñas, se están aprovechando del hambre y la necesidad. Quieren dizque por 8.000 [dos dólares] y sin usar protección. Eso me lo consigo con los dulces que consigo en la tienda”, afirma. Las dificultades propias que su edad implica para su trabajo se suman a que, según ella, los hombres “ya no quieren cuca colombiana desde que llegaron las venecas”. Las señala como su principal competencia, porque hacen ratos por 6.000 u 8.000 pesos (1.50 - dos dólares); porque por 20.000 pesos (alrededor de cinco dólares) no exigen el uso del condón.“Si esto sigue así voy a cerrar Banca Cuca. Así no hay quién facture".
Claudia ha pensado en poner un puesto de sánduches con sus hijas. Con el trabajo sexual cada vez más complicado, considera que esa sería una mejor fuente de ingresos para su familia.
Los clientes más frecuentes de Jenny no han vuelto a buscarla, por lo que ha visto obligada a rebajar su tarifa y acceder a pagos de 8.000 pesos para poder cubrir su alimentación y techo. Ya tiene dos comparendos por incumplir la cuarentena, y tuvo que pasar dos días en la estación de Policía de Barrio Triste, en el centro de Medellín. Aunque ha recibido ayuda de Putamente Poderosas, no es suficiente para todos sus gastos. Por eso, cuando pase la emergencia del coronavirus y pueda hacerlo, quiere volver a su tierra en el Valle del Cauca. Pronostica que los siguientes meses van a ser tiempos de caos y conflicto, pues muchas mujeres van a salir a trabajar y competir. “Hay unas que cobran más económico, cumplen con todas las exigencias del cliente, entonces ahí uno entra en discordia y pelea”.“[Los clientes] piden que uno preste los servicios más baratos o llegan con exigencias de no usar preservativo".
Para Jenny, durante la cuarentena el Gobierno y los gobernantes no han considerado para nada a las trabajadoras sexuales. Compara la situación con las mamás que abandonan a sus hijos.
Beatriz está convencida de que quiere dejar el trabajo sexual, luego de un año de haberlo practicado. Dice que esa vida no es para ella.