LGBTQ

'Empecé a hormonarme con 13 años con el dinero que ganaba prostituyéndome': así era ser mujer trans en la España de Franco

Hablar con estas mujeres supone conocer la certeza de que son un colectivo valiente, que se ha cansado de estar en la sombra y en silencio.
26 Febrero 2020, 9:00am
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De izquierda a derecha: Marcela, Miryam y Montserrat. Todas las fotografías cortesía de las protagonistas

“El precio que tuve que pagar para conseguir una paga ridícula para poder vivir, fue el divorcio del hombre que más he querido y quiero en mi vida”. Así sentencia Marcela Rodríguez Acosta, de 65 años, cuando le pregunto hasta qué punto, como persona trans que vivió durante la dictadura, tiene consecuencias a día de hoy. La única forma que tuvo de acceder a una paga no contributiva -una ayuda de apenas unos 400 euros- fue renunciando a su matrimonio, pues no podía constar como casada para poder acceder a ella. “Lo quiero no, lo que le sigue. En cuanto tenga la oportunidad de poder valerme monetariamente por mí misma, o cuando la vida me sonría —yo no pierdo la esperanza de que me toque una primitiva— lo primero que voy a hacer es casarme de nuevo”, dice con contundencia.

Recuerda que cuando se casó en 2005, tuvieron una boda preciosa donde no faltó absolutamente de nada en la celebración. Un amigo suyo al que le había tocado el euromillón, se encargó de la celebración: “Todo lo que te cuente de ese día es poco. Pero mi ilusión es volver a hacerlo, poder estar casada con el hombre que quiero y con el que llevo 39 años, y volver a celebrarlo. Eso sería un triunfo para mí”.

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Marcela a la izquierda en la foto

Hablando de su niñez, me cuenta que en el año 67, cuando tenía 12 años, no quería estudiar y estuvo trabajando en un lavadero de coches de unos conocidos de su familia. Cuando fue un poco más adolescente, mientras sus amigas, también trans, empezaban a prostituirse porque no las aceptaban en otro tipo de trabajo por ser "maricones" —me dice que esta era la palabra mágica que usaban para catalogar a cualquier hombre que no fuese heterosexual y cisgénero— ella no tuvo necesidad de prostituirse porque se las arregló de otra forma: "Compraba hachís y lo vendía. Así me busqué yo la vida y no me arrepiento en absoluto, para que te voy a decir otra cosa”, asegura.

Me habla de su grupo de amigas, en especial de Terry. "¡Ay Terry! Esa niña es más linda... y la pobre ha vivido y vive una auténtica tragedia. En su casa toda su familia la maltrataba, su madre era muy dura con ella, e incluso su hermano quiso matarla”. Me sigue diciendo que “ahora lo único que tiene es ir yendo de casa en casa donde la van acogiendo, porque ha estado toda la vida en la calle. No tiene otra cosa que la ayuda que puede darle su familia, que con el tiempo cambió su comportamiento, y la gente que se ha ido encontrando”, me cuenta.

Y es que aunque la discriminación laboral hacia el colectivo trans sigue siendo una realidad hoy —se calcula que un 80% de las personas trans en España están en desempleo—, durante la dictadura la situación era mucho más dura. Entonces, ser del colectivo LGTB, estaba penado por la Ley de Peligrosidad Social del régimen franquista, que originó detenciones y noches sin fin en los calabozos.

“He llegado a pasar 15 días al mes en comisaría, incluso a veces pasábamos más”, relata Marcela. “Ya era como coser y cantar. A mí y a mis amigas, cuando teníamos unos 20 años, alrededor de 1973, nos encantaba quedar por la noche para reunirnos en un parque o en la calle. Pero siempre teníamos que estar pendientes de que la policía llegara porque si no nos detenían y nos llevaban a comisaría. Como no había delito del que acusarnos, porque estábamos simplemente reunidas en un sitio público, nos ponían en el libro de registro que nos detenían por sospecha. De eso se aprovechaban para poder detenernos durante 72 horas”.

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Montserrat

¿Cómo conseguir un trabajo si ni siquiera se las consideraba parte de la sociedad? Era imposible. La discriminación social, agravada por la ausencia de un trabajo estable, las llevó a ser partícipes de una economía sumergida, con la prostitución como protagonista. Pero en la calle no se cotiza y sin cotizar, no hay ni paro ni ayudas.

Montserrat González tiene 61 años, es trans y es la actual presidenta del colectivo Gamá. “No trabajábamos porque no nos dejaban. Lo único que teníamos entonces era la prostitución porque no había más opciones”. Recuerda que no era lo más agradable: estar expuesta en la calle suponía que a veces les tiraran piedras desde los coches, "e incluso orines” me dice. Entonces era desagradable, pero las cosas siguen siendo difíciles para ellas: “Ahora para pedir ayudas, si no tienes 15 años cotizados no hay posibilidad de nada. Lo único que pude trabajar a regañadientes y con trabajos temporales entre bares y en una empresa de limpieza fueron 12 años. ¿Qué hago? ¿Cómo voy a cotizar si no me dejaron?”.

También se ha visto en situaciones muy desagradables a la hora de solicitar ayudas porque la sociedad sigue sin aceptarlas plenamente. “Lo que no puede ser es que a día de hoy, vaya a solicitar cualquier tipo de ayuda y todavía haya gente que hace muecas y empieza a reírse cuando me ven. No entienden que cuando voy a solicitar una ayuda y no tengo los años cotizados suficientes, no es que yo no haya querido trabajar durante toda mi vida para conseguirlo, es que no me lo permitieron. Te miden con el mismo baremo que miden a cualquier español, pero eso no me vale. Si la sociedad no fue capaz de dejarnos trabajar, ¿qué me estás pidiendo?”, condena Montse.

Miryam Amaya también sufrió este tipo de discriminación pero además, por partida doble: es transexual y gitana. “Estudié dibujo lineal y entré en una fábrica para llevar una máquina prensadora. Estuve 6 o 7 meses pero porque la empresa era muy pequeñita y conocía a mi familia y mi condición. Además, yo era la graciosilla, el mariquita que además bailaba flamenco y los animaba. Cuando empecé a desarrollar el pecho entre los 16 y los 17 años y en las entrevistas de trabajo que hacía, además, veían en el apellido que claramente era gitana, la cosa se puso más fea. Era como si te vas con una leprosa a tomarte un café y te dice que bebas de su misma taza. Ese nivel era el rechazo”, recuerda.

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Miryam

Fue por eso que Miryam empezó con la prostitución en el año 74, cuando tenía 15 años en Barcelona, aunque recuerda que a los 10 o 12 empezaba a ganar dinero de otra manera. “Bajábamos a los futbolines que había en las Ramblas y ahí los pederastas venían y te ofrecían dinero para estar con ellos”. Me insiste en que “la pedofilia ha existido desde siempre, que no pensemos que es nada de ahora y que solo son los curas”. Entonces, Miryam estaba en pleno proceso de descubrimiento y, aunque estéticamente aún era como un chico, usaba pantalones muy marcados, era afeminado y tenía claro que le gustaban los hombres.

Ejercía la prostitución porque para ella no había "otra alternativa", era algo que no era de su agrado, pero que tampoco de su desagrado. Pero también señala que "eso de que la prostitución es una obligación, habría que preguntarlo una por una. Yo, doy gracias porque era mi forma de ganar dinero rápido, que no fácil. Que son cosas diferentes”.

También me cuenta que en esa época, en el año 72, fue cuando empezó a hormonarse gracias al dinero que conseguía con los pederastas: “Fui muy adelantada a mi época y empecé a hormonarme a los 13 años, aunque no de manera muy continuada. Con el dinero que conseguía con los hombres, tenía para hacerlo cada 2 o 3 meses, porque costaba unas 7 u 8 pesetas cada dosis”. Cuando le pregunto sobre el acceso que tenían entonces a las hormonas, me dice que era todo en un ambiente muy clandestino: “Las conseguíamos en el barrio chino de Barcelona, en una especie de farmacia donde vendían condones, ponían inyecciones para cuando tenías enfermedades venéreas... digamos que la llevaba algo así como un practicante. Yo empecé a hacerlo de oídas, porque veía que otras trans mayores lo hacían y me podían conseguir las dosis, pero yo era muy pequeña todavía”, recuerda.

Ahora, Miryam también es de las que sobrevive con una paga no contributiva. Me dice que además siempre fue "un poco hormiga" y que ahorró bastante dinero de su trabajo posterior en el mundo del espectáculo, dónde a día de hoy sigue trabajando esporádicamente. “Además de la prostitución, yo siempre he hecho espectáculo, de hecho sigo y soy un personaje muy querido en la escena. Yo he estado con Sara Montiel cuando estaba con Saritísima 8 meses con el espectáculo de gira”, me cuenta orgullosa.

La Ley de identidad y género aprobada en la Asamblea de Madrid en 2016, reconoce que el colectivo trans es socialmente vulnerable, pero fue apenas hace unos meses cuando se han empezado a implementar planes que garanticen su derecho al empleo. Hablo de Ámbar, el primer programa de inserción laboral para personas trans financiado por la Comunidad de Madrid e impulsado por la Fundación 26 de diciembre.

En seis meses, la iniciativa ha empujado la carrera profesional de 50 usuarios. Hablando de este tema con Montserrat, me dice: “Con todas las leyes que tiene el gobierno guardadas en el cajón... A ver si las aprueban, porque como sigan así se van a volver obsoletas otra vez”. Refiriéndose al alcance de las mismas, sentencia que el colectivo no se conforma con proyectos a nivel local, sino que se necesitan acciones a nivel nacional.

Hablar con estas mujeres supone conocer la certeza de que son un colectivo valiente, que se ha cansado de estar en la sombra y en silencio, y que se ayudan y defienden entre ellas como auténticas lobas. Me cuenta Montserrat: “Todavía hay compañeras que más mayores que yo que siguen en la calle. Muchas veces me paso para hablar con ellas. Las animo a que salgan de eso y a que consigan un trabajo que cotice, pero no lo tienen fácil. Las ayudo siempre que pueda y lo digo en mi trabajo por si sale algo, poder contar con ellas. La cosa es que vayan teniendo algo para ir tirando”.