tabaco
Arte: Azuma Makoto  / Fotografía por: Shiinoki
Ediciones VICE

Tabaco. Fuego, humo y ceniza de una revolución

Hay una historia de la Revolución cubana a través del tabaco. La fase mítica la representa Guevara; la despótica, los veteranos de África; el réquiem le corresponde al turismo, los dólares y la prostitución.
19.10.20

En el verano de 1940, Bronislaw Manilowski escribía desde Yale University la introducción de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, el tratado de Fernando Ortiz. Ahí decía el antropólogo polaco: «Todos sabemos que el lujo, la golosina, la estética y el snobismo de fumar tabaco, están ciertamente asociados con estas tres sílabas: Habana». Ortiz recorre los cuatro elementos principales en la conformación de ambos productos, la tierra, la máquina, el trabajo y el dinero, pero apunta también a las narrativas que permiten un comercio próspero, al rito del consumo y los estatus adquiridos. Aquello que, especialmente al tabaco, deleite individual, lo fetichiza.

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El primer contrapunteo del libro se establece mediante una referencia literaria: los personajes alegóricos Don Carnal y Doña Cuaresma, del Libro de buen amor. «El tabaco busca el arte; el azúcar lo evita», dice más adelante Ortiz, quien cree que el sujeto entregado a los excesos, Don Carnal (Carnaval), representa más fielmente al tabaco, y Doña Cuaresma, escolástica y severa, al azúcar.

El murmullo de la plantación, la gesta colectiva de la caña, incluso la sangre y el sudor como abonos regados por los surcos del progreso, la fatiga de los cuerpos, esa ausencia de exquisitez o refinamiento en el azúcar, su sabor, su mezcolanza magnífica consigo misma, un producto que se mide en toneladas, que se transporta a granel, cuya medida es la medida del vulgo desatado, me impide ubicarlo en la esquina del ayuno y la penitencia. La elaboración del tabaco, a su vez, sigue desde el inicio un camino más solitario, yerba sometida a un proceso laborioso y delicado que no parece sugerir en ningún momento bacanal alguna.

Lo primero en lo que pensé, ante la repartición de los bandos, fue en la jerarquía que establece el ojo exterior. Pero, ¿qué es el ojo exterior? ¿El ojo de Ortiz? No. ¿El ojo del consumidor? ¿El ojo astuto de Churchill escogiendo para siempre el habano cuya vitola «trae una fachada de imperio»? ¿El ojo distinguido que ve en el tabaco un traje de cenizas para la boca desnuda? No se trata de una mirada ajena, puesto que muchas veces, las más, se exporta hacia el interior, sino de una mirada que ya ubica al tabaco en el mundo, que ya entiende lo que significa: emblema de poder o distinción, símbolo de la aristocracia secular. Actores de Hollywood, dandis millonarios, presidentes ilustres y primeros ministros.

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Ortiz lo confirma, cuando habla de la vitola o anillo como marca sociológica: «Es forma del tabaco, pero al escogerla para sí, en ella busca el fumador un trazo de su propia compostura (…) Vitola es carácter que figurativamente se pasa de un diseño métrico a ser connotación de orden humano; y se dice vitola por traza, por facha o apariencia de una persona».

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Hoja de tabaco. X Ray por Azuma Makoto

La descripción de la manufactura tabaquera en Contrapunteo…, la devoción de los vegueros y torcedores en la búsqueda de la sensualidad, le permite a Malinowski evocar una frase de Stendhal: «La belleza no es más que la promesa de la felicidad». Pero, como el ojo interior es solo el ojo de la experiencia, para mí el tabaco no tiene nada que ver con la felicidad, el glamour o la usura, y no he podido desterrarlo nunca al municipio del mundo. Me remite a otros estados, a otros individuos, alejados de la fiesta de etiqueta, el exhibicionismo galante o el placer sencillo de la degustación. Coquetea con el sacrificio y el rigor marcial, con el abandono metafísico, con el cinismo del poder absoluto, con el folclor turístico que desdibuja la tragedia.

El tabaco incendia la casa del pensamiento. Su ceniza es el rastro de la idea, mientras las muecas de humo tienden un puente difuso hacia la región melancólica, vapor de agua que dibuja charcos grises en el aire grave del fumador.


Hay una historia de la Revolución cubana a través del tabaco. La primera fase, mítica, tiene su representante en Guevara. La segunda fase, despótica, encuentra su imagen en las francachelas de los coroneles y generales, veteranos de África, que ríen a mandíbula batiente, blasonan de sus muchas amantes regadas por la isla y manejan el país como si fuera su finca. Pudiera pensarse que la tercera fase, el réquiem, le corresponde al turismo, los dólares y la prostitución, al Festival del Habano, a las cajas de Cohíba en las estanterías de las terminales de aeropuerto y en las tiendas de los hoteles de Varadero. En esa tercera fase, el tiempo mítico ha quedado convertido también en mercancía, de ahí que una boina roja con la cara de Guevara comparta repisa con los lotes de Partagás o Romeo y Julieta, quedando así subsumidos los cataclismos históricos en la amarga ironía de las ferias de artesanos.

«Todos sabemos que el lujo, la golosina, la estética y el snobismo de fumar tabaco, están ciertamente asociados con estas tres sílabas: Habana».

La primera fase termina en octubre de 1967, en Bolivia. El fin de la segunda fase comprende el período que va de 1986, cuando Fidel Castro decide dejar de fumar, hasta 1989, con el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, al que acusan de traición a la Patria por entrar en negociaciones con narcotraficantes del grupo de Pablo Escobar, supuestamente sin el consentimiento de los líderes de la Revolución. La tercera fase, en cambio, no concluye todavía, y es por eso que yo creo, contra toda evidencia, contra la dictadura de lo real, que la tercera fase no tiene rostro, es anónima, o bien su rostro no tiene facción alguna, tal como no pueden tener facciones esos aturdidos hombres famélicos que se acodan en la barra de cemento de una cafetería estatal, con un radio de fondo mal sintonizado, y compran un tabaco por un peso cubano, o dos tabacos o tres, y los tabacos que no van a fumarse en el momento los guardan en el bolsillo deteriorado de la camisa. En las monedas con que pagan puede verse todavía la recia cara de espanto de José Martí.

Hay una cuarta fase permanente, oculta. Es la fase oblicua. No se puede decir de ella que ha sucedido, ni que está sucediendo o que va a suceder. No puede medirse dentro de esa materia causal, ni hay medida alguna que pueda hacérsele desde el exterior, ni tampoco desde ninguna otra parte, porque una vez accedes a la fase oblicua, has dejado ya de medir y contabilizar, y no tienes siquiera herramientas para llevar a cabo ese ejercicio. Los eventos asociados establecen ahí su propio concubinato, tráfico de infidelidades en una región de asombro. Se trata de «la forma en devenir en que un paisaje va hacia un sentido». Esta es la fase, que nadie sabe cómo, o por qué, en la que fuma su tabaco el señor Lezama Lima.


Dice García Márquez que Fidel Castro «dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo». Parece un elogio, un gesto que habla de su rectitud, pero se trata de una finta publicitaria que en la complicidad del escritor colombiano encuentra su más célebre divulgador. En su cargo de jefe de Cuba, Castro fue un hombre que en realidad actuó como alguien que combatiera el tabaquismo entre calada y calada, algo así. Expulsaba el humo y seguía hablando en televisión. Sus imágenes de fumador revelan esa suerte de desparpajo cruel, de irritante descaro. Dejó el vicio a los 59 años, por lo que no hay fotos suyas de viejo fumador. En todas, resalta cierta plenitud física, alguien que sabe que es dueño de tanto como ningún hombre merece. Ha sobrevivido, dicen, a un atentado de la CIA, que buscó envenenar su tabaco a inicios de la Revolución.

A veces tiene cara de villano. Muerde el Cohíba en la esquina de la boca, los ojos alucinados, las cejas y la barba enmarañadas, su uniforme de campaña. A veces tiene un aire pensativo. Quizá se trata de uno de esos momentos en que medita luego de pararse frente al mapa de operaciones de Angola o Etiopía, sus tropas en el frente de batalla, viéndose como un Napoleón del Tercer Mundo, como un mariscal No Alineado. A veces fuma extasiado, o con los lentes en la cabeza, mirando por encima del hombro, u oyéndose incesantemente decir cosas a los demás, cualquier cosa, admirando el biceps de su retórica inflamada. Sin embargo, la risa resume su lugar en la historia, el sitio al que más consistentemente pertenece, porque señala la piedra de toque del tirano: el costo de su frivolidad. Puede estar riéndose de su propio chiste del momento, pero al final, si se ríe o se burla, el tirano siempre parece reírse o burlarse de sus víctimas.

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Aunque combatió el tabaquismo, Fidel Castro se convirtió a partir de los años noventa en uno de los embajadores del habano para el mercado internacional. Esa imagen de su risa pasó a formar parte de la galería idiosincrática que Cuba intentaba rentabilizar. En algunas de las vallas proselitistas que abundan en las carreteras cubanas, o en algún cartel de algún aeropuerto, el aparato de propaganda y publicidad que giraba alrededor de Castro y del tabaco como emblemas de exclusividad bien pudo haber puesto una foto suya acompañada de esta línea sufrida de Contrapunteo…: «El tabaco lleva orgulloso, hasta que muere, el anillo de su marca; sólo en el fuego del sacrificio quema su individualidad y la hace cenizas para ascender a la gloria».

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Collage por Azuma Makoto.

Eso no fue lo que sucedió. En agosto de 2016, el reconocido torcedor Jorge Cueto terminó un habano de 90 metros en conmemoración del 90 cumpleaños de Castro. Fue un tabaco hecho para fumárselo en la muerte, porque tres meses después Castro fallecería. Naturalmente, ningún hombre puede fumarse un tabaco de esa dimensión, torcido para la boca de la megalomanía, no del ocio o el placer.


José Lezama Lima murió en 1976, en la plenitud del tiempo despótico del tabaco. Su fase oblicua no era ya permitida, de ahí que la muerte lo sorprendiera acompañado casi únicamente por la multitud de sí mismo. Es vigilado, apartado y censurado. En Paradiso, el hombre que escribió como si fuera esa la primera vez que el castellano se usara, o como si fuera la última vez que el castellano se fuese a usar, dejó también un diagnóstico del drama de la Revolución: «El animal fuerte, poderoso, resistente, que ríe con el testuz lleno de frutas y pájaros insulares, obliga el ámbito al sofoco. Pero solo nos separamos, en una dimensión de superficie, de aquello que sabemos que es una fuerza, demasiado oscura, indomeñable para nuestra progresión. Pero el animal fuerte, toro del demonio, un tanto cegato, apenas precisa que alguien se le quiera separar, lo mima, se encariña con él, de noche revisa las piezas para comprobar el pequeño adormecido (…) En el animal poderoso, la conciencia de lo que se quiere separar es el nacimiento de un ojo. Entonces siente al lograrse la separación, la pérdida de un tentáculo de sensibilidad. Y brama rizando el cielo. Es una hermosa pelea. El espíritu de la separación es instantáneo y por eso llora. Al realizarse tiene que estar ya en otro banco de arena. Su capacidad para los comienzos es pobre, se engendró en un contraste. Desaparecida la bisagra de las constataciones, es un fantasma gimiente. El cierre de la ruptura, de la separación, es lo implorante, y por eso, lo que usted cree, antaño lo eran, que son cantos guerreros, ahora es salmodiante, son cantos de imploración».

El uso de las comas responde a las pausas de su respiración asmática, linaje al que, desde Séneca hasta Proust, le interesaba pertenecer. No así al linaje de los fumadores de habanos. En sus fotos de fumador, Lezama no tiene ningún aura, no se desprende de su porte ninguna categoría económica o política, solo el misterio de la costumbre, el desfile de las sombras cotidianas. Aunque puede trazarse un arco dramático que va desde la mirada enciclopédica hasta cierto desvanecimiento sensual, sus fotos parecen responder todas a los versos serenos de Lope: «Tome un poco de tabaco, se le quitará el enojo».

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Otro asmático fumador es Guevara. Cuando murió, cerrando así la fase del tabaco como tiempo mítico de la Revolución, Lezama lo llamó en una elegía en prosa un Viracocha con «afán de Holocausto». Es difícil encontrar una línea que defina con más exactitud lo que Guevara era. De él puede decirse lo que dijo Blanchot de dos ilustres jacobinos: «La virtud de Robespierre, el rigor de Saint Just, no son más que su existencia ya suprimida, la presencia anticipada de su muerte, la decisión de dejar que la libertad se afirme en ellos y niegue, por su carácter universal, la realidad propia de su vida. Tal vez hagan reinar el Terror. Pero el Terror que encarnan no proviene de la muerte que dan, sino de la muerte que se dan. Llevan consigo sus rasgos, piensan y deciden con la muerte a cuestas, y por eso su pensamiento es frío, implacable, tiene la libertad de una cabeza cortada».

«El tabaco no tiene nada que ver con la felicidad, el glamour o la usura».

En 1965, la noticia de la enfermedad grave de su madre sorprende a Guevara en la guerrilla del Congo. Ahí escribe una suerte de relato llamado La piedra. «Tenía deseos de fumar y saqué la pipa. Estaba, como siempre, en mi bolsillo. Yo no perdía mis pipas, como los soldados. Es que era muy importante para mí tenerla. En los caminos del humo se puede remontar cualquier distancia, diría que se pueden creer los propios planes y soñar con la victoria sin que parezca un sueño; solo una realidad vaporosa por la distancia y las brumas que hay siempre en los caminos del humo». Lo embarga la tristeza, pero aun así destaca su férrea, draconiana disciplina, que lo distingue de sus soldados y le permite establecer la casta a través del padecimiento. Sigue siendo, además, esclavo de un optimismo que degenera en consigna programática, asfixia de la vida en el socialismo real.

La aventura revolucionaria en África es un caos, pero Guevara se resiste a reconocerlo. Su madre muere finalmente ese mismo año, un año que ha comenzado con su regreso a La Habana desde Argel y con su conversación definitiva con Fidel Castro, la conversación en la que le entrega la carta de despedida que Castro lee ahí mismo, antes de que se acabe 1965, sin esperar un segundo más. Se cierran las puertas para Guevara, que se ha vuelto enemigo de los soviéticos y, por tanto, ya no conviene.

Justo en la embajada cubana en Argel, Guevara había descubierto una vez un volumen del teatro de Virgilio Piñera en el librero del embajador. Iracundo, había tomado el libro y lo había arrojado contra la pared, diciendo que era el libro de un maricón. No es descabellado pensar que un libro de Lezama habría corrido con la misma suerte. De hecho, así como ese gesto se convierte luego en política cultural, el gesto fundamental de la fase despótica del tabaco, el libro no es solo de Piñera, sino que es una literatura en sí, todo un hábito que va a suprimirse, a castigarse.

Quedan, danzantes, el fumador anónimo, el fumador suicida, el fumador oblicuo, el fumador imperial. Cuando la ceniza acumulada se alzó finalmente sobre todos como cuatro paredes irrompibles, Lezama escribió en Fragmentos a su imán, su último poemario: «De la contradicción de las contradicciones, / la contradicción de la poesía, / obtener con un poco de humo / la respuesta resistente de la piedra…».

Este artículo hace parte de la sexta edición de VICE en Español, Planta: Latinoamérica desde la raíz, en la que tratamos de entender las relaciones que como latinoamericanos tenemos con estas plantas maestras. En los enlaces puedes leer las historias sobre peyote, chile, amapola, coca cacao, ayahuasca y marihuana.