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“Vaya Fauna”: Telecinco trata a los animales como payasos

Lo de meter animales en televisión no tiene ninguna gracia. Nunca la ha tenido.

Todas las imágenes de Telecinco.

Tengo un gato. Neko. Está gordo, le gusta tocar los cojones de vez en cuando y solo deja que juegues con él cuando le viene en gana. Pero creo que quiero al bicho lo suficiente como para no incomodar su apacible vida más allá de algunos caprichos puntuales: cortarle el bostezo con el dedo, apartarlo del sofá si ocupa mi espacio y en alguna ocasión tardar más de la cuenta en cambiarle la arena de su casa. Minucias si lo comparamos con esos propietarios de animales que viven convencidos de que su mascota es un payaso con cuatro patas (dos si tiene alas) al que pueden marear, adiestrar y pasear por los platós de televisión para ganarse unos euros de los que el animal, evidentemente, no recibirá ninguna comisión. Imaginarme a mi gato en un plató de televisión, rodeado de focos, gente aplaudiendo, idiotas acercándose y haciéndole caricias y otros bichos cual cásting de "Juego de tronos" no solo me horroriza, sino que me parece un atentado clarísimo contra su estabilidad emocional. Pero es que imaginarme a Neko en los brazos de uno de los Gemeliers mientras este le suelta alguna memez se convertiría en un trauma del que nunca podría resarcirme.

Ayer se estrenó en Telecinco "Vaya Fauna", un talent show que tiene como protagonistas a diversos animales y que presenta Christian Gálvez. La mecánica es sencilla: sus propietarios llevan la mascota a la tele, le hacen ejecutar todo aquello que le han enseñado durante horas y exhiben orgullosos su hazaña mientras un jurado, con mucha probabilidad el jurado más decadente que uno es capaz de recordar en un talent show, integrado por Soraya Arnelas, Yolanda Ramos, los Gemeliers y un señor que no tenía el gusto de conocer, expresan todo tipo de comentarios rutinarios, de trámite, para pasar cuanto antes el mal trago y pasar el cepillo como es debido. La presencia de Gemeliers es especialmente incómoda para el telespectador medio, el que no simpatiza con su propuesta musical: no tengo nada en contra de los dos chavales, pero si en su lugar el programa hubiera colocado dos columnas de cemento no solo no hubiera pasado nada, sino que creo que muchos lo hubiéramos agradecido. En cualquier caso, Gemeliers no es el problema más gordo aquí. Ni el jurado. Ni que el programa parezca hecho con prisas y sin ningún miramiento técnico y formal (micros que aparecen, vídeos de interludio que podría haber dirigido Stevie Wonder y montado el batería de Def Leppard). Ni que, en definitiva, sea un producto menor que viene con la intención muy clara y definida de llenar huecos en la desolada parrilla veraniega.

El problema, evidentemente, es su concepto y su contenido. Servidor tiene poca conciencia política y muy poco ímpetu activista, pero si hablamos de televisión, territorio más cercano, uno de los eternos vicios de la pequeña pantalla que siempre me ha tocado la cresta ha sido la utilización de los animales para armar jaleo y montar el show. No sé, supongo que para eso ya está el circo, y así le está yendo al circo convencional en el siglo XXI, quizás porque la gente se ha cansado de pagar entradas por ver animales castigados, cansados y ajados por la vida en la carretera, los latigazos y otro tipo de cuidados que prefiero no imaginar para no sentirme aún peor de lo que ya me siento cuando veo algún cartel anunciando la llegada de un circo a mi ciudad. El circo siempre me ha parecido triste, deprimente y doloroso, pero entiendo que así está montado este espectáculo y que quien paga una entrada ya tiene claro qué es lo que va a ver y en qué condiciones. Pero la tele es otra cosa: nunca he entendido la necesidad que tiene un programa de meter a un animal en su plató para rellenar diez minutos de escaleta. Nunca he tenido claro si te compensa sufrir todos los quebraderos de cabeza logísticos que entraña el traslado de un bicho, y no digamos ya cuando se trata de bichos pesados y de gran tamaño, a un plató de televisión para que alguien haga alguna gracieta que, además, pocas veces acostumbra a tener gracia. La cosa no es nueva, amigos de la tele: lo de meter animales en televisión no tiene ninguna gracia. Nunca la ha tenido.

Pero lo de dedicar un espacio íntegro al tema ya es rizar el rizo. No soy director ni jefe de programas, pero estoy seguro que se pueden hacer decenas de programas hablando del mundo animal sin convertir al animal en un mono de feria y con mucho más trasfondo de denuncia y concienciación. Lo digo porque detrás de los pequeños shows que cada animal ofreció ayer me pareció entender que "Vaya Fauna" intentaba darle una coartada social hablando del maltrato animal y otros aspectos relacionados. Fue algo muy tangencial y, lo siento, en ningún caso se convirtió en el leit motiv del programa, que nadie intente venderte la moto, ya que tiene más interés en enseñarnos a un oso tocando la trompeta o en un periquito introduciendo botones en una urna que en alertar a la sociedad sobre el drama del abandono o los maltratos. También lo entiendo: lo que busca este producto es el entretenimiento y no sacudir conciencias. Otra cosa es que su concepción del entretenimiento para muchos se convierta en un penoso espectáculo circense que provoca más incomodidad y pena que diversión y alegría. La imagen de un oso en medio de un plató tocando la trompeta es demoledora, la sublimación absoluta del punto más bajo al que podemos llegar para venderle algo de entretenimiento al espectador. Y qué decir de la gran ocurrencia de Soraya Arnelas al acabar el numerito de una cerdita: "¿Alguna vez has comido cochinillo de Segovia?", le preguntó al propietario, ante la carcajada general de un público autómata que se hubiera reído con el mismo ímpetu con cualquier otra gilipollez. Todo muy penoso. Resumen muy desagradable de todo lo que aporta "Vaya Fauna".

Basta echar un vistazo a algunos de los propietarios que acompañaban a sus mascotas para darte cuenta de todo. Tipos que se toman tan en serio todo esto, y en líneas generales la competición de ser el mejor adiestrando a una pobre cerdita, que al final acababas sintiendo pena tanto por el bicho como por el amo. Por el bicho porque en ningún momento ha pedido estar ahí, haciendo el imbécil ante la atenta mirada de Gemeliers y porque te queda claro que para llegar ahí ha habido horas y horas de entrenamiento y sometimiento que no sabemos si la mascota de turno ha disfrutado. Lo dudo. Y pena también por el propietario, porque más allá del cariño que le pueda tener a su mascota, y que nadie pone en duda, te preguntas si no hubiera sido más útil e inteligente dedicar tanto esfuerzo, entrenamiento y sacrificio para otros menesteres. Adiestrar a un perro para educarlo y mejorar su rendimiento es una cosa; adiestrarlo para que este haga el payaso en la televisión y, de paso, tú te lleves unas monedas es otra muy distinta. Quién sabe. Quiero pensar que en el fondo este artefacto televisivo forma parte de un plan orquestado por el colectivo animalista: la toma de la conciencia definitiva, el toque de atención fulminante, la necesidad de abrirle los ojos a la sociedad mediante el esperpento, el ridículo y la perversidad absoluta del ser humano. Y es que estoy convencido de que ante el demencial show que proyectaba nuestra pantalla ayer por la noche muchos televidentes se apresuraron a achuchar a sus mascotas para sentirse algo más reconfortados con este mundo.