La hermana de Virginia Woolf: una artista que practicaba el matrimonio abierto
"Self-Portrait" by Vanessa Bell, courtesy of Dulwich Picture Gallery
Identidad

La hermana de Virginia Woolf: una artista que practicaba el matrimonio abierto

Los lazos familiares y la provocativa vida amorosa de Vanessa Bell han ensombrecido su talento desde siempre, pero una nueva retrospectiva está tratando de rectificar ese desequilibrio.
9.3.17

Cuando entré en la exposición sobre Vanessa Bell que se exhibe en la Dulwich Picture Gallery en Londres, mi mirada se vio atraída en primer lugar no hacia los cuadros, sino hacia una hilera de camisas de color azul brillante. Cuatro estudiantes de uniforme permanecían frente a un retrato del célebre pintor Duncan Grant. Cada uno de ellos sostenía un bloc de dibujo idénticamente grande y paquetes de gruesas pinturas pastel. En el retrato que estaban copiando, Grant se mira en un espejo, con una toalla alrededor de la cabeza. Es un momento íntimo y reservado, una versión doméstica de La Venus del Espejo. El texto que acompaña la pintura especula que Grant podría estar a punto de tomar un baño de vapor para librarse de un resfriado.

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Estos jóvenes estudiantes ―supervisados por un pasivo profesor de arte que permanecía de pie en una esquina de la sala― parecían completamente absortos por los cuadros de Bell. No creo que se les pasara por la cabeza que estuvieran haciendo bocetos de nada escandaloso, mientras trabajaban concentrados con sus pasteles. Imagino que no eran conscientes de las escandalosas asociaciones que conlleva el nombre de Bell: su matrimonio abierto con el crítico de arte Clive Bell, las fotografías que hacía de sus amigos y sus hijos desnudos, su romance poco ortodoxo con Duncan Grant (que sobre todo se acostaba con hombres), su progresista ética sobre el amor libre y su reputación como la "diosa doméstica" del mundo queer de Bloomsbury.

No podía decirse lo mismo de los adultos que había en la galería. "¿Por qué piensas que se la ha ignorado durante tanto tiempo?", susurró en voz alta una mujer anciana a su compañera más joven, "¿Es porque es una mujer, o porque no destaca de entre la media?".

"Creo que es por la vida que llevó ", contestó la otra mujer.

Y menuda vida. Bell nació con el nombre de Vanessa Stephen y creció en Hyde Park como hermana mayor del respetado catedrático Leslie Stephen y la musa prerrafaelita Julia Stephen. Haber nacido en un entorno tan privilegiado quizá le permitió liberarse de las tradiciones. En sus escritos, Bell describe cómo a una edad muy temprana intentó deshacer el ambiente victoriano que reinaba en su casa, ocultando las reliquias familiares y reclutando a su hermano para que la ayudara a descolgar la llamativa lámpara de araña que había en el vestíbulo. En 1904, tras la muerte de sus padres, Vanessa se adentró en el círculo de Bloomsbury junto a su hermana Virginia, para construir un mundo según sus propios términos.

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Un año más tarde, inspirada por sus viajes a París, Bell inauguró el legendario Club de los Viernes, un grupo de artistas cuyos miembros a lo largo de los años incluyeron a los artistas modernistas más influyentes de Gran Bretaña. Bell se forjó una reputación por su amor a las colaboraciones artísticas y a la organización de elaboradas cenas. En Bloomsbury, la órbita que rodeaba a las dos hermanas incluía a E. M. Forster, al economista John Maynard Keynes y, por supuesto, al crítico de arte Clive Bell y al escritor Leonard Woolf, sus respectivos esposos.

"Virginia Woolf, de soltera Stephen" por Vanessa Bell. Cortesía de la Dulwich Picture Gallery

Sacudiéndose los principios victorianos de castidad y fidelidad, Clive y Vanessa Bell abrazaron un matrimonio abierto y cada uno de ellos tuvo amantes a lo largo de su prolongada vida en común (aunque dejaron de vivir juntos alrededor del inicio de la Primera Guerra Mundial, siguieron siendo amigos íntimos y nunca se divorciaron). Aquel era un matrimonio abierto, tanto en su espíritu como en sus principios: un retrato de una de las amantes de Clive, Mary Hutchinson, una mujer casada famosa por su belleza, cuelga en la exposición. Y en otra sala cuelga un cabecero que la misma Bell diseñó para Hutchinson.

En 1918, Bell se mudó a Charleston, en Sussex, con sus dos hijos, el apuesto joven gay de Bloomsbury Duncan Grant y el amante bisexual de este, David Garnett. A pesar de la habitual preferencia de Grant por los hombres, él y Vanessa se hicieron amantes además de amigos, creando una especie de triángulo amoroso familiar en Charleston. Cuando Bell y Grant concibieron a su hija Angelica ―el tercer hijo de Bell―, Clive Bell la crio como si fuera suya junto a sus dos hermanos mayores. (Angelica finalmente se casaría con Garnett, que estaba ―para Grant y los Bell― un paso más allá incluso para su progresista gusto y fue una fuente de discusión constante entre Angelica y su padre biológico).

Era anti-belicista y estaba a favor de lo queer en el sentido de que practicaba el matrimonio abierto y utilizaba métodos poco convencionales para criar a sus hijos

Bell sentía pasión por elegir las cosas que le rodeaban, de modo que, aparte de pintar, también diseñaba y decoraba sus hogares. Aquello no suponía comprometer su arte por sus deberes domésticos, sino que tomaba su papel como madre, amante y ama de casa como facetas de su papel como artista, adaptando esas identidades para que se ajustaran a su vida creativa y rechazando los ideales del siglo anterior siempre que se interponían entre ella y sus propias convicciones.

Su obra en sí misma fue un reflejo de la femineidad victoriana, de las visiones conservadoras de la belleza y de las ideas convencionales de familia. Y ese desafío se extendía hasta su política. Bell fue, durante toda su vida, firmemente anti-belicista y veía las muertes sin sentido de la Primera Guerra Mundial como algo "idiota". Su visión de la sexualidad se considerarían progresistas incluso por parte de los conservadores de nuestro tiempo. En algunas cartas citadas por la comisaria Sarah Milroy en su presentación de la nueva monografía de Vanessa Bell, la artista arremete contra la moral y los prejuicios sociales de la clase alta en la que nació, burlándose de los "ricos respetables" y de sus ideas de lo que es un hogar "convencional". El crítico y también artista Roger Fry dijo una vez a Bell, "Tienes tanto genio en tu vida como en tu obra". La cuestión era que, para Bell, no había distinción.

Vanessa Bell. Foto cortesía de la Dulwich Picture Gallery

Para los artistas masculinos como Picasso, amigo de Bell, una vida personal rica y escandalosa solo sirve para incrementar el interés en la obra del pintor; se considera como un desbordamiento de la sensibilidad del artista masculino y una demostración de su deseo por la vida, en lugar de como una falta de seriedad. Para las artistas femeninas, sin embargo, es una desventaja y la poco ortodoxa vida de Bell ha servido como marca indiscutible de distracción a través de toda su obra. Se han exhibido cuadros individuales de Bell en el Metropolitan Museum of Art, la Tate y la National Portrait Gallery, así como en exposiciones acerca del círculo de Bloomsbury en conjunto, pero a diferencia de sus compañeros Grant y Fry, Bell nunca había recibido la oportunidad de protagonizar una exposición únicamente con su obra.

La retrospectiva de Milroy e Ian Dejardin es desafiante en su presentación de Bell como artista y no como musa. En una entrevista concedida a Broadly, Milroy afirmó que ella y Dejardin no deseaban "enviar a la gente al interior de la misma madriguera de siempre: Vanessa como musa, Vanessa como belleza, Vanessa como diosa doméstica. Todo gira en torno a su juicio, su inteligencia, su ingenio, su conocimiento de la historia del arte. Esas son las cosas que realmente deseamos transmitir".

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Y hay mucho que celebrar del estilo de Bell, que toma los mejores elementos de Modigliani, Sargent y Matisse y los transforma mediante cierta alegría en su toque, como la primitiva diversión de una pintora para quien pintar no era una disciplina separada de la vida, sino algo bien incrustado en ella. Con su manipulación del color y la textura, Bell puede mostrarnos la miopía del protagonista de uno de sus retratos mediante pequeños toques de color azul, o la devoción de otro por tocar el piano mediante rápidos toques de gris pardo en sus manos. En un retrato de su hermana Virginia, Bell nos muestra, mediante un difuminado, la mirada distraída de una persona depresiva perdida en sus pensamientos.

Cuando pregunté a Milroy acerca de la decisión de crear esta exposición justo ahora, me describió el momento como "fortuito", ya que se ha inaugurado en los momentos posteriores a la onda expansiva del Brexit y la elección de un presidente norteamericano abiertamente misógino. "Más allá de sus capacidades como artista, era anti-belicista y estaba a favor de lo queer en el sentido de que practicaba el matrimonio abierto y utilizaba métodos poco convencionales para criar a sus hijos. Estaba muy abierta a la mentalidad continental", indicó Milroy. "En cierto modo su círculo de artistas y pensadores británicos estaba muy abierto al mundo y también estaban muy abiertos entre ellos. Eso supone un faro hacia el que navegar en estos tiempos turbulentos".

"La otra habitación", por Vanessa Bell, cortesía de la Dulwich Picture Gallery

Si repasamos la vida y el arte de Bell, resulta difícil no sentir que, en cierto modo, no hemos progresado demasiado en nuestra opinión sobre las mujeres. Seguimos preguntándonos, "¿Pueden las mujeres tenerlo todo?" en lugar de, "¿Pueden las mujeres tener lo que quieren?". A menudo seguimos considerando lo doméstico como un espacio de intelecto disminuido, la maternidad como un inconveniente para el trabajo y la femineidad en sí misma como una carga.

Algunos de los cuadros más poderosos de la exposición sobre Bell son los de temática más doméstica y "femenina". En especial, su Naranjas y limones (1914), que muestra el deleite visceral que Bell sentía por un ramo de flores que le entregó Grant y su Interior con la hija de la artista (1935), que muestra a su hija Angelica leyendo en la biblioteca familiar llena de superficies, tejidos y objetos cotidianos diseñados y escogidos por la misma Bell. Interior con la hija de la artista abarca gran parte de lo que más impacta de la obra de Bell: su capacidad para elevar la denigrada labor de ser madre y ama de casa mediante su práctica creativa. Bell no da la sensación de ser una madre que encuentra algún modo de crear arte, o una artista que se toma tiempo para ser madre. Ella es ambas cosas, simultánea y gloriosamente.

"¿Por qué existe la tan masculina presunción de que las mujeres no emplean realmente el cerebro en el espacio doméstico, que en cierto modo tenemos un cerebro para trabajar y un cerebro con el que criar a los hijos que no tienen ninguna relación entre sí?", preguntó Milroy. "Estas cosas se enriquecen, se filtran, se entrelazan y se modifican entre sí. Ese es uno de nuestros mayores puntos fuertes: tenemos los pies hundidos en el lodo de la vida y eso conforma el modo en que lo percibimos todo, desde el arte hasta la política. Todo. Y Bell encarna este hecho".

Paseando por las salas de la galería me di cuenta de que había pasado por delante de una de ellas sin darme cuenta. Entre dos partes de la exposición hay un mausoleo con altos pilares y una única ventana con el cristal tintando de color amarillo membrillo en la parte superior, que inunda las piedras grises de una tonalidad dorada. En el mausoleo no hay cuadros de Bell, pero conforme entré vi dos estudiantes de camisa azul acurrucados en un lateral, inclinados sobre sus blocs de dibujo. No podía ver qué estaban bosquejando, hasta que uno de ellos miró hacia arriba, hacia el centro de la habitación, donde una niña pequeña con una camiseta de color naranja vivo y leggings rosas trataba de alcanzar una muñeca que se le había caído al suelo. El estudiante volvió a mirar hacia su bloc y continuó dibujando.

Vanessa Bell (1879-1961) se exhibe en la Dulwich Picture Gallery hasta el 4 de junio.