Narcos: plata, plomo y erotismo
Todas las fotos cortesía de Netflix
series

Narcos: plata, plomo y erotismo

La pólvora erótica de la serie sobre narcotraficantes colombianos ha ido ganando astucia con cada temporada, hasta alcanzar calibres orgásmicos.
netflix narcos plata o plomo

Aviso: cuidado que a partir de aquí hay algún que otro spoiler.

Cuerpos calientes atravesándose mutuamente mientras las balas perforan camisas floreadas; gemidos con acento latino y sangre hirviendo hasta derramarse sobre montañas de coca y billetes. En la tercera temporada de Narcos, a todas esas pasiones cruzadas de sexo y violencia se les añade el latido de un bolero capaz de encender cualquier ánimo, en un insinuante baile que desnuda muchas más cosas de las que podíamos imaginar. Pero no nos excitemos antes de tiempo: mejor nos ubicamos un poco antes.

Publicidad

Pablo Escobar ha muerto, ¡larga vida al Cártel! Quien pensara que con la desaparición del gran padrino del narcotráfico colombiano los decibelios dramáticos de Narcos iban a bajar un solo ápice, se equivocaba del todo.

Pablo Escobar interpretado por Wagner Moura

Tras la muerte de Escobar y la caída de Medellín, un nuevo imperio criminal toma el relevo para ponerse al mando del contrabando de cocaína: el Cártel de Cali. En esta tercera temporada, cuatro capos colombianos, liderados por Gilberto Orejuela (Damián Alcázar), alcanzan la cúspide del éxito multiplicando exponencialmente las operaciones de tráfico de droga desde Latinoamérica a Estados Unidos. La irrupción de los Caballeros de Cali en el trono del crimen cambian el escenario por completo: atrás quedan los alardes mediáticos de Escobar, su política del miedo y las oleadas de atentados narcoterroristas. Los nuevos dueños del negocio se manejan con discreción, extendiendo sus redes de sobornos y paraísos fiscales, y deshaciéndose de sus enemigos bajo las silenciosas aguas del río Cauca.

Las reglas del juego han cambiado en todos los sentidos, y también sus protagonistas, hasta tal punto que el acento sexual de la trama ha virado 180 grados.

El nuevo jefe: Gilberto Orejuela interpretado por el actor mexicano Damián Alcázar

Allí donde antes la serie se insinuaba con escenas de cama de movimientos toscos, acordes al rastro de violencia de la serie, donde el macho rudo gobernaba a una hembra hermosa que a su vez pretendía sacar provecho de él mediante sus encantos, la nueva entrega de Narcos alcanza un grado de desinhibición glorioso y sorprendente. El personaje encargado de encender esta pequeña revolución sexual es Pacho Herrera (Alberto Ammann), el cuarto al mando del Cártel de Cali y el sicario encargado de las conexiones internacionales en los años noventa.

Publicidad

Al ritmo de una dislocada versión de Dos gardenias, Pacho pone al rojo vivo la escena culminante del primer episodio de la nueva temporada, cuando, justo antes de acabar con un adversario en una fiesta, decide bailar el bolero y besarse con otro hombre, frente a toda la concurrencia del bar. Esa secuencia en la que Pancho da rienda suelta a su homosexualidad en el submundo machista y violento de la droga tira abajo el tablero de juego, y demuestra que las cartas han cambiado. De hecho, la escena ha alcanzado cotas de viralidad sorprendentes en muy poco tiempo, y ha dividido las opiniones en las redes sociales, ganándose infinidad de aplausos y, como no, destapando también patéticos comentarios homófobos.

Pacho Herrera cerrando negocios

En Narcos, el sexo siempre ha sido una moneda de cambio más, otro eje de poder en torno al cual los personajes danzan para conquistar sus intereses. Aunque por muchas razones consideremos el drama sobre narcotráfico de Netflix una lección de historia con algunas capas de brillo, es imposible leer las cargas de profundidad por las que se mueven sus protagonistas si nos alejamos del sexo. En Narcos, todo es plata, plomo y sexo.

A lo largo de sus tres temporadas, hemos podido apreciar como los pulsos de influencia del dramatis personae de la serie se mezclan con los placeres de la carne. Desde el agente de la DEA que se acuesta con su informadora hasta la despampanante periodista que convierte a Escobar en el Robin Hood colombiano previo "cameo" con el narcotraficante, la complejidad de los personajes siempre se ha entendido con su capacidad de seducción inmediata.

De hecho, aunque la acción principal de las dos primeras temporadas haya estado gobernada siempre por hombres rudos y lascivos, en realidad son las mujeres las que controlan con sutileza los designios de la trama. Las esposas y novias tienden a ser retratadas como hembras subordinadas e intimidadas, pero con el paso de episodios se puede ver como ganan influencia. La mujer de Pablo Escobar, Tata (Paulina Gaitán) ejerce sobre su entorno ese tipo de manejo silencioso, del que podemos esperar nuevas sorpresas como viuda en esta tercera temporada. Al fin y al cabo, bajo su aparente mansedumbre, la Tata Escobar dirigió algunos de los actos más despiadados de Pablo, instándole a hacer lo que fuera necesario para mantener su estatus de líder del narcocrimen.

El sexo es un reflejo del ansia de poder de los personajes de la serie, la manera en la que aflora la naturaleza de cada protagonista. Hasta aquí, los elementos de la ecuación eran simples: a los narcos les interesa únicamente el atractivo físico de las mujeres, y ellas saben llegar mucho más allá, consiguiendo el dinero y el poder que los señores de la droga les ofrecen. A partir de la tercera temporada las relaciones se hacen más complejas, sobre todo cuando se trata de acabar con algún enemigo pinche hijoeputa.