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El denigrante destino de los ‘infiltrados’: los refugiados africanos apenas tienen opciones en Israel

VICE News visitó el centro de reclusión para refugiados Holot en Israel, condenado por el Tribunal Superior de Justicia del país por inhumano. Israel rechaza casi todas las solicitudes de asilo.
Imagen por Tsafrir Abayov/AP

Aman Beyene mira al otro lado del horizonte. "La gente se va de aquí sólo cuando ya no hay esperanza en su corazón, sólo cuando sus espíritus están tan rotos que no les importa si viven o mueren", dice a VICE News.

Hace siete años Beyene huyó de Eritrea —uno de los regímenes más opacos y dictatoriales del mundo — donde fue detenido, golpeado y torturado en una prisión subterránea por las fuerzas gubernamentales. Cuando llegó a Israel, creyó que era un final feliz a un largo y peligroso viaje. "Pensé que había llegado a una democracia", dijo con una sonrisa irónica.

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Durante cinco años, al menos, el sueño se hizo realidad. Beyene encontró trabajo en bares, hoteles y restaurantes, hizo amigos, y aprendió hebreo. Tenía la esperanza de que algún día su esposa y su hijo podrían unirse a él.

Pero a mitad del año pasado, a pesar de que no había cometido ningún delito, a Beyene se le ordenó presentarse en Holot, un centro de reclusión en las remotas arenas del desierto de Negev de Israel.

Las condiciones del centro de reclusión del desierto, que está rodeado por una reja metálica, son sombrías. En verano las temperaturas llegan a 40 grados centígrados y en invierno caen en picado por debajo de los 0º. Los hombres duermen en literas, en habitaciones de 10. Las comidas son escasas. Los detenidos pueden salir, pero no pueden ir muy lejos. Deben registrarse tres veces al día para pasar lista y el toque de queda es a las 10 de la noche. La población más cercana, Beersheba, está a más de 70 kilómetros de distancia, a más 6 horas caminando.

Inaugurado en diciembre de 2013, el centro, que puede albergar hasta 3.000 refugiados, ha sido declarado ilegal por el propio Tribunal Superior de Justicia de Israel y ampliamente condenado por Human Rights Watch (HRW), el Observatorio de los Derechos Humanos.

Con cerca de 2 mil refugiados, Holot es la supuesta respuesta a lo que el primer ministro israelí llamó una "amenaza para el tejido social de la sociedad". Sin fecha de excarcelación, sin audiencias judiciales programadas, y con unas solicitudes de asilo que suelen quedarse sin respuesta o ser objeto de años de demoras burocráticas, la detención de los internos es esencialmente indefinida.

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Desde su apertura, el tribunal Superior de justicia de Israel ha ordenado ya dos veces que Holot cerrara sus puertas. La sentencia más reciente fue en septiembre de 2014 cuando el estado ordenó cerrar las puertas del centro en un plazo de 90 días, después de que un juez del tribunal Superior dictaminara que las dependencias son denigrantes y que violaban los derechos humanos de una manera "fundamental, profunda e íntegra".

Mutasim Ali, un refugiado de 39 años procedente de Darfur, en Sudán, acaba de celebrar su primer aniversario en Holot y se ha convertido en uno de los activistas más activos por los derechos de los refugiados en Israel. Aunque el cierro del centro de reclusión es una priorida, contó, el problema es mucho más profundo.

"Antes estaba concentrado en la reforma política de mi país, ahora me encuentro con que aquí debo de luchar por lo mismo", relató Ali a VICE News. "No se trata solo de un problema de Holot: el problema es el sistema. El gobierno de Israel se ha vuelto paulatinamente radical y a día de hoy está aceptado el racismo indiscriminado entre sus políticos".

Se calcula que hay alrededor de 63 mil refugiados en Israel, la mayoría de Eritrea y de Sudán, que logaron entrar justo antes de que Israel levantara una valla de acero de cinco metros en su frontera con Egipto, en 2012. Los legisladores de derechas israelíes llevan llamando de manera pública y diaria a los refugiados como "infiltrados".

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 Human Rights Watch informó en febrero que las autoridades han desarrollado un sistemático abanico de medidas represivas con el único objetivo de "arruinarles la existencia" y de "animar a los ilegales a que se vayan", en palabras del antiguo ministro del Interior israelí Eli Yishai, que también suscribe el actual ministro del Interior, Gilad Erdan.

A principios de este mes el próximo ministro de Justicia del país — quien ha sido descrito por los inmigrantes africanos como una amenaza para la identidad judía de Israel — acusó a los países europeos de financiar a ONG israelíes para que batallen por los derechos de los refugiados, después de una protesta masiva celebrada en el centro de Tel Aviv a principios de mayo.

Desde mitad de agosto de 2014 Israel ha rechazado la abrumadora cantidad del 99,9 por ciento de las peticiones de asilo procedentes de Eritrea y de Sudán; un contraste perturbador comparado con lo que sucede en el resto del mundo donde el 83 y el 67 por ciento de las peticiones, respectivamente, son aceptadas.

"Se trata de un problema de color de piel. Es porque somos negros", contó Ali a VICE News. "El gobierno mantiene el poder a base de implantar el miedo y proponerse a sí mismo como la solución. Los etíopes también están en su punto de mira… y no solos somos nosotros [africanos] quienes se encuentra con este problema", añadió en clara alusión al conflicto de los israelíes con los palestinos.

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Para los hombres retenidos en Holot solo hay una salida: aceptar una orden de deportación, ya sea a su país de origen o a un tercer país, generalmente Ruanda o Uganda.

Desde Junio de 2014 más de 6.700 sudaneses y eritreos han dejado Israel. Pero a pesar de que Israel sigue insistiendo en que su programa es "voluntario", los activistas por los derechos humanos aseguran que existen abrumadoras evidencias de que el estado somete a los refugiados a una durísima presión psicológica.

"La presión que ejercen es descomunal. Holot es un lugar denigrante para la gente, una especie de castigo mental que solo busca aplastar a los refugiados hasta que no les quede otra alternativa que largarse", declaró a VICE News Hagar Schechter, portavoz de ASSAF, una ONG israelí que trabaja por los derechos de los refugiados de guerra y de los que piden asilo. "Escapan de situaciones horribles, de durísimas guerras y dictaduras. Gente que ha padecido mucha violencia y que ha visto a sus familias morir es encerrada sin motivo. Nos confiesan que se siente como si no tuviesen futuro, como si ya no fuesen humanos".

Para eritreos y sudaneses, regresar a casa significa muy probablemente padecer muchos más abusos, sino la muerte. En un informe publicado el año pasado por HRW, se documentaban decenas de casos de ciudadanos que regresaban a Sudán — donde la mera visita a Israel se considera un crimen que puede castigarse con una pena de 10 años de cárcel — y eran detenidos, se les acusaba de espionaje y se les torturaba brutalmente.

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La suerte de aquellos que sean deportados a un tercer país en discordia, es igualmente tenebrosa. Mientras Israel ha reivindicado que tiene acuerdos suscritos tanto con Uganda como con Ruanda para acoger a refugiados políticos, los gobiernos de esos dos países aseguran que no existe acuerdo alguno, a pesar de que el gobierno israelí ya ha empezado a deportar.

"Conocemos de gente que ha ido lo que pasa en esos casos. Llegan con papeles firmados por los israelíes. Claro que esos papeles no les permiten quedarse por más de tres días" dice Ail. "Los israelíes meten a la gente en los aviones, pero a la que llegan son desposeídos de sus documentos o se ven obligados a pagar un chantaje para ser liberados de las prisiones con las que se encuentran allí. Se les abandona sin nada: ni dinero, ni papeles. Se convierten en apátridas".

Algunos de los deportados pasan mucho tiempo en Uganda y Ruanda. Aunque para la mayoría se trata solo de un trampolín rumbo a otro largo viaje por carreteras peligrosas, donde tendrán que cruzar fronteras ilegamente como pasajeros clandestinos. En cualquier caso, la mayoría nunca llegarán a aquel lugar soñado en que les espera una vida mejor.

A principios de este año Beyene vio un vídeo de un amigo suyo. Estaba de rodillas y llevaba una sudadera naranja, antes de ser ejecutado por guerrilleros yihadistas de Estado Islámico (EI) en las playas de Libia — un lugar de paso habitual para los africanos que intentan alcanzar Europa.

"Aquí los hombres se han quedado sin esperanza", asegura Beyene. "Cuando sienten que ya no les queda nada por perder, entonces se van; un hombre que no tiene nada, no tiene nada que perder".

Otros muchos prisioneros de Holot han desaparecido en acción. "La gente se va y a algunos ya no puedes volver a localizarles", relató Beyene a VICE News. "Lo mismo estén en el fondo del Mediterráneo; o puede que hayan sido capturados por terroristas; o quizá todavía sigan viajando. No tengo manera de saberlo. Lo único que puedo hacer es rezar porque se encuentren rumbo a una vida mejor".

Sigue a Harriet Salem en Twitter: @HarrietSalem