el laboratorio casero de Willem
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Este tipo pasó 4 años cocinando DMT en su casa

Willem produjo decenas de miles de kilos de DMT desde un laboratorio improvisado en su casa.
MA
traducido por Mario Abad
DS
traducido por Daniela Silva
31 Enero 2019, 11:30pm

Este artículo se publicó originalmente en VICE Países Bajos.

Willem* estaba agotado. Era tarde y él estaba en calzoncillos, de pie en medio de su laboratorio de DMT, que también hacía las veces de cocina. Llevaba 20 horas seguidas trabajando y estaba tan cansado que se le habían empezado a irritar los ojos.

Por quinta vez, agitó uno por uno los 32 tarros llenos de DMT cristalizado, agua y éter de petróleo. A menos de un metro de distancia, un huevo se freía en una sartén. De la tapa del tarro que Willem estaba agitando con las dos manos se escapaban hilillos de gas. Willem estaba en pleno proceso para elaborar, en una sola sesión, 25 gramos de DMT cuyo valor en la calle alcanzaría los 2250 euros. Le faltaba muy poco para terminar, pero se había quedado allí, mirando una llama encendida. Las manos le estaban ardiendo.

Rápidamente dejó el tarro y apagó la llama con un trapo. Un repentino e intenso olor a petróleo lo hizo mirar directamente a su barba chamuscada, y luego más abajo, a sus manos y brazos, ahora sin vello. Por un instante, lo único que fue capaz de hacer Willem fue observar el huevo arrugado mientras se echaba agua templada por los brazos. Poco después, echó el cerrojo al laboratorio y se fue a la cama.


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“Por suerte no me dejó cicatrices de por vida, pero me impresionó”, recuerda Willem. “Cuando ignoras tus límites trabajando muchas horas o haciendo muchas cosas a la vez, empiezas a cometer errores. Y en este negocio, los errores te pueden costar la vida”.

Muchas veces Willem trabaja toda la noche en la cocina, rodeado de vapores químicos que salen por la ventana y cuyo olor intenta enmascarar con incienso en el alféizar. Pero el dinero fácil hace que todo ese esfuerzo valga la pena. Durante cinco años ha formado parte de un mercado negro internacional de narcotráfico que solo en 2017 movió 18 900 millones de euros, según un estudio reciente llevado a cabo por la policía holandesa.

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Una remesa de DMT secándose en la cocina de Willem

Entre semana, Willem vive en una caravana en una granja de Brabante —una provincia en el sur de los Países Bajos—, donde trabaja desde hace unos meses cultivando fruta y hortalizas orgánicas. Los fines de semana, vive en una casa de verdad, en la misma provincia. Me enseña los dedos, cubiertos de tierra negruzca. “Cultivar es muy diferente a cocinar droga, pero estaba preparado para eso”, sonríe.

Hemos quedado en vernos cerca de su nuevo trabajo para hablar de la época en la que cocinaba DMT. Lo primero que quiero saber es cómo un chico de 26 años, educado y de aspecto pulcro, acabó formando parte de una red de producción a gran escala de drogas sintéticas a los 22 años. “Todo empezó porque me fascinaba la droga”, me cuenta.

Willem tenía 21 años cuando fumó DMT por primera vez. Le han fascinado las drogas psicodélicas desde que iba al instituto, pero siempre le había costado encontrar. Finalmente consiguió un poco. “La primera vez que la probé, noté cómo la sangre me fluía a toda velocidad por el cuerpo”, recuerda. “Respiré hondo, le di tres caladas y, antes de que pudiera dejar la pipa, ya estaba en otro mundo. El efecto es inmediato. Me quitaron de las manos la pipa y el encendedor y me dirigieron al sofá de un amigo con un empujoncito. Había perdido el control por completo”.

Willem recuerda que vio cómo todos los objetos de la estancia se separaban de las paredes y empezaban a volar. Mientras, sus amigos se retorcían, cambiaban de forma y flotaban hacia el techo. “No tienes tiempo de procesarlo, todo pasa muy rápido”, añade. “En un viaje así, no sientes miedo, sino una indescriptible sensación de conexión y amor. Pero cuando volví a la realidad, me cagué de miedo. Fue muy traumatizante y a la vez hermoso”.

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Una selección del material de cocina de Willem

La experiencia le causó tal impresión que se convirtió en una obsesión. Empezó a investigar los orígenes de la DMT para intentar comprender mejor su experiencia y durante sus pesquisas descubrió que incluso él —un exestudiante de Química— podía elaborar la droga en casa siguiendo unos sencillos pasos. “No es tan complicado provocar una reacción ácido-base, y en internet hay muchísimos tutoriales para hacer experimentos químicos caseros”, me explica Willem.

Por 150 euros, Willem compró el kit de iniciación necesario para convertir su cocina en un laboratorio de droga. “Hacer la primera remesa fue un jaleo”, recuerda. “Acabé con dos gramos de DMT. ME sentí muy satisfecho, aunque no sabía si funcionaría”.

Willem sabía que tenía que probar el producto él mismo antes de ofrecérselo a sus amigos. “La primera vez estaba muy nervioso”, explica. “Estaba en casa de un amigo con la que entonces era mi novia. Sabían que había estado trabajando en ello, pero cuando puse la DMT que había elaborado encima de la mesa, hubo un momento de tenso silencio. Decidí ir arriba y encendí una pipa con mi novia al lado. No sé por qué estaba tan seguro de que las cosas irían bien, pero lo estaba, y tenía razón. ¡Fue mágico!”.

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Pronto la casa de Willem estuvo repleta de frascos cónicos y DMT

Un año después, Willem terminó los estudios y se puso a trabajar como relojero. Trabajaba en un almacén cinco días por semana, lo que le permitió ahorrar los 1500 euros que necesitaba para comprar el equipo profesional para cocinar droga. Se pasó fines de semana enteros solo en casa, aprendiendo a cocinar DMT. “Empecé a sentir una gran pasión y fascinación no solo por la droga, sino también por la química”, recuerda. “Podía pasarme horas mirando cómo se cristalizaba la DMT en un tarro de vidrio. Es química convertida en pornografía”, dice con una sonrisa.

El sol empieza a ponerse mientras caminamos de vuelta a su caravana. “Cuando algo me fascina, me vuelco demasiado”, reconoce.

Pronto, todos sus armarios se llenaron de tarros con hidróxido de sodio, botellas de vinagre y enormes frascos con forma cónica. Por todas partes había jeringuillas para medir y carpetas rebosantes de recetas y notas. Willem se echa a reír mientras enumera todas las cosas que guardaba en casa. “Al principio era un desastre porque lo tenía todo tirado por en medio, desordenado. Al principio, los amigos que iban a verme flipaban un poco. Pero nunca lo mantuve en secreto, y al final a ellos también les parecía emocionante”.

Lo malo es que nadie quería comprarle a él. “La respuesta inicial fue decepcionante”, reconoce. “De vez en cuando algún amigo me compraba una sola dosis, y eso era todo. Una vez produje 300 gramos, que en la calle se venderían por 27 000 euros, así que me puse a buscar compradores mayores”. Willem no me explica cómo encontró a esos grandes compradores, pero sí me aseguró que contribuyeron mucho a mejorar el negocio. “Era muy distinto a los hippies y psiconautas a los que vendía antes. De repente empecé a tratar con empresarios de vedad, tipos ricos que siempre cumplían su palabra y respetaban nuestros contratos. Así empezó a entrar el dinero”.

Willem era cada vez más eficiente en su pequeña cocina y pasó de producir un tarro de vidrio a llenar 32 a la vez. “Eso implica añadir líquido 160 veces y agitar los tarros 3200 veces”, explica, haciendo cálculos en voz alta. “Llegó un momento en que dejó de ser una afición y se convirtió en un trabajo a tiempo completo. Tuve que aceptar que estaba infringiendo la ley a lo grande. Empecé a ser cada vez más consciente de que era un delincuente, y me gustaba esa sensación. Cuanto más profesional me hacía, mayor era el subidón”.

Ya en su caravana, aparcada en la propiedad de su nuevo empleador, pasamos a la parte más práctica del proceso. “Compraba la mayoría de las cosas en tiendas de bricolaje”, me explica. “La primera vez no me hicieron preguntas, pero cuando te presentas por décima vez para comprar cinco botellas de hidróxido de sodio, quieren saber para qué las estás usando. Esa sustancia se usa para elaborar prácticamente todas las drogas que existen, e incluso para fabricar bombas. A veces te piden que enseñes algún documento de identidad, por lo que me veía obligado a comprar en varias tiendas”.

Willem me enseña varios cuadernos de notas. “En mi caso, ya no se trataba de seguir un método establecido”. Tras investigar, experimentar y hacer cientos de anotaciones, Willem logró mejorar tanto las recetas como el proceso. También se especializó en la elaboración de una mezcla para fumar infundida con DMT llamada changa. “¡Es incluso más rara que la DMT!”, se jacta Willem.

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Ahora Willem baja la voz. “El tema de los residuos químicos es un poco problemático”, me cuenta. “Lo tiré por el váter solo una vez, pero me sentí muy mal por hacerlo. Otras veces lo ponía en bidones que luego dejaba en la calle, en una esquina. Pero eso tampoco está bien, porque le estás pasando el problema a otro. Pero cuando estás en el lado equivocado de la ley, poco puedes hacer”.

A los 24 años, Willem había conseguido suficientes clientes importantes como para dejar su otro trabajo y se dedicó de lleno a cocinar DMT en casa. Tenía que trabajar con las ventanas abiertas, por lo que el aire en las inmediaciones de su casa siempre olía a éter de petróleo. Willem temía que el incienso no fuera suficiente para enmascarar el olor y los vecinos empezaran a sospechar. Cada vez que alguien pasaba delante de su casa, se ponía muy nervioso y empezó a sentirse incómodo. “En esa época me volví muy paranoico”, recuerda. “Tampoco ayudaba la falta de sueño. Trabajaba sin descansar durante semanas, sin ver a mis amigos”.

Entrevistamos a un gurú español del DMT

Pronto empezó a sentir que el dinero no compensaba tanto estrés. “Pensaba que el dinero me haría feliz, pero hace tiempo que no siento eso”, dice. “Los tipos para los que trabajaba querían que produjera también speed o éxtasis. El plan era que me mudara a una casa perdida en medio de la nada que estaba equipada con un laboratorio y todo el material y los productos necesarios para la producción. Allí podría trabajar sin que nadie me molestara y ganar miles de euros al mes”.

Hace una pausa y traga saliva. “Para mí aquello era ir demasiado lejos. Quería dejarlo”, me cuenta. “He pasado mucho tiempo cocinando drogas e inhalando vapores químicos, corriendo el riesgo de que me pillaran o de quemar la casa. Quería ceñirme a la DMT y a los hippies. Cuando produces speed o cocaína, entras en contacto con una gente muy distinta”.

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Una bandeja de changa (izq.) al lado de una bandeja de DMT (en el medio). Un pequeño bote de DMT (a la derecha del todo)

Willem ha dedicado este último año a disolver su imperio de la droga. Sigue sin querer revelar para cuánta gente trabajaba, pero asegura que no le ha resultado difícil cortar las relaciones con esas personas. Entonces, ¿lo ha dejado para siempre? “La química siempre va a ser mi pasión, pero la época de cocinar a saco ya ha terminado”, explica. “Creo que he tenido suerte porque nunca me han pillado y tengo mucho dinero ahorrado, pero quería recuperar mi libertad”.

Y finalmente la recuperó, me cuenta, tras estudiar Agricultura y trabajar como horticultor. Willem estira las piernas, enlaza las manos detrás de la cabeza y observa la lámpara de aceite que hay sobre una pequeña mesa que hay fuera, frente a la caravana. Tiene que volver al campo a las 7:00.

*Se ha cambiado el nombre para proteger su identidad.