Ilustración por Mauricio Santos

Historias de amor que nacieron en diciembre y murieron en enero

Estas fechas son el terreno ideal para conocer personas y aferrarnos sentimentalmente a ellas.

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11 Enero 2019, 4:00am

Ilustración por Mauricio Santos

La época navideña renueva el amor por la familia y favorece el reencuentro con amigos, pero también acentúa la soledad. Por fortuna, estas fechas, repletas fiestas y celebraciones, son el terreno ideal para conocer personas a las que podemos aferrarnos sentimentalmente. En ocasiones la relación rinde frutos duraderos, pero en otros casos, una vez que el espíritu navideño se ha esfumado, se derrumba las primeras semanas de enero. Hablamos con algunas personas que obtuvieron frutos infames de su relación de amor iniciada a partir de un arrebato navideño para vencer la ansiedad del desamparo y no de un proyecto de amor trazado adecuadamente.

Victoria, 27 años

Trabajo como cajera en un banco. Una mañana de diciembre, un chico guapo y de unos 25 años, igual que yo, pasó a mi ventanilla para que le depositara un cheque. Creo que los dos sentimos atracción, porque la mañana siguiente lo tenía frente a mí. Como sabía que no habría muchas oportunidades para conocerlo, no dudé en darle mi teléfono cuando me lo pidió con el pretexto de tomar un café alguna tarde.

Durante algunas noches nos mandamos mensajes y hablamos por teléfono. La verdad es que me hacía ilusión comenzar el año con una pareja y en Navidad una tiene tanto amor que lo quiere compartir. Cuando pasaron las fiestas navideñas y los compromisos familiares, quedamos de vernos en el cine. Llegué a la cita y él ya estaba ahí, guapo como lo recordaba, aunque con el rostro desencajado, sorprendido de verme sentada en una silla de ruedas. Como mi trabajo lo realizo sentada, no notó ese detalle. A partir de ese momento, nuestro encuentro se tornó extraño. Algo en su mundo ya no funcionaba correctamente, pero aun así realizaba un esfuerzo por fingir que todo marchaba según sus planes.

Compramos palomitas, refrescos y pasamos a la sala, él empujando mi silla y yo cargando la comida. Nos sentamos delante, cerca del pasillo. Media hora después de comenzada la película, se levantó para ir baño y no volvió. Al principio no supe si reír o entristecerme, aunque al final hice ambas cosas. Casi al terminar la película me mandó un mensaje que decía: “Lo siento, soy una mierda de persona”. “No lo dudo”, fue mi mensaje final. Odio dar explicaciones, pero sí puedo caminar, mi problema es que en invierno el dolor lumbar me obliga a usar silla de ruedas para evitar más lesiones. Volví a mi coche en medio de la oscuridad empujando mi silla. El año acababa de empezar.


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Daniela, 26 años

Conocí a un tío en una fiesta de excompañeros de la universidad a principios de diciembre. Llevaba un año sin pareja y cuando comenzó a tirarme los trastos me dejé llevar; total, no tenía mucho que perder. Era agradable, le gustaba beber alcohol y fumar marihuana. Yo lo hago ocasionalmente. Las cosas iban bien y decidí invitarlo a una fiesta en grande que montamos en mi casa los primeros días del año para celebrar la llegada del año y el cumpleaños de mi madre, que es el tres de enero. No habíamos follado, pero digamos que era lo único que nos faltaba. Fantaseaba con llevármelo a la cama cuando la fiesta hubiera llegado a su fin y todos estuvieran muy borrachos como para darse cuenta de algo.

Nada salió como esperaba. A las tres de la madrugada él ya estaba muy borracho. Aunque ese no fue el problema, sino el comentario que me hizo, uno de los más asquerosos y enfermos que me han hecho. Tengo dos hermanas y no es por presumir, pero de mi madre heredamos un cuerpo exuberante: nalgas grandes, cintura pequeña y pechos redondos. “Pobre de tu padre, tres hijas y una esposa, todas buenísimas”, me dijo, “¿cómo lo hace para no querer tirárselas a todas a la vez?”. Después de eso fue a prepararse otra bebida. Me quedé helada, sintiendo ganas de vomitar por lo dicho y por la escena que durante dos segundos imaginé. Cuando me recuperé y sentí que podía hablar sin exaltarme y sacarle los ojos, le pedí que se marchara. El espíritu navideño te hace ir detrás de lo primero que pasa a tu lado.

Abel, 28 años

Estuve tres años en la cárcel por tráfico de drogas. Al llegar a reclusión tenía pareja, la cual me visitó un par de veces hasta que dejó de hacerlo y lo entendí, no es fácil visitar a alguien en la cárcel. Al salir, a finales de noviembre, quería divertirme pero también conocer a una mujer para no volver con mi expareja.

En los primeros días de libertad me reencontré con una amiga del instituto y rápidamente comenzamos una especie de relación que consistía en ver películas, besarnos y en darle sexo oral, aunque ella a mí nunca me lo hacía, y mucho menos follábamos. Como solo llevábamos unas semanas supuse que era cuestión de esperar. Pasamos Año Nuevo con mi familia y amigos y aunque no era mi pareja, sentía que teníamos algo seguro.

En mi familia son católicos y el roscón de Reyes es algo que nunca falta. La invité a comer y pasé a recogerla a su casa. Ya me había dicho que me dejaría la puerta abierta porque se estaría duchando en el segundo piso. Llegué en el coche de mi madre y entré en el salón sin hacer ruido.

La oí hablar por teléfono y sin querer oí lo que decía: “Me la chupa bien pero a mí no me gusta chupársela, quién sabe qué enfermedades habrá cogido en la cárcel, tal vez se lo follaron o se folló a alguien. Ya no quiero salir con él pero me da lástima, siento que adopté a un perrito y ahora que ya pasaron las fiestas de Navidad no sé cómo abandonarlo”.

Me senté en un sillón y me quedé tan pillado con sus palabras que no me di cuenta de que iba bajando la escaleras mientras continuaba hablando. De pronto gritó, asustada, ya que no esperaba verme ahí y porque sabía que lo había oído todo. Durante un instante, nos miramos sin decir nada. Le entregué las flores que le llevaba y me fui triste, con los testículos hinchados, a comer roscón.

Lorena, 23 años

Trabajaba en una pizzería y un día entró un chico nuevo. En diciembre se organizó el típico juego del amigo invisible, en el que durante varios días un anónimo te obsequia chocolates y chorradas baratas aunque al final, en la fiesta, te da un regalo un poco más caro. Desde un inicio supe que él era quien me dejaba cositas en mi mochila. Cuando terminó el juego, además de darme un perfume, me dijo que yo le gustaba y, aunque a mí él no tanto, accedí a salir con él.

Yo sabía cuánto ganaba y su manera de gastar no correspondía con su sueldo. Imaginaba que hacía algo ilícito pero no sabía exactamente qué. En el fondo eso me excitaba, me sentía en un película de acción navideña. En Nochevieja salimos de fiesta a un bar. Cuanto todo terminó caminamos al estacionamiento y ahí estaba mi exnovio, ebrio, saliendo de otro bar. Al verme me dijo: “Hola, mi reina”. El chico con el que iba lo cogió del cuello de la camisa, le dio un besito en la boca y le dijo: “A ti te voy a hacer mi reina”, después le dio un cabezazo y le rompió la nariz como si fuera un lápiz. Fue horrible el crujido del tabique y, lo peor, ahí estaba mi excuñada viendo todo con cara de espanto. No quise saber nada más de él y tuve que dejar el trabajo. Supe que el dinero extra que tenía lo ganaba entrando balas de contrabando de Estados Unidos a México. Con la imagen de mi exnovio sangrando inicié mi año.

Silvia, 30 años

En una fiesta de empresa conocí al amigo de un compañero de trabajo. Salimos unas siete veces y las cosas marchaban sobre ruedas. Era muy intenso en la cama y excelente persona, incluso en Navidad nos dio un regalo a mí y mi pequeño hijo. En Nochevieja hubo una reunión en mi casa y me propuso encargarse de la música, y se llevó su portátil y unos altavoces. La fiesta duró hasta entrada la madrugada del dos de enero. Hubo mucha cocaína y ganas de fiesta. Cuando por fin se fueron todos, me di cuenta de que se había dejado el ordenador y, sorpresa, su cuenta de Facebook abierta. Me llamó por teléfono y me dijo que pronto iría a recogerlo. Esa tarde yo tenía que buscar información en internet, pero mi hijo quería ver dibujos en YouTube y le dejé mi portátil y yo usé el de ese chico.

Llevaba dos horas en internet cuando ya no pude soportar tener su cuenta abierta y me puse a leer sus mensajes, no todos, solo los que me llamaban la atención. Semanas atrás había entrevistado a un grupo de chicas trans de un bar y precisamente con una de ellas había una conversación. Mi rollete le pedía verse para que lo maquillara, lo vistiera de mujer y le introdujera un juguete sexual que acababa de comprar. Ella le contestaba que tenía la agenda llena los próximos días pero que pronto lo recibiría. Él contestó con una carita triste de un ángel. Cerré la conversación.

No pude con eso. Cuando vino por el portátil me trajo un trozo de roscón. No supe cómo decirle que dejáramos de vernos y terminé mintiendo. “Me visitó el padre de mi hijo, los senos me huelen a semen”, le dije porque fue lo único que se me ocurrió. Cuando se fue me tapé los ojos con una mano y comencé a llorar mientras con la otra sostenía el trozo de roscón.

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Este artículo apareció originalmente en VICE LATAM.