El número del poder y el privilegio

No malgastes tus privilegios: inviértelos

Debemos, como dice la activista feminista negra Brittany Packnett, "usar nuestro privilegio".

por Blair Imani; ilustración de Kitron Neuschatz, y Lia Kantrowitz
22 Noviembre 2018, 4:15am

Este artículo aparece en "El número del poder y el privilegio" de nuestra revista.

Soy una mujer cisgénero de raza negra y con la piel clara. Soy bisexual y en teoría estoy manteniendo una relación de tipo heteronormativa. También, soy musulmana conversa y crecí asistiendo a todo tipo de comentarios antimusulmanes, que no iban dirigidos a mí. A la vez, participo en asociaciones que a la vez son antimusulmanas, homófobas, machistas y racistas pero a la vez puedo entrar en lugares reservados para personas ricas de raza blanca ya que mi piel es de tez clara y además tengo dinero. Mi situación es comparable a la de una persona blanca que se beneficia de la supremacía blanca, sin importar lo consciente que sea de esto. Es decir, también me beneficio de los sistemas de privilegios sociales incluso si trato de no ser cómplice.

De toda la vida, los permisos de acceso y oportunidad vienen definidos por la proximidad (real o percibida) de los sistemas de opresión: cuanto más “alejada” se perciba que estás del poder, entonces, más acceso tienes. Este fenómeno se comprende mejor si utilizamos el término “privilegio” para describir las ventajas o desventajas que se otorgan o se retiran a cierto tipo de grupo de personas dentro de las estructuras sociales. La comprensión actual que tenemos de los privilegios sociales se forma a partir del archiconocido artículo de la académica feminista Peggy McIntosh sobre los privilegios del hombre blanco, publicado en 1989.


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“Desde que la raza y el sexo no son las únicas características que dan ventaja en el mercado laboral también debemos examinar la experiencia diaria que supone tener tratos de favor en términos de edad, raza o físico así como ventajas de nacionalidad, religión u orientación sexual”. Dicho de otra forma: los miembros de los grupos marginados también pueden beneficiarse de los privilegios. Aquí se incluyen activistas como yo, o como tú mismo que te encuentras leyendo estas líneas.

Los privilegios se matizan y complican de esa forma.

Ahora voy a ponerte en contexto de cómo los privilegios han influido en mi trayectoria como activista. De niña, cuando veía a los activistas pensaba que serlo era sinónimo de protestar contra la Guerra de Vietnam. Creía que era ser una Pantera Negra como Angela Davis, que trabajaba para redistribuir la riqueza entre los más vulnerables de nuestras comunidades. Creía también que era ser como mis padres.

"Dicho de otra forma: los miembros de los grupos marginados también pueden beneficiarse de los privilegios. Aquí se incluyen activistas como yo, o como tú mismo que te encuentras leyendo estas líneas"

Mi madre que era una mujer de raza negra pero de tez clara, podría hacerse pasar por blanca siempre que quería. En nuestro mundo de instituciones dirigidas por personas de raza blanca y que sigue siempre los mismos cánones de belleza, las personas de raza negra que tienen la piel más clara resultan menos “amenazantes” para las estructuras de poder racistas que los miembros con la piel más oscura de nuestra comunidad.

La novelista y activista Alice Walker definió este “colorismo” como un prejuicio en favor de las pieles más clara entre grupos y culturas. En mi caso, yo era la que tenía la piel más clara de toda mi familia, más clara que mi madre, y ella se aseguró de que ningún tipo de bronceado o burla anularía la realidad porque gracias a mi color de piel las personas de raza blanca me consideraban “más aceptable”. Cuando íbamos a lugares públicos como el mercado o Disneyland, por ejemplo, éramos mi hermana pequeña (quien también tiene la piel más clara) y yo quienes recibíamos los clásicos de piropos de “Ay, qué niña tan bonita”.

Puesto que asumí la teoría del colorismo muy pronto, cuando me decían cosas como esa yo inmediatamente señalaba a mis hermanas mayores para recordar que ellas “También son bonitas”. Y cuando mis primas me decían que yo tenía “buen pelo” y no como mis hermanas que tenían el pelo “mal”, dejé de pasar tanto tiempo con ellas. Mi madre era muy firme, quería que nos olvidáramos de estos sistemas dañinos y que rechazáramos la teoría del colorismo incluso si eso se perpetuaba en nuestra propia familia.

Me enseñó que tener la piel clara no implicaba asimilación, sino una oportunidad para infiltrarse: podríamos trabajar para que nuestra comunidad fuera accesible para cualquiera, no sólo para las personas que tuvieran la piel más clara. En vez de ocultar la verdad o sumergirnos en la culpa por las oportunidades y permisos de acceso que los privilegios nos habían otorgado, por el bien de nuestra comunidad, debíamos hacer lo que decía la activista feminista Brittany Packnett: “Invierte tu privilegio”.

"Me enseñó que tener la piel clara no implicaba asimilación, sino una oportunidad para infiltrarse: podríamos trabajar para que nuestra comunidad fuera accesible para cualquiera, no sólo para las personas que tuvieran la piel más clara"

Desde muy pequeña me enseñaron que cualquier progreso de un individuo no debía ser acaparado sino en su lugar redistribuido por toda la comunidad. Mis padres esto lo hicieron de forma maestra. Mi padre, antiguo Pantera Negra en Los Ángeles, estudió y se graduó en la Harvard Business School. Como no podía acudir a filas en la Guerra de Vietnam, se unió a las Peace Corps y se dedicó a “limpiar baños y vacunar a niños” en Kenia hasta que más tarde abrió un centro de atención a personas con trastornos de desarrollo.

Cuando se inauguró, el centro de cuidado se consideraba radicalmente progresista por incorporar un modelo de comunidad integrada en vez de encerrarlos, que es lo que se sigue haciendo en muchas zonas de Estados Unidos. En aquellos días, cuando nos sentábamos en la cena de Acción de Gracias o Navidad, mi padre nos llevaba a su familia a las instalaciones de la residencia para que pasáramos tiempo con nuestra familia postiza. Lo que mi padre hacía era referirse a los usuarios de ese centro no como pacientes, sino como clientes, en parte para que entendiéramos que su trabajo no era únicamente una obra de caridad sino un servicio necesario.

Si echo la vista atrás me doy cuenta de lo revolucionario que era mi padre ante la salud mental. En vez de permitir que nos involucráramos en un voluntariado oportunista donde se siente lástima por las personas con discapacidad y se negaba la humanidad en busca de una señalización del problema, mi padre nos enseñó una forma sostenible de cuidar de las personas marginadas, cuidados que el Estado les sigue negando. He visto cómo las personas con estudios universitarios y potencial económico utilizaban su posición social para dejar de utilizar sistemas que explotan a las personas para así obtener más ganancias en su propio beneficio, dejan de utilizarlos para mejorar la calidad de vida de los demás. Aquí el privilegio no se ha malgastado sino que se ha invertido. Se ha redistribuido. Hoy en día utilizo estas enseñanzas para empoderar a activistas de raza negra (y tez oscura) como Mars Sebastian, Clarkisha Kent, Valerie Complex y Serena Sonoma.

Nos guste o no, todos disfrutamos de cierta cantidad de privilegios, que definen cómo se nos trata en el mundo y que tienen consecuencias directas en nuestra forma de actuar en nuestras comunidades. Nuestro deber es no sólo no entregarnos a este tipo de instituciones a expensas de nuestras familias y comunidades, sino desmantelarlas y alterarlas para compartir la riqueza.

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