El número del poder y el privilegio

Me acosaron sexualmente en mi primer trabajo

Y así descubrí cómo quería ser tratada.

por Angely Mercado; ilustración de Kitron Neuschatz, y Lia Kantrowitz
29 Noviembre 2018, 4:30am

Este artículo aparece en "El número del poder y el privilegio" de nuestra revista.

Empecé la universidad en 2010, apenas dos años después de que empezara la Gran Recesión. Antes de que empezaran las clases en otoño, busqué trabajo en todas las tiendas que existían. Ninguna contestó a mi solicitud, así que estuve de niñera y limpié casas por 10$ para financiar los manuales de la universidad y el resto del material.

En el segundo semestre, un antiguo compañero de clase me escribió para decirme que había una oferta de trabajo en una heladería tropical, pues necesitaban “chicas para repartir muestras” que hablaran varios idiomas. Eso es lo que me dijo. Parecía fácil y ganaría 9$ la hora haciendo turnos de fin de semana, bastante más de lo que había ganado hasta ese momento.

El primer día, tomé el tren al Bronx y me presenté en el supermercado que me habían dicho. Me puse en la zona de congelados con el fin de que los clientes se animaran a probar sabores como maracuyá y mango. Un trabajador del supermercado fue el primer en acercarse. Me pidió helado de coco así que le di uno, sonriendo. Se agachó y trató de degustar la muestra de la cuchara que tenía en mi mano. Sentí que la cabeza me iba a explotar. “Sólo estoy bromeando, cariño” se rió guiñándome el ojo y se llevó la cuchara de muestra al irse.


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Vinieron más clientes, un hombre muy alto con el pelo algo canoso. Cogió un poco de helado para la niña con la que iba, y uno para él. Me preguntó cuántos años tenía. No soy muy alta y por esa época, solía vestir con sudaderas, zapatillas de deportes y camisetas holgadas. Supuse que el señor pensaba que era demasiado joven como para estar trabajando ofreciendo muestras en el supermercado. “Tengo 18” respondí sonriendo. Así que él me sonrió y me dijo: “Entonces sería legal”.

Intenté escupirle una respuesta a la altura pero me sonrojé. Estuvo merodeando por el puesto de muestras un buen rato: me preguntó mi nombre. Me preguntó si trabajaba sola, afirmativo, pero le mentí. Cuando terminó mi turno, me senté un rato en el cuarto de baño para empleados, pequeño y asqueroso, antes de salir a la calle. Fui hasta la estación de metro comprobando si me seguían todo el rato.

Fui a trabajar el segundo día, luego el tercero y así sucesivamente los meses siguientes. Todos los días, me sentía expuesta cuando un trabajador o un cliente se acercaba. No podía abandonar la sección de congelados mientras estaba trabajando así que decidí evitar el contacto visual cuando alguien me miraba de reojo. Siempre que me sentía incómoda, trataba de consolarme a mí misma pensando que estaba ganando más dinero que nunca por lo que no estaba tan mal al fin y al cabo: sólo me estaban acosando, no me estaban toqueteando. Por supuesto, la gente me había repasado entera pero al menos no me habían agarrado nada, sólo la mano.

Un día, antes de mi turno, se me olvidó desmaquillarme. Un cliente de avanzada edad se acercó muchísimo a mi cara para decirme “bonitas pestañas”. Volví a casa y me quité el rímel con tanta fuerza que me arranqué algunas pestañas. Empecé a vestirme de una forma más descuidada y empecé a mentir sobre mi edad, diciendo que era más joven de lo que realmente era.

De esta forma, pensaba que la gente me respetaría un poco más por ser menor. “Me gustan las de dieciséis” afirmó un trabajador del supermercado cuando le comenté mi plan. Menos mal que tenía las manos en los bolsillos, y así las tuve hasta que se alejó, porque así no podía ver que estaba temblando. Eso sí, no dejé de trabajar. Tampoco dejaron de trabajar otras chicas de las que repartían muestras y que conocí.

"Trataba de consolarme a mí misma pensando que estaba ganando más dinero que nunca por lo que no estaba tan mal al fin y al cabo: sólo me estaban acosando, no me estaban toqueteando"

Cada ciertas semanas, coincidía con las otras chicas que repartían muestras cuando el día de cobro íbamos todas a por el cheque, así que hablábamos del trabajo. Un día, nuestra responsable (que también repartía muestras y además era mi antigua compañera de universidad) nos preguntó qué tal nos iba. “¿Alguien os ha entrado?” preguntó una de las chicas. “Un tipo me olió de arriba abajo, creo que le ponía” respondió una chica.

Recuerdo que estaba toqueteándose el pelo, nerviosa. “Un viejo me preguntó la edad para saber si sería legal” les conté. Una chica resopló y contó que eso también le había pasado a ella. Le preguntamos a nuestra responsable si podíamos trabajar de dos en dos y si alguien podía hablar con los responsables de los supermercados.

Dijo que lo miraría, pero la verdad es que no hizo nada. Una de las chicas nos recordó que al menos nadie nos estaba toqueteando y que, en cualquier caso, teníamos suerte de tener trabajo. “Y además tengo que pagarme el abono de metro y los manuales de universidad así que no puedo de trabajar”. Así que seguimos trabajando.

A veces acudía a mi puesto y las muestras o la mesa con las que debía trabajar no estaban. Otras veces llamaba a un representante de la empresa pidiendo ayuda por algo y no me respondían. Otra chica me contó que fue a trabajar a la dirección que le habían dado y que era un edificio en obras. Nuestra responsable tuvo que lidiar nuestras quejas sin que ningún superior respondiera. La verdad es que ella colaboraba y hacía todo lo que podía para encontrar soluciones y ayudarnos a desenvolvernos por los supermercados pero no tenía demasiado poder.

El trabajo era frustrante para ella tanto como para nosotras. Cuando llevaba unos meses trabajando, dejaron de pasarme los horarios de los turnos así que la responsable nos convocó a una reunión para decirnos que estábamos despedidas. Los supermercados no habían pedido más helado y decían que era nuestra culpa. Después de sentirme mal y darle vueltas durante varios días, le escribí por el chat del Facebook a mi antigua responsable y compañera: “Quiero decirles algo por escrito a la empresa”. Mi compañera me contestó diciendo que debía escribirles para que no enviaran a las chicas a repartir muestras por lo supermercados solas. Empecé a redactar mi escrito, contando lo incómoda que me sentí cuando los señores mayores (mucho más mayores que yo) me entraban.

"Empecé a vestirme de una forma más descuidada y empecé a mentir sobre mi edad, diciendo que era más joven de lo que realmente era"

Les expliqué lo insegura que me sentía al tener que trabajar disponiendo únicamente de una dirección y de pocas instrucciones. Tuve el borrador en mi ordenador durante una semana y lo borré. Al fin y al cabo, aunque lo mandara, no cambiaría nada. No creo que se replantearan las cosas si una adolescente les escribía una carta. No contemplé la opción de que me contestaran y es que la empresa me había dejado claro que les dábamos igual.

Pasaron siete años, y muchos trabajos, y en ninguno me quejé. En vez de eso, me da miedo pedir ayuda o que alguien se dé cuenta de que he cometido un fallo. En ese primer trabajo aprendí que nadie me ayudaría, aunque lo pidiera. Y me resultaba frustrante sentirme tan desechable, más que nada porque me despidieron. Era como si me fueran echar por quejarme de algo. “¿Por qué no me avisaste de que las cosas no funcionaban? Te hubiera enseñado a hacerlo mejor”. Eso fue lo que me dijo un responsable de un trabajo que tendría más tarde.

Por aquel entonces no sabía qué responder. Y sigo sin saberlo. A menudo me siento afortunada sólo por tener una fuente de ingresos, aunque el trabajo me ponga de los nervios. A menudo pienso que la falta de sueño es peor que el acoso sexual y que ponerme de los nervios no es tan malo como tener a un señor mucho más mayor que yo persiguiéndome para agarrarme de la mano. Siendo periodista, no me quejaría si fuera acosada por la fuente de una noticia. Tampoco me he quejado cuando me he sentido poco apoyada, saturada o infravalorada. Esas cosas no pasan a menudo y en el fondo es mejor sentir eso que acoso. Así me consuelo.

Esa experiencia laboral me carcomió durante mucho menos pero finalmente me di cuenta de que no tenía que no tenía que pasar por alto el acoso. Hablé mucho de esto con amigas y entablé distintas conversaciones en Twitter a raíz de esto hasta entender por qué me había carcomido tanto el tema, aunque hubiera tratado de olvidarme.

Incluso ahora, que tengo dos trabajos y además soy freelance para otros, pienso que podría ser peor: podría seguir repartiendo muestras de helado.

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