“Como volver a nacer”: así se siente sobrevivir a un avionazo
Ilustración de @aca_ibanez.
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“Como volver a nacer”: así se siente sobrevivir a un avionazo

Elizabeth y Luis sobrevivieron al avionazo más reciente en México y nos contaron qué se siente salir ilesos de un mar de láminas retorcidas y llamas, en pleno semidesierto.
11.9.18

Artículo publicado por VICE México.

A las 15:09 horas del pasado 31 de julio, Elizabeth Romero estaba dentro de un avión a punto de despegar y subía a sus redes sociales una foto. La imagen daba cuenta de lo bien que la había pasado en un viaje exprés a Durango, que terminaba justo ahí, en el aeropuerto Guadalupe Victoria del mismo estado, y que había hecho acompañada de su amigo Luis Equihua.

Montada como estaba en un Embraer 190, de Aeroméxico, que la llevaría a la capital del país, Eli cuenta que nunca imaginó que tan sólo unos minutos después, el mismo celular desde donde preparaba su publicación en Facebook se consumiría entre las llamas que siguieron al desplome de la aeronave.

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Según las estadísticas, es más probable que le caiga un rayo a una persona, que una mala suerte de esta naturaleza a un avión. Sin embargo a los 99 pasajeros y 4 tripulantes a bordo del vuelo 2431 les pasó, y vivieron para contarlo.

Un golpe, fuego y pánico

Los amigos aseguran que el martes estaba completamente soleado, cuando fueron llamados a abordar. Ya con el cinturón de seguridad abrochado al final del avión, en la fila 21, Luis Equihua recuerda que en el pasillo mucha gente se quedó varada esperando que se solucionara un problema con el equipaje de alguien.

La salida se retrasó y eso le dio tiempo de asomarse por la ventanilla. Ahí se llevó la sorpresa de que el día soleado había dado paso velozmente a un paisaje de nubes oscuras.

Ambos dicen que tenían planeado dormirse la siguiente hora y cuarenta minutos que pasarían en el aire. Estaban rendidos. Sólo querían sentir el momento del despegue, para entregarse a sus respectivas siestas.

Eli sacó su celular y empezó a buscar la foto que compartiría en su muro. Luis seguía observando el exterior. Los motores rugieron. La aeronave se precipitó a 250 kilómetros por hora en dirección al final de la pista. Empezó a llover a cántaros. Se elevaron. Atravesaron una nube. Y luego algo salió mal.

“Todo fue muy raro. Tardamos cinco segundos en llegar a la nube y, cuando salimos de ella, noté cómo de pronto las cosas empezaron a verse cada vez más cercanas. Pero no sentí miedo. Por alguna ilógica razón mi cerebro dio por sentado que íbamos a aterrizar. Cinco segundos después sentimos el golpe descomunal. Luego rebotes. Desesperación. La sensación de que el aparato nunca iba a detenerse”, recuerda él.


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No obstante, ambos coinciden en que las llamas fueron las que los alertaron que lo peor estaba por venir. El fuego lengüeteó por primera vez a la altura de la fila 10. Empezó a avanzar rápidamente por fuera, ante la mirada aterrada de los pasajeros que gritaban y se persignaban. Luego Luis dice que apareció una grieta sobre sus cabezas. El avión se les partía en dos, a la altura de las alas.

En el pasillo todo se volvió humo, llanto, olor a quemado, calor infernal.

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“Cuando el techo se abrió, lo único en lo que pensé fue en buscar la salida de atrás y salir con Eli. No me ocupé de nada más. Le gritamos a todos los que pudimos que tenían que desalojar por la parte de atrás, no por el frente. Luego corrimos por nuestras vidas”.

El joven cuenta que se le quedó grabada la imagen de una sobrecargo siguiendo el protocolo de emergencia mientras sufría un ataque de pánico y ayudaba al mismo tiempo a los demás a bajar del tobogán.

Una vez que Eli y él volvieron a pisar tierra firme, dicen que corrieron juntos y sin rumbo por un paraje espinoso, esperando que en cualquier momento el avión explotara. La lluvia se había detenido de golpe. Luego llegaron hasta un huizache y debajo de él volvieron la mirada hacia una de las escenas que más vívidas tienen sobre el accidente: una enorme columna de humo y debajo de ella el Embraer 190, desgarrado y envuelto en un mar de naranja incandescente.


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"Pasaron cerca de 15 o 20 minutos antes de que llegaran los bomberos, pero dado que el personal de emergencias estaba en el mismo aeropuerto y que seguíamos en shock, la sensación de tiempo que experimentamos fue de horas", recuerda Eli.

Así fue como, según ellos, decenas de mangueras comenzaron a rociar espuma y el agua sobre el armatoste convertido en desgracia. Y entonces empezaron las explosiones. Y hasta entonces llegaron las patrullas que los llevarían al hospital regional 450. Y hasta entonces pudieron utilizar el único celular disponible —el de Luis— para asomarse a redes sociales y realmente enterarse de lo que lo que acababan de vivir.

Salir ilesos del infierno

Nadie perdió la vida en el avionazo de Durango. Sólo hubo quemados, fracturados y espinados. Quizá lo más grave fueron las heridas psicológicas que el accidente le dejó lo mismo a niños, adultos y ancianos, según pudieron constatar los psicólogos de la aerolínea que los tratarían después.

Del hospital, Eli y Luis recuerdan haberse bañado y supurar un hedor a turbosina. También a los médicos que —tras otra demora ocasionada por la llegada de un tropel de heridos provenientes de un par de accidentes de carretera— los examinaron y les dijeron que estaban relativamente salvos: sólo les reportaron rasguños, golpes en las costillas y un diagnóstico equivocado de lesión lumbar para Luis.

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Después de pedir una segunda opinión en una clínica particular, ambos confirmaron que estaban bien. Y por fin apareció Aeroméxico.

"La aerolínea había llegado tarde, pero se hizo cargo de todos los gastos, de los traslados de nuestros familiares hasta Durango, de la atención psicológica antes de volver a pisar cinco días después un avión que nos llevó finalmente a la Ciudad de México", dice ella.

Por eso es que desde ese 31 de julio, a las 3:09 horas, Eli y Luis repensaron su vida.

Dicen que sus nociones del apego a las cosas se trastocaron, que aprendieron mucho de solidaridad cuando vieron cómo sus compañeros ensangrentados intentaban ayudar a otros más heridos, que siempre agradecerán seguir vivos, para al menos decirle a la gente que quieren, cuán importantes son para ellos. Que volvieron a nacer.

“Nadie nunca va a prepararte para que el avión en el que viajas se desplome. Sin embargo, la vida sí nos preparó para un millón de cosas más al permitirnos salir casi ilesos en medio del desastre. Por eso no dejamos de repetirle, a quienquiera que nos pregunta, que todo puede cambiar en diez segundos, que es mejor vivir al momento porque nadie ha logrado comprobar que existe un mañana”, asegura Eli.

Sigue a Ollin Velasco en Twitter e Instagram: @ollinvelasco.