Nunca había tenido la valentía de acercarse a la emisora de los militares, pero la ocasión lo ameritaba. Hacía tiempo que los guerrilleros no llegaban al pueblo en son de paz y para doña Marta Torrijos no había de otra que convocar a la comunidad: ir a la única emisora del pueblo, la temida emisora, la de los sapos y los traidores. Llegar, golpear en la puerta de lata con el signo de “Al Aire” en la ventana y pedir el favor. ¿De qué otro modo iba la gente a salir a la calle el seis de febrero para celebrar con banderas blancas la última marcha de las Farc por el municipio de Uribe, Meta?Este reportaje fue publicado originalmente en ¡PACIFISTA!, nuestra plataforma para la generación de paz, y forma parte de ‘El país del silencio’, una serie de informes especiales de Cartografías de la Información, un proyecto de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip). Consulte los otros dos trabajos aquí.
Antenas, transmisores y militares convertidos en los locutores
Durante mucho tiempo, Voz de la Resistencia había sido la principal fuente de información de la comunidad. La región era, a la final, una de las más históricas retaguardias de la guerrilla. Uribe había sido refugio y hogar de los campesinos liberales y comunistas que a mediados del siglo XX habían huido de la violencia en el suroccidente del país. Desde entonces, el pueblo fue una coordenada fundamental para el mapa histórico del conflicto y la paz en Colombia: el secretariado de la guerrilla instaló allí su sede a comienzos de los años ochenta, y en un remoto campamento llamado Casa Verde se vivieron algunos de los momentos más intensos de la guerra y la paz de ese entonces: la firma de los acuerdos en 1984 con el gobierno de Belisario Betancourt, el inesperado bombardeo del nueve de diciembre de 1990 con que César Gaviria buscó, sin lograrlo, eliminar a la cúpula de la guerrilla y la muerte natural de Jacobo Arenas, ideólogo y cofundador de las Farc.Una vez más, doña Marta recurrió a la comunicación de siempre en un pueblo en que el único medio de comunicación es militar: la circular impresa en papeles que se humedecen y el clásico ‘voz a voz’
La emisora del Ejército en Calamar, Guaviare. Foto: Cortesía Flip
La psicología de la radio
Aldinever habla rápido. Y se preocupa porque quede grabado que “ni el Ejército ni sus emisoras” derrotaron a las Farc. “¡En La Habana llegamos a un acuerdo en igualdad de condiciones!”, dice. Sin embargo, pasada la retórica política, el comandante cede y admite, en sus términos, que Colombia Estéreo sí tuvo un efecto en la dinámica de la guerra: “La acción psicológica de la emisora ayudó a envenenar a mucha gente. Invitaron a los campesinos a volverse sapos, a volverse informantes, a infiltrar las organizaciones populares, a infiltrar a la misma guerrilla. Eso nos generó un problema. ¿Y ese problema terminó en qué? Pues en muertos, en heridos, en desaparecidos y en encarcelados”.Mosquera concluye con solemnidad: “Con esta radio les quitamos muchos guerrilleros a las Farc”
Pero con la llegada del Ejército no solo conservar la frecuencia radial se volvió más difícil, sino que los guerrilleros de Voz de la Resistencia debieron también replegarse a los filos de las montañas que comunican a la Uribe con el Páramo de Sumapaz, desde donde tenían que moverse permanentemente ante los bombardeos de las Fuerzas Armadas.“Solo una vez nos dieron”, cuenta Adriana. “Dos de los compañeros estaban transmitiendo el programa cuando se vino el bombardeo. Quedaron ahí, muertos, junto al transmisor y los equipos destruidos. Nosotros tuvimos casi de inmediato que agarrar los otros equipos e instalarlos en una posición distante. A las cinco de la mañana ya estábamos emitiendo de nuevo. No les podíamos dar el gusto de que salieran a decir que habían acabado con la Voz de la Resistencia”.La Corte Constitucional resolvió amparar “el derecho fundamental a la vida” de los nasa y prohibirle al Ejército los mensajes radiales.
Sin sintonía con la población
En Tumaco, Nariño, es la armada la que se encarga de operar la emisora militar. Foto: Cortesía Flip
