Sexo

Me engañaron para convertirme en webcamer cuando tenía 18 años

Todo empezó con un mensaje que me preguntaba si quería convertirme en modelo.

por Sarah Hurtes
23 Agosto 2018, 3:45am

Illustration by Lia Kantrowitz. 

Era una cálida noche y mi vieja amiga ―vamos a llamarla Chloe― y yo estábamos sentadas en un restaurante tibetano en Berlín. Tras rememorar nuestros tiempos en el instituto, empezamos a contar historias sobre los últimos veranos que habíamos pasado en la Francia rural, donde habíamos crecido.

Borracha de vino de arroz y nostalgia, Chloe me contó que a los 17 años empezó a contestar anuncios online para posar como "modelo de desnudos". Me dijo que nunca se lo había contado a nadie. Aquel secreto me entusiasmó, estábamos compartiendo historias confidenciales. A cambio, yo le confesé que en torno a mi decimoctavo cumpleaños, una misteriosa mujer me solicitó amistad en MSN Messenger y me ofreció un contrato para trabajar como "modelo web". Antes de que pudiera terminar mi historia, Chloe me interrumpió: “¿Su nombre era Alicia Pimprelle*?”. Un escalofrío recorrió mi espalda. Al ver mi cara gritó de incredulidad, tan alto que a la camarera que teníamos al lado casi se le cae la sopa de la bandeja.

Resulta que tanto Chloe como yo habíamos sido contactadas en torno al año 2007, en la misma plataforma, por la misma mujer. O al menos por una persona que utilizaba el mismo nombre.


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Recordando la experiencia, me vi transportada a aquel día de primavera en que todo empezó. Estaba chateando por MSN sobre los exámenes y revisando mis solicitudes a las universidades cuando esta tal Alicia apareció de pronto en mi pantalla. Hay que recordar que esto sucedió mucho antes del mundo online al que estamos acostumbrados hoy. Por aquel entonces no era común que desconocidos de dudosas intenciones solicitaran acceder a tu burbuja digital. Recibir solicitudes de amistad por MSN no provocaba ninguna inseguridad.

“Hola Sarah, gracias por aceptar mi solicitud de amistad. Mi nombre es Alicia y me dedico a contratar modelos web”, decía su primer mensaje. Consciente de que no era nadie conocido, consideré la posibilidad de bloquearla. Pero entonces eché un vistazo a su foto de perfil: una chica ligeramente regordeta con una chaqueta impecablemente planchada y una melena caoba lisa cayéndole sobre los hombros, adornada con una diadema negra. Parecía inofensiva. Además, se dedicaba a contratar modelos. Quizá había visto las fotos que me hicieron para aquella peluquería el verano anterior. Mis adorados cinco minutos de brillante gloria adolescente.

Alicia me informó de que trabajaba para un sitio web belga de citas de pago. “Un poco como OkCupid o Match.com”, dijo. El sitio web era nuevo y había registrados más hombres que mujeres. Para que su negocio funcionara, necesitaban contratar chicas para mantener el interés de sus clientes. Todo lo que debía hacer era fingir que estaba buscando una cita en Bélgica e intentar que los miembros se mantuvieran online el mayor tiempo posible, chateando por vídeo con mis matches. “Ten en cuenta que solo se te permite mostrar la cara ante la cámara. Mostrar el cuerpo desnudo está estrictamente prohibido”, me aclaró Alicia. Yo ganaría 8,50 € a la hora por cada persona con la que hablara. Cuanto más tiempo me mantuviera conectada, más bonificaciones recibiría.

No tardé mucho en aceptar. ¡Lo que fuera por distraerme de los estudios! Además, nunca antes había tenido dinero propio, aparte del que me entregaban mis abuelos por Navidad en un sobre. Y dado que los desnudos estaban prohibidos, ¿qué podía salir mal?

Me bauticé con el nombre virtual de “saskia04” (ese no es el nombre real, no estoy dispuesta a desvelarlo). Mis instrucciones consistían en registrarme en una plataforma oline y crear mi "perfil de modelo", subir tres o cuatro fotos mías y no olvidarme de sonreír. “Para ayudarte a mantener una conversación con facilidad, aquí tienes unas cuantas frases que puedes usar, que también te ayudarán a desviar el tema si surgen comentarios fuera de lugar”, añadió Alicia. Las frases incluían:

Hola, me llamo...
Tengo 18 años, ¿y tú?
Me acabo de mudar a Bruselas para trabajar como becaria
Soy estudiante de marketing
Me he registrado en esta web porque me gustaría conocer gente
¿Estás buscando una cita?
Hace bastante que no salgo con nadie
¿Qué es lo más excitante que has hecho con una mujer?
Creo que soy bisexual
A lo mejor podríamos quedar para vernos
¿Eres romántico?
¿Cómo te gustaría que me vistiera para nuestra primera cita?

Supongo que a mi yo de 18 años debía de parecerle divertido. Para ser justos, todavía me lo parece. Enfermizo, sexista y absurdo... Pero divertido. Iba a ser un verano muy largo y yo deseaba entretenerme.

Me puse mi camiseta negra de tirantes con pedrería y me apliqué una peligrosa cantidad del lápiz de labios beige Yves Saint Laurent de mi madre y sombra de ojos púrpura. Entonces, hice clic en "Que comience el espectáculo". Se abrió una ventana con mi imagen. Cada cinco segundos se me tomaba una foto nueva, como si estuviera atrapada en un eterno fotomatón.

Nombres como “Guillaume”, “27cm” y “Grosse-Bite” empezaron a llenar mi pantalla. En lugar de sus rostros, las cámaras de los hombres mostraban todo un muestrario de pollas. A mis 18 años yo seguía siendo virgen. No tenía intención de ver ese tipo de cosas, ni me atraían lo más mínimo.

Me puse en contacto con Alicia. Había "olvidado" decirme que podía ocultar los vídeos de mis visitantes. Entonces, amablemente, me envió algunas "frases" adicionales. "Si alguien te pide que te desnudes, di: 'Lo siento, soy bastante tímida, especialmente cuando me está mirando mucha gente. Prefiero el contacto directo. ¿Te gustaría que nos conociéramos en persona?". Y añadió que no dudara en dirigirme a ellos con apelativos cariñosos como “ mon nounours” (mi osito de peluche), o “ mon petit homme” (mi pequeño hombrecito).

¿Peeeerdona? Me sentí asqueada por sus palabras. “¿Qué tipo de sitio web es este?”, pregunté. Ella me envió un enlace a una página todavía en construcción. “¡Miles de solteros cerca de ti! ¡REGÍSTRATE!”, decía en letras rosas. Aquello no me acabó de convencer, pero aun así volví a iniciar sesión. Varias veces, de hecho, durante los dos meses siguientes. Me gustaba la idea de interpretar a Saskia, de ganar dinero y, sobre todo, de evitar hacer los trabajos del instituto. Y las interacciones me parecían más curiosas y patéticas que abusivas.

Me pedían que me desnudara, pero también me preguntaban cosas como, "¿llevas tacones de aguja?", o "¿puedes cepillarte el cabello?". Y recuerdo a un tío que llevaba puesto un conjunto de lencería muy cara. Con mi poca experiencia en el arte de la seducción, disfrutaba descubriendo las extrañas fantasías de los hombres.

Poco a poco, mi identidad empezó a mezclar mi realidad cotidiana con mi ficción online. Y aquello no fue lo único que se volvió confuso: cuanto más fingía desnudarme, más me desnudaba. Lo que empezó como un jugueteo con mi tirante de pedrería para mostrar el encaje de mi sujetador me llevó a quitarme el top y estrujar mis pechos cubiertos de encaje ante la pantalla. Claramente, Alicia no iba a ser quien me detuviera.

Empecé a preguntarme quién me estaba mirando exactamente. En ese punto, imaginé que los hombres con los que chateaba no eran realmente miembros del sitio web por el que se suponía que me habían encontrado. Busqué “saskia04” en Google y descubrí que el perfil de modelo que yo había creado estaba en varios sitios web de porno en vivo. Se me revolvió el estómago cuando me di cuenta de que era víctima de una estafa y el objeto de las fantasías eróticas de más mirones de los que imaginaba. Borré mi cuenta y bloqueé a Alicia en el mail y en MSN. Tres meses después, fui a la universidad en el Reino Unido y tuve encuentros mucho mejores (y mucho más sensuales). Ya no necesitaba a Saskia.

Sin embargo, reflexionando sobre la experiencia con Chloe, llegué a pensar: ¿en qué clase de complot me había visto inmersa, exactamente? Si Alicia también se había puesto en contacto con Chloe cuando vivía a 800 kilómetros de mí, ¿les habría sucedido lo mismo a chicas jóvenes de toda Francia?

El pasado mes de abril, exactamente 11 años después de que me convirtiera en saskia04, volví a iniciar sesión en mi cuenta de Hotmail y desbloqueé a Alicia Pimprelle: “Hola Alicia, ¿sigues contratando modelos web?”. Unas horas más tarde recibí una respuesta: “Hola Sarah, te escribo en nombre de Alicia en referencia a tu solicitud. Soy la nueva persona a cargo de la selección”, escribió Julia**, de Dream Animation***.

Tras explicarle cuál sería mi disponibilidad, Julia me pidió que nos conectáramos por Google Hangouts. Ahí me escribió: “Para que no haya ningún malentendido acerca del chat: la mayoría de conversaciones giran en torno al sexo”. Me dijo que los visitantes no pagan para “intercambiar noticias y perder el tiempo charlando de tonterías”. Mi objetivo sería atraer suscriptores y hablar con ellos el máximo tiempo posible. La paga se dividiría en dos partes: la primera a 12 € la hora por suscriptor en "conversaciones completamente vestida" y la segunda a 50 € la hora en " shows incluyendo un estriptis (desnudo total o parcial)".

En aquel momento, la experiencia que tuve a los 18 años se me reveló como una versión temprana y no consentida de un fenómeno de entretenimiento erótico que hoy en día está formalizado y es totalmente común.

Curiosa por saber qué diría, firmé el contrato de ocho páginas e inmediatamente recibí una respuesta: “Enhorabuena, eres una Modelo X, ¡bienvenida al mundo de las cam girls!”.

*Se ha cambiado el apellido.

**Se ha cambiado el nombre.

***Aunque Dream Animation era el nombre incluido en la firma del mail de Julia, no es el nombre de la compañía original para la que trabajaba Pimprelle cuando contactó por primera vez con la escritora.

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