Foto: David Cannon/Allsport 

El día que la selección rumana del 98 se decoloró el pelo

Una reunión, dos partidos, un decolorante tóxico y Dios conspiraron para convertir a la selección rumana del 98 en una de las más emblemáticas en la historia de los mundiales

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18 Junio 2018, 3:15am

Foto: David Cannon/Allsport 

Hay un dicho en Rumanía que dice "a todo el mundo se le da bien la política y el deporte" aunque, a juzgar por cómo están las cosas actualmente en ambos frentes, uno pensaría lo contrario.

En los últimos treinta años, nuestros mayores logros políticos han sido derrocar a un dictador y pasar a ser miembros de la UE y la OTAN. Sin embargo, hubo una época en la que los dioses del fútbol fueron más clementes con el pueblo rumano, permitiendo que la selección nacional participara en tres mundiales consecutivos —Italia 90, Estados Unidos 94 y Francia 98—, situándolo junto a los himnos de los mejores del mundo.

La prensa nacional incluso empezó a referirse a ellos como “La generación dorada”. No importa mucho que lo mejor que hiciéramos juntando los tres torneos fuera viajar a California para jugar contra Suecia, partido en el que nos quedamos a solo un penalti de pasar a las semifinales, ya que lo que importaba realmente era que nos hubieran invitado a la fiesta.

En aquel momento nuestro capitán era Gheorghe Hagi, uno de los únicos quince jugadores que han jugado tanto en el FC Barcelona como en el Real Madrid. Aunque no jugara en la misma liga que sus contemporáneos más famosos, como Zidane, Baggio o Ronaldo (el Fenómeno), fue un gran centrocampista ofensivo y uno de los más grandes en su país natal que, contra todo pronóstico, hizo que ver tanto a él como a su selección se convirtiera en un auténtico espectáculo. Algunos incluso lo llamaban “el Maradona de los Cárpatos”, aunque, si uno pone la oreja en cualquier bar rumano, podrá escuchar entre susurros que Hagi fue hasta mejor que el argentino.

Gheorge Hagi con el balón del partido tras el empate entre Rumanía y Túnez en el último partido de la fase de grupos. Foto de ERIC CABANIS/AFP/Getty Images

Más allá de Hagi, la selección rumana de los 90 también contaba con una legión de nombres consagrados que incluso ahora, tantos años después, siguen siendo más famosos que cualquier otro jugador que vista hoy nuestra camiseta amarillo brillante, puesto que no ha vuelto a haber una selección que haya conseguido hacernos tan felices como entonces. El Mundial de Rusia de 2018 marcará el 20 aniversario de la última vez que Rumanía se clasificó para este torneo.

En Francia 98, la selección rumana fue eliminada en octavos de final a manos de la selección croata de Davor Suker, el pichichi del torneo. Sin embargo, el hecho que terminó convirtiendo a aquella selección en un mito ocurrió cinco días antes.

"Hemos enfadado a Dios"

Después de confirmar su clasificación para la segunda fase gracias a las victorias frente a Colombia e Inglaterra y con un partido de la fase de grupos todavía pendiente, todos los integrantes de la selección reunieron la confianza suficiente para decolorarse el pelo.

Parece claro que el objetivo era inspirar un sentimiento de espíritu grupal, pero Anghel Iordănescu, el entonces seleccionador rumano, afirma que el espíritu que se inspiró no fue ese. “Hemos enfadado a Dios”, declaró Iordănescu a la prensa después de que la selección empatara en el último partido de la primera fase contra la modesta selección de Túnez, antes de que Croacia la eliminara.

The team celebrates scoring against Tunisia in the final group game of France '98. Photo by Alexander Hassenstein/Bongarts/Getty Images.

“En una reunión estratégica a dos días de jugar el primer partido contra Colombia, preguntamos a Iordănescu si estaría dispuesto a raparse la cabeza si nos clasificábamos después de los dos primeros partidos”, me cuenta Adrian Ilie, exjugador de la selección. “Cuando dijo que sí, todos decidimos que, en el caso de que se atreviera a hacerlo, nosotros nos teñiríamos el pelo, pero para eso teníamos que ganar primero a Colombia e Inglaterra”.

Eso fue exactamente lo que ocurrió y fue Ilie el autor del gol de la victoria frente a Colombia. “Después de vencer a Inglaterra, había que obligar al seleccionador a que se cortara el pelo”, añade Ilie. “Y luego nos tocaba a nosotros cumplir con nuestra promesa. Al principio, algunos jugadores se negaron, pero luego se decidió que lo haríamos todos, ya que todos formábamos parte de la selección, así que encargamos a los del hotel que nos buscaran dos peluqueros locales para que nos decoloraran el pelo la noche antes del partido ante Túnez”.

“Nos hicieron un auténtico destrozo. Dolía tanto que solamente pude dormir sobre un lado del cuerpo durante tres días. Creo que pasó algo raro después de que el peluquero nos tapara la cabeza con papel de aluminio”

Fue una operación tan secreta que ni siquiera se lo comunicaron a sus familias. “Lo hicimos después de la última sesión de entrenamiento y nadie nos vio. De hecho, cuando volvimos, la gente del hotel pensaba que formábamos parte de otra selección. Nuestros familiares no se lo podían creer”.

Hace ocho años, Gheorghe Craioveanu recordó en una entrevista cómo el decolorante le quemaba el cuero cabelludo y le aparecían pequeñas calvas por toda la cabeza. “Nos hicieron un auténtico destrozo. Dolía tanto que solamente pude dormir sobre un lado del cuerpo durante tres días. Creo que pasó algo raro después de que el peluquero nos tapara la cabeza con papel de aluminio”.

Romania coach Anghel Iordănescu agreed to shave his head if the team won their first two match. Photo by Alexander Hassenstein/Bongarts/Getty Images.

“Tuve suerte porque en aquel momento llevaba el pelo corto, así que no me quedaba tan mal”, recuerda Ilie entre risas. “Pero entre los que llevaban el pelo más largo, como Lăcătuș o Ilie Dumitrescu, ese color amarillento tan extraño no les pegaba nada. Llevé el pelo así durante un tiempo incluso después del torneo, hasta que volvió rápidamente a su estado original.

La decisión no fue solo difícil para los jugadores, sino también para los comentaristas. “Era imposible diferenciar a los jugadores dentro del campo”, afirma Emil Grădinescu, comentarista del mundial de Francia 98 para la televisión nacional de Rumanía.

“Oí el rumor de que los jugadores habían decidido teñirse el pelo, pero no me lo creí. A lo sumo, pensé que solamente unos pocos se habían puesto mechas, por lo que podéis imaginar mi cara al ver once cabezas rubias. Los comentaristas extranjeros se acercaban a mí constantemente para preguntarme qué estaba ocurriendo, pero yo no tenía ni idea”.

Al igual que Iordănescu, Grădinescu cree que esa decisión perjudicó a la selección, pero por razones menos religiosas. “Para la motivación, fue una idea terrible y mal ejecutada”, me comenta. “Los jugadores entraron en un estado de relajación y se rodearon de un entorno vacacional. Jugamos tan mal contra Túnez que tuvimos suerte de sacar un empate y después dimos vergüenza contra Croacia”.

Es posible que fuera la complacencia la que llevó a la selección a que se decoloraran el pelo colectivamente. Hasta el gran Michel Platini avisó a los integrantes de las siguientes convocatorias para que no imitaran a la selección del 98 si querían volver a tener éxito, pero la parte triste es que, aunque no nos hayamos vuelto a decolorar el pelo, tampoco hemos vuelto a conseguir nada en el mundo del fútbol.

Mientras tanto, nuestros seguidores han estado animando a jugadores malos y han ido aceptando estoicamente nuestro papel dentro del mundo del fútbol: somos la nación de la selección que se tiñó el pelo y terminó con todas nuestras esperanzas en un mundial. Rumanía está maldita con el fútbol.

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