familia

Mi madre me dejó para cuidar a los hijos de otras personas en España

Muchas madres e hijos migrante se separan durante años. El sentimiento de abandono puede no desaparecer nunca.

por Valentina Restrepo Céspedes ; ilustración de Luis Armand Villalba
01 Marzo 2019, 5:00am

Ilustración por Luis Armand Villalba

El fenómeno de la inmigración golpeó con fuerza a España durante los primeros años de la década de los 2000: el país estaba en su máximo auge económico, la mano de obra extranjera era bienvenida y por consiguiente un gran número de personas repletas de ilusiones y ganas de cosecharse una nueva vida atravesaron el Atlántico, el Mediterráneo, el Pacífico o media Europa en busca un futuro más prospero y condiciones de vida más favorables para sus hijos. Entre ellas estaba mi propia madre, quien como muchas otras madres decidió dar un paso nada fácil en su vida. Se iba a enfrentar a un país totalmente desconocido, a una cultura que pese a ser similar a la suya en cosas como el idioma, no dejaba de ser diferente. En general, a una nueva situación en la que se habría de encontrar con no pocas dificultades; entre ellas la de reencontrarnos.

Cuando mi madre salió de Colombia se vio obligada dejar a sus dos hijas, yo tenía un año y medio y mi hermana tenía diecisiete, el sufrimiento también se multiplicaba por dos y el solo pensamiento de que a alguna de las dos nos pasara algo y ella no pudiera estar ahí la consumía por dentro.

Al mes de llegar a España comenzó a trabajar cuidando un niño que tenía exactamente mi edad, ella cuenta que le dio todo el amor que por derecho a mi me correspondía, puesto que ambas estábamos a miles de kilómetros. Aunque las llamadas fuesen diarias no eran suficientes. Para mi madre ese niño fue como un bálsamo ante la soledad y la nostalgia, ella era todo para él: jugaban, cantaban, reían, pasaban todo el tiempo que podían juntos y más. Pero mi madre albergaba un profundo sentimiento de culpa, pues todo el tiempo que yo necesitaba se lo estaba entregando físicamente a él. Mi hermana y yo, por nuestra parte, aunque estábamos con nuestra abuela, nos sentíamos muy solas, lo que sembró las semillas de una fuerte relación por la que nos apoyábamos totalmente la una en la otra pues para mi hermana también fue tremendamente duro.


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"Con ella éramos una piña" me dice mi hermana, "ella era mi consejera y amiga, pero cuando se fue la responsabilidad me cayó de golpe: pasé de ser una hermana mayor adolescente a tener que intentar suplir el papel de madre para que mi hermana pequeña no sintiera el vacío tan grande que deja una madre cuando se va. Ahora ya mayor puedo observarlo desde otra perspectiva y veo que no era consciente del sacrificio que estaba realizando ella, dejar dos hijas en unas edades tan difíciles, aunque fue por un futuro mejor fue una decisión arriesgada’’.

Estuvimos un año entero separadas y el reencuentro tampoco fue fácil. Yo no reconocía a mi madre como tal, para mi era una desconocida y además me apegué tanto a mi hermana que ya no quería separarme de ella. No dejaba que mi madre se acercase a mí, pues al igual que les pasó a otros niños tenía un cierto sentimiento de abandono. La situación entre nosotras era complicada, yo rechazaba cualquier tipo de acercamiento de mi madre y siempre que ella me intentaba ayudar en algo le decía: ‘’No, tú no sabes, que venga mi hermana’’. La cosa siguió así hasta que mi madre se plantó muy seria y habló conmigo, por entonces yo tendría unos tres años y la verdad es que no recuerdo mucho como fue, pero me hizo entender que ella era mi madre y mi hermana no podía seguir llevando una carga que no le correspondía.

Nadie le echa la culpa a nadie, fue una situación que las tres nos vimos obligadas a pasar, por el sacrificio de mi madre que hizo que nuestro futuro mejorara más de lo que ella podía imaginar, pero entonces no lo veía así. Como me dijo mi hermana cuando le pregunté recientemente sobre su visión de todo esto "hay experiencias que por duras que parezcan, volveríamos a repetir y creo que lo que se lucha en familia siempre vale la pena’’.

"Uno de los recuerdos que más me marcaron fue cuando una de las veces que llame a casa mi hijo no quería hablar conmigo pues decía que yo los había abandonado, aquello me desgarró el alma’’

¿Pero de qué manera real afecta tal situación a los menores? Según el estudio El costo emocional de la separación en niños migrantes, de la investigadora mexicana Cecilia López-Pozos ‘’la figura materna como pérdida real es irreparable, para algunos niños o adolescentes su retorno se queda en la añoranza y la nostalgia, como sueño y realidad amortiguados con recuerdos, detalles y esperanza. Mientras que en otros miembros de la familia esta pérdida se manifiesta a través del coraje, la resignación y del olvido (...) Los niveles de soledad y la fractura familiar que viven los migrantes lo experimentan como una crisis, que implica ruptura, separación y sentimientos de abandono". Por ello, para conocer otras experiencias similares a la mía, decidí hablar con otras madres migrantes y con sus hijos.

Zuleima, quien llegó a España en el año 2001, vino a buscar un nuevo horizonte y poder ofrecerle un mejor nivel de vida a sus hijos, quienes en ese momento tenían quince, siete y cuatro años. ‘’Me adapté en poco tiempo, gracias al idioma y la cultura común, pero echaba muchísimo de menos a mis hijos, les llamaba cada día, para asegurarme de si estaban bien y de si habían comido correctamente’’. Resalta que se sentía mala madre al no poder estar ahí cuando se ponían enfermos o no poder acompañarlos a soplar las velas en los cumpleaños. Su objetivo primordial era reunir el suficiente dinero y traérselos.

Zuleima me cuenta que tuvo que volver a conocerlos desde cero, sus nuevos gustos y caracteres diferentes. ‘’El estar sin mis hijos fue una experiencia realmente dolorosa, solo las madres la entenderán. Uno de los recuerdos que más me marcaron fue cuando una de las veces que llame a casa mi hijo no quería hablar conmigo pues decía que yo los había abandonado, aquello me desgarró el alma’’. Llevaba ya dos años sin ver a sus pequeños y cuando llegó el reencuentro fue muy emotivo: se abrazaron y ella les prometió que no se volverían a separar nunca. "Todo se olvidó en un instante", cuenta Zuleima.

Enrique, su hijo, me cuenta la otra cara: ‘’Cuando tenía 4 años, mi madre tomó un avión y se alejó. Así fue como yo lo percibí’’. Enrique no entendía del todo lo que ocurría, pero sus tías le aseguraron que su madre hacia eso por él, para que tuvieran un futuro mucho mejor tanto él como sus otros dos hermanos, pero sin embargo a veces sentía como si su madre lo hubiera abandonado.

‘’Dos años después nos pudimos reunir, allí estaba ella con pancartas con mi nombre y el de mi hermana y con los brazos extendidos para recuperar cada uno de los abrazos que no nos pudimos dar’’.

María llegó a Granada en el año 2000. Las circunstancias de su viajen fueron diversas, pero principalmente le motivó la salud de su hijo Hugo, que entonces tenía tres años, quien padecía graves problemas de salud. De hecho, María afirma que si su hijo se hubiese quedado en Colombia no hubiese sobrevivido ya que los cuidados que necesitaba su hijo solo estaban disponibles en la sanidad privada y no tenía los recursos necesarios para pagarlos. ‘’Pese a que las personas con las que me encontré en España fueron amables y atentas conmigo, yo estaba sola y solo pensaba en reunir el suficiente dinero como para traerme el resto de mi familia, trabajaba quince horas diarias para dejar de pensar en la situación que estábamos viviendo’’. El objetivo de María era reunir el dinero y poder agrupar por fin a su familia, para que así sus hijos pudieran estudiar, Hugo mejorar de su afección y poder también tener una casa propia como tanto había soñado.

Al año y medio de estar aquí lo consiguió. María estaba irreconocible cuando su familia volvió a verla: exhausta de trabaja, apenas pesaba cuarentaicinco kilos, había dejado toda su fuerza y salud trabajando. Su marido al verla tan desmejorada le dijo ‘’Si esto es España nos vamos ya’’ y su hijo Hugo pequeño no la reconocía como madre, para él, esa persona era una completa extraña.

"A lo largo de mi vida muchas mujeres me han inspirado con sus maravillosos logros, pero si miro un poquito más de cerca, justo a mi lado, descubro a mi madre"

Hugo me cuenta que "no quería nada de mi madre, no sabía quién era ella, solo admitía que mi padre me diese la comida, me bañase o vistiese’’. Ambos me explican que tardaron alrededor de dos meses en adaptarse de nuevo el uno al otro, pero finalmente todo llegó a buen puerto.

Cierto es que a lo largo de mi vida muchas mujeres me han inspirado con sus maravillosos logros —activistas, matemáticas, arqueólogas o escritoras— pero si miro un poquito más de cerca, justo a mi lado, descubro a mi madre. Y si algo tiene en común con otras mujeres migrantes es su firmeza, su empeño y su valentía. Todas esas madres un día, con mucha determinación, tomaron un avión para buscar la manera de darles un futuro y hacerles la vida más fácil a sus hijos e hijas.

La poeta Rup Kaur dice en El sol y sus flores que "todas seguimos adelante cuando admitimos lo fuertes e impresionantes que son las mujeres de nuestro alrededor". Y yo, sigo adelante.

Sigue a Valentina en @varesce.

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