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Recuerdos sangrientos

Souvenirs de la masacre de la prisión de Carandiru.
1.12.09

A lo largo de la década de los noventa, la Casa de Detenciones de São Paulo llegó a albergar hasta 8.000 criminales de entre los más violentos de toda América Latina. Más conocida como Carandiru, esta cárcel fue durante una época la más grande del continente. El 2 de octubre de 1992 se repartieron hostias como panes de hogaza. Murieron 111 presos. Ese día había 84 policías, y se dispararon 102 balas. Los nueve tíos que no recibieron disparos en sus órganos vitales fueron apuñalados, pero los polis (tranquilos, ni un pasma murió en el motín) juraron por sus inocentes y virginales hijas que los presos ya eran carne picada cuando los guardas llegaron. Si no te salen las cuentas, léete este reportaje. Hay imágenes de una pequeña decapitación y de un tío con un agujero en el pecho del tamaño de una puta pelota de tenis. Eso no puede considerarse exactamente un acto "en defensa propia." Ronaldo Mazotto de Lima trabajó en la prisión durante una década. También fue uno de los primeros testigos de los disturbios y de esta carnicería que ahora se conoce como "la Masacre de Carandiru". Tras la demolición de la cárcel, Mazotto de Lima empezó a trabajar en el centro penitenciario de mínima seguridad de Serra Azul. A su nuevo trabajo se llevó bastante más que su experiencia personal. También se llevó algunas de las únicas pruebas que sobrevivieron a la masacre: más de 200 fotografías, 300 efectos personales y diez horas de horribles escenas filmadas en video. Se las llevó tras la violencia, y quiere asegurarse de que la historia no olvidará lo que él vio en Carandiru. Así que le entrevistamos desde VICE para que nos ayudara a comprender lo sucedido.

"Nunca olvidaré el motín. Duró tres días y fuí rehén durante todo ese tiempo. Todo empezó con los presos tomando el control de los bloques 8 y 9 y tomando como rehenes a todos los trabajadores que encontraron por el camino. Al principio intentamos correr o enfrentarnos a ellos. Los guardas y otros trabajadores perseguíamos a los presos con barras de hierro en la mano, pero los presos nos superaban en número y tenían navajas. Esto hizo que estuviéramos encerrados en el almacén del bloque 6 durante los tres días."

"Durante cinco años sólo me encargué de la quinta planta del bloque 5. Todos los días abría las celdas, sacaba a los presos y los contaba. Estaba en contacto directo con ellos y, si alguno quería matarme, podía hacerlo fácilmente. Los presos no tenían problemas con los guardas que respetaban ciertos límites, pero algunos trabajadores de la prisión confiscaban droga de las celdas y se la vendían a otros presos. Eran criminales y tenían que atenerse a las leyes de los prisioneros. Había ajustes de cuentas y a menudo asesinaban a guardas."

"Empecé a recopilar todo este material porque quería recordar para siempre mi versión de la historia. Quería contar lo que había pasado tras esas paredes. La mayor parte de la información de la cárcel provenía de los presos. No hay imágenes de guardas de otras cárceles. Por eso les tomé fotografías, los filmé y he guardado algunos de los objetos personales de los presos. Quiero mostrar todo esto, dar charlas sobre lo que sucedió en Carandiru y explicar a los jóvenes que no merece la pena traficar con drogas, que pueden acabar en la cárcel y agonizando sobre un charco de sangre con el cuerpo agujereado."

"Conservo navajas hechas con trozos de hierro, tuberías rotas o agujas para hacer tatuajes; una Biblia con una parte sagrada donde se podía esconder una pistola, granadas de poliestireno, teléfonos móviles incautados y mazos de cartas hechas con papeles porque estaba prohibido el juego. Incluso tenía pererecas (para destilar cachaça) hechas a partir de dos baterías, que podían pegarte una descarga eléctrica de la hostia. Para hacer la bebida, conectaban las baterías con un palo de madera y un trozo de alambre, conectado a un enchufe y lo sumergían en agua con pieles de patata. También tenía imágenes de presos, iglesias, templos, cadáveres… Casi todos los días aparecía algún fiambre. Mataban por cualquier cosa. Incluso se llegaron a cargar personas por roncar por las noches."

"Conocí al Coronel Ubiratan Guimarães (el oficial responsable de ordenar la ofensiva en la cárcel, sentenciado a 632 años de cárcel antes de que lo soltaran y lo liquidaran por otro asunto), dentro de Carandiru, y nos hicimos colegas. Un día le pedí que me contara su versión de lo sucedido: "Realmente no fue una masacre. Tuvimos que entrar en acción y recuperar el control de una cárcel donde había disparos y un motín. Alrededor de las dos de la tarde, se obligó a los trabajadores y a los guardas de las celdas a desalojar la cárcel y los prisioneros tomaron el control del bloque. Desde ese momento todo fue un puto caos. Se cargaron las cañerías, aquello se inundó de mala manera y el edificio quedó totalmente a oscuras. A las cuatro y media de la tarde me ordenaron que entrara en el bloque y detuviese el motín. Ahí dentro había más de 2.000 presos—armados, peligrosos, sin nada que perder—luchando contra 90 policías. Cuando los polis consiguieron por fin entrar, hubo una emboscada: aceite de cocina y clavos con sangre infectada de VIH esparcidos por las escaleras. Aquello era un puto infierno."

"Se produjeron muchos motines a raíz de represalias entre presos. Una vez dimos parte de la fuga de un preso. Tres días después apareció una pierna debajo de una cama, luego un brazo en una olla… Finalmente encontramos otros trozos de carne y los juntamos. Eran del tipo que supuestamente había escapado, que en realidad había sido asesinado y mutilado. Por eso no le encontrábamos."

"Se está bastante bien en Serra Azul. ¡Es un paseo por las nubes! Me llevo a los presos al campo para cuidar huertos y ovejas. Nunca me he tenido que volver a enfrentar a un motín. En los seis años que llevo aquí, sólo se ha escapado un preso. Incluso bromeamos sobre la falta de descargas de adrenalina en este trabajo. La cárcel está rodeada de las alambradas que usan las granjas. Ningún preso se escapa. No son presos peligrosos, ninguno pertenece a pandillas o facciones violentas, sólo quieren cumplir su condena y portarse bien para salir de la cárcel cuanto antes."