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Un mismo polvo: dos tiradas distintas

Luego de un paupérrimo encuentro de sexo casual, en cuya planeación no tuvimos nada que ver, juntamos a las dos partes implicadas para que compartieran, cada uno desde su orilla del lecho y de manera independiente, sus respectivas reflexiones post...

Luego de un paupérrimo encuentro de sexo casual, en cuya planeación no tuvimos nada que ver, juntamos a las dos partes implicadas para que compartieran, cada uno desde su orilla del lecho y de manera independiente, sus respectivas reflexiones post coito. Ninguno supo nunca la versión del otro. Tampoco entendían del todo por qué las cosas habían salido mal. Hasta ahora…

DISFUNCIONAL
Por Virginia Mayer

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El pelirrojo, el italiano y yo. En las fiestas de la universidad nos escondíamos a darnos besos. Los tres. Yo en la mitad. Nunca fuimos amigos (amigo es una gran palabra). Entonces pasaron unos quince años, nuestros caminos nunca se cruzaron y hoy somos adultos. El italiano y yo nos encontramos en redes sociales y nos seguimos sin volver a cruzar palabra y un día me mandó un mensaje. Algo así como estoy soltero y disponible para que follemos. No en esas palabras, pero esa era la idea.

Asumí que si –en teoría- el italiano no sabía nada de mí hacía 15 años, entonces quizá habría leído mi anterior columna y por eso tenía la –tan anhelada y tan poco colombiana– desfachatez de aparecer en mi vida más de una década y media más tarde para proponer que folláramos. También me pregunté qué le daba la seguridad de que yo querría acostarme con él si nunca fue muy agraciado, ni particularmente interesante. A mí siempre me gustó el pelirrojo, pero él tenía otros estándares.

Mi último amante se había ido de Bogotá hacía unos meses y su presencia, así como los exorcismos que hacía en mi vagina, se habían vuelto dolorosamente intermitentes. Las intenciones del italiano llegaron en buen momento, y acepté su propuesta imaginando que lo convertiría en el amante de después de las tres de la mañana y cuatro gin & tonics. Sin embargo el italiano tuvo excusas durante casi un mes hasta que un viernes me acompañó a una comida con mis amigos los intelectuales.

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Esa noche me sentía divina, es el efecto que tienen los viernes y los sábados a la noche, y el italiano lo comentó varias veces. No se despegó de mí ni dejó de consentirme, y yo debí hacer un esfuerzo para acostumbrarme a sus manitos suaves y sus ojitos de perrito que me miraban encantados. Me empalagaba su romanticismo. Al final de la noche me cogió saliendo del baño y me encerró en un cuarto a darme besos contra la puerta de un clóset que se movía y hacía ruido. Tres días antes me habían sacado una muela y el hueco que había dejado su ausencia olía a muerto. Me dolía la sien de mascar chicle y las encías de lavarme los dientes, y sus besos fueron incómodos.

Pero el italiano no parecía estar de acuerdo conmigo pues me besó hasta que se fueron todos los invitados, y sin embargo dijo que mejor no folláramos. Que yo le gustaba mucho y le daba miedo. Acababa de salir de una relación y bla–bla–bla–bla–bla. Durante las siguientes seis u ocho semanas siempre tuvo una excusa para que no nos viéramos. Decía que estaba deprimido, que no era un buen momento. Pero un día hicimos planes para cocinar y tomar vino en mi casa.

Llegó con las manos vacías, dijo que estaba muy linda y preguntó si me había arreglado para él. Cuando llegaron las dos botellas de vino que pedimos a domicilio dijo que no tenía efectivo. Nos sentamos a comer y comentó que los camarones le daban ataques de gota en el dedo gordo de un pie, y mientras nos tomábamos el vino no me dejó fumar para que estuviéramos ambos en el mismo estado. Me dio más besos que –a pesar de que mi boca olía a lavanda, canela y miel– no me gustaron. Yo quería follar.

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Cuando aterrizamos desnudos en mi cama tenía una erección que desapareció tres minutos más tarde cuando, viéndolo distraído, le pregunté dónde estaba.

––¿Cómo así, de qué hablas? ––Respondió nervioso.
Tenía la cabeza en otra parte y ahora estaba incómodo.
––¿Crees que lo tengo chiquito? ––Dijo con una calma inverosímil y yo me pregunté si tendría la capacidad de leerme la mente.

Me paré de la cama y me puse los calzones, y él se metió entre las cobijas, y entonces me acordé que más temprano le había dicho que por alguna razón no me incomodaba la idea de que se quedara a dormir, algo que no me pasa nunca. Volví a la sala, le subí el volumen a la música y me puse a bailar con la copa de vino llena en una mano y un porro en la otra.

Cuando me iba a servir la tercera copa su celular comenzó a brillar en la oscuridad. Era una luz muy fuerte que se prendía y se apagaba. Entre las llamas de luz vi unas manos de fuego que se estiraron hacia mí y luego me abrazaron atrayéndome hasta el teléfono. En mi vida había espiado un celular ajeno, porque siempre me imaginé que solo se revelarían malas noticias. Tenía razón.

Leí que estaba saliendo con una chica, alguien que le hacía sentir cosas que su novia de nueve años –con quien había terminado hacía pocos meses– nunca lo había hecho sentir. Supe también que la chica estaba en algún retiro ridículo donde miraban las estrellas en el firmamento y que llevaba tres días perdida. El italiano expresaba desespero por no poder comunicarse con ella a un par de amigos, y mientras yo cocinaba los camarones que a la mañana siguiente deberían haberlo imposibilitado para ponerse siquiera una media, le contó a un amigo que yo me había arreglado para él, y a otro le dijo que estaba donde la Mayer, "la gordis". El amigo respondió riéndose y agregó: Un hueco saca otro hueco.

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Volví a poner el teléfono sobre la mesa y lo culpé por la estupidez de no haberle puesto una clave al celular. Justifiqué mi falta de prudencia porque nunca confié en él. Era como si supiera que iba a encontrar la razón para justificar que –ya que no habíamos follado y ni siquiera me gustaban sus besos– no quería compartir mi cama con él. Iba por la excusa que necesitaba y la encontré.

Apagué la música y me metí en la cama. Él dio media vuelta, se acomodó junto a mí y me pasó un brazo por encima. Yo quité el brazo con agresividad y lo corrí a un lado con mi cuerpo, pero no entendió y volvió a acercarse con el brazo encima mío, entonces le dije que se corriera, que me hiciera campo pues quería descansar. Siguió sin entender y volvió a acercarse, entonces comencé a patearlo y terminé por decirle que se vistiera y se largara. Rogó que le explicara qué me pasaba, pero yo no podía confesar mi imprudencia. Se vistió todavía borracho, y se fue agradeciendo la comida.

Al día siguiente, sin contestar sus constantes llamadas e incesantes mensajes de texto, le escribí diciendo que me consignara el dinero que gasté en las botellas de vino. Yo no soy de las que esperan que el hombre pague la cuenta, yo soy de las que aspira a poder compartir la cuenta. Me parece poco cortés que llegara hasta mi casa armado de mentiras, pretendiendo engañarme y esperando que de paso lo alimentara y también lo emborrachara.

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Esta gordis prefiere un amante honesto a quien sí se le pare y que pueda llegar con una botella de veinte mil pesos cuando lo invito a comer.

EL PIPÍ DE ASTÉRIX EN LA CUCA DE OBÉLIX
Por El Italiano

Soy un tipo promedio. Sí, promedio, por lo menos en Colombia. Soy bajito (168 cm), gordito y morenito. Y para mi fortuna soy un man proporcionado, es decir, tengo piernas del tamaño justo, mi torso es del tamaño de mi cuerpo, mis manos similares a mis pies y tengo el pipí del tamaño correspondiente a mi estatura. No necesariamente chico, simplemente proporcionado.

Durante estos años de vida sexual le he sacado buen provecho a mi pene. Nunca he recibido un piropo por el tamaño de mi verga, nunca me la han cogido con dos manos, nunca he llegado al tope de un condón, nunca se me ha salido de la pantaloneta y, de hecho, el mito del "hombre pequeño, pipí grande" se derrumba conmigo. En los últimos años, he sido un amante que satisface relativamente bien a sus mujeres, con algún que otro comentario como "lo tienes súper chiquito" y alguna que otra respuesta como "sirve para lo mismo", no había notado que, para ciertas situaciones, tengo el pipí chiquito.

En algún momento, Gabriel García Márquez le dijo a la humanidad que los humanos veníamos al mundo con los polvos contados y no se equivocó. Habrá quienes le han sacado provecho de más y han repartido lo suyo, pero la realidad es que la gente picha menos de lo que debería y mucho menos de lo que podría.

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Bajo esa premisa, y después de haber terminado una relación reciente, resolví reconectarme con una amiga gorda, que me gustaba desde hacía mucho tiempo y habíamos postergado el reencuentro por más de 10 años. Así que sin darle más vueltas a la historia, decidimos vernos hace poco, comer y comernos en su casa.

La noche fluyó deliciosamente, ella se puso guapa, yo también y en medio de buena música y buenos tragos, la noche se calentó y nos empezamos a dar besos con el claro objetivo de pegarnos una buena culiada, pendiente desde hacía más de una década.

Imagine usted, que está del otro lado, cómo se puede ver un man petiso y rollizo como yo, con algo más de zipa que de fuhrer, frente a un mujerón, que tiene más de valquiria wagneriana que de doncella. Y sin más preludios y confiando en lo que me tocó como miembro viril, me lancé a comer ese festín de carnes que emanaba debajo de esa ropa sexy trasparentosa que tenía puesta mi contraparte.

Lo que empezó con una ilusión de noche apasionada, se fue convirtiendo en un desparpajo sexual que no tenía nada que ver con lo que dicen por ahí de que comerse a una gorda es un placer. Cuando me di cuenta que estando yo arriba no iba a funcionar, le dije que se hiciera encima mío, confiando y siendo devoto tanto de mi cadera, como de mi pipí, que hasta ese día había dado la talla con todas las mujeres con las que había estado. Pero fue en vano.

En vista de que el tema no funcionó, me fui relajando, la parola se fue yendo y decidí darle cariño, porque era lo único que este cuerpo proporcionado tenía para darle, sobre todo porque me daba cuenta finalmente, que tengo la verga chica en ciertas situaciones y esta era una de esas. Así de sencillo: no me daba la talla.

Finalmente la noche acabó y yo me terminé yendo. Hubo algún malentendido que se solucionó con un chat esporádico por ahí, dando fin a un capítulo no tan triunfal de mi vida sexual. Sin embargo, queda claro una cosa: comerse una gorda implica varios factores, entre ellos que le guste mucho pichar (como a mí) y tener un vergonón. Lo demás, viene por añadidura.

Con este experimento, Virginia Mayer se estrena en VICE con su espacio: Memorias sexuales de una gorda.

Sigue a @Virginia_Mayer en Twitter.