Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar las mesas de novedades.
Alejandro Silva es un reportero de Guadalajara y amigo de VICE desde 2012. Llegamos a su blog Pausa para fumar, vía Twitter, y nos cayó bien desde entonces. Aquí publicamos un cuentito de él.

Conocí la historia de un hombre que siempre hablaba en cursivas. No importaba el énfasis redondo que pusiera en sus palabras, no importaba que hablara evitando la tilde aguda: su voz salía siempre en la forma de impecables letras itálicas.
El hombre vivía triste: la gente lo trataba como si nunca lo reconociera, como si fuera no más que un apodo, como la irrupción de un término extraño. Lo veían venir y se bajaban un escalón en la lectura.
—Güevones— se defendía, y escupía sobre el nombre de su familia tipográfica.
Supongo que las circunstancias o el narrador se apiadaron de él, porque luego de una vida en cursivas que cada vez caían más y más hacia la línea del renglón, conoció por casualidad a una mujer que hablaba siempre en letras subrayadas.
Venía del mundo cansada de ser tratada como histérica, como duda, como recordatorio. Estaba harta de ser la cifra en la memoria de estudiantes trasnochados, de lectores poco pacientes o correctores ensimismados en la forma de la plana. Ella sólo quería encontrar la frase adecuada, la palabra precisa, la síntesis exacta que le reflejara su existencia.
Se conocieron en una tesis imperfecta y realizada con fatiga, en un cúmulo de conceptos antitéticos que buscaban con desesperación unirse y cobrar sentido con golpes gráficos de vista, recursos de estúpido alumno de facultad para engañar a un profesor mal pagado y peor comido.
No congeniaron en un principio. Les costaba imaginarse juntos. ¿Quién imagina una frase en cursivas y subrayada? Una calamidad. De la redundancia casi una contradicción. Pero un día se animaron. Se fueron seduciendo. Al final del día, se preguntaron, ¿qué amor no es un oxímoron?
Él convirtió su inclinación constante en una seducción cotidiana, ella se daba en los instantes de un sustantivo y se iba y volvía frases más adelante debajo de un verbo, correspondiendo la caída de las letras que nunca acababa por darse.
Se las ingeniaron para abandonar la terrible vida convencional en Times New Roman y se mudaron a unos párrafos que al final ocuparon una libreta entera en una vida escrita a mano.
Cuentan que llegaron a convertirse en titulares, en espontáneas altisonancias, en el filo de un poema. La historia la cuentan unos suspensivos que tras el punto final que todo lo destroza se resguardan entre paréntesis para no molestar en la lectura.
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