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Música

Licencia para andar chida

Crónica ácida del Festival NRMAL en DF.
4.3.14

Nos vamos a la verga

En la mañana le digo a mi ex novia que no quiero volver a tener contacto con ella. Después me salgo y voy con mis cómplices para prepararnos. Hacemos 14 porros. Compramos tres ácidos Hoffman de aniversario. Nos subimos al taxi. Llegamos al deportivo del Estado Mayor Presidencial y ahí empieza todo. Cada quien vive los festivales de manera distinta, por eso cuando llego a las puertas del Festival NRMAL DF me pregunto quién seré en este festival: ¿el tipo que chilla tirado en el pasto?, ¿la morra que orina en un bote de basura?, ¿el güey que se regresa a su casa caminando porque perdió a sus amigos y su cartera y muere acuchillado cerca del metro Observatorio? Las preguntas se desvanecen en cuanto llegamos al escenario de NOISEY tapizado de tierra y rodeado de gradas, parece un coliseo para almas en anfetaminas donde de pronto se escucha "Orinoco Flow" de Enya rebajada, la canción que siempre pone System Error antes de volar el sistema. Nos fumamos nuestro primer gallo en un lugar resguardado por militares. Los drones vuelan sobre nosotros cuando de pronto un vendedor de cerveza se nos acerca y nos pide un toque. "Ya sabes", nos dice con una sonrisa en la cara, "Para chambear mejor". Se agacha escondiéndose de los otros vendedores y jala humo. Después saca una fumarola discreta y nos dice su nombre. Se llama Ildefonso. "Así es, carnal, como el museo, sólo que yo no soy santo". Nos pide otro toque. Se agacha de nuevo. "La neta su mota ya me puso bien chida, ya no quiero chambear, ¿quieren una chela?" Bebemos dos chelas dobles que nos regala Idelfonso. Le decimos que queremos ir a donde hay pasto. Nos lleva ignorando a todas las almas con seca. ¿Dinos, Ildefonso, por qué puedes renunciar a tu trabajo así sin que nadie te diga nada? "Porque tengo licencia para andar chida", contesta. ¿Qué chingados es eso? "Algo que me dio mi carnalito, el Peña Nieto". Su respuesta me da risa. Cada que algo me da risa pienso en meterme un ácido. Le digo a mis cómplices que nos metamos los Hoffman edición te vas a ir a la verga que compramos. Los partimos. Los sentimos en la lengua y nos vamos a la verga.

Traigo cara de Pokémon

De pronto estoy llorando en un Sanirent. Todo se mueve. Mi amigo ya me lo había dicho: "Cuando estás en ácido los Sanirent's son como seres vivos, huelen a caca y se inflan y la música se escucha como si estuvieras en un útero, los mejores visuales sin duda los tienes dentro del Sanirent". No sé por qué me dan tanta nostalgia los Sanirent, no debería estar llorando, debería estar feliz. Salgo del Sanirent y me encuentro a una chica que no conozco. Le digo que no debería estar llorando y cuando termino de decírselo me doy cuenta de que es un lavamanos. Me lavo las manos y sigo caminando. Llego al pasto. En el pasto me saluda mucha gente que quiero. Espero que no sean lavamanos. Espero que todo esto en realidad esté sucediendo. Que no sea una ilusión, como en la que vivía antes de darme cuenta de que no puedo tener contacto con mi ex novia. Dejo de pensar en eso. Encuentro a mis cómplices. Les digo que hay que bailar. Nos introducimos en una bola de gente que se agita con el ritmo de Matias Aguayo. Bailamos y somos estúpidos, hermosos, el placer se nos derrite en la cara y gotea sobre el pasto. Este escenario es más cómodo. En el pasto sí te puedes azotar. El ácido hace que mi panza ruja. Corremos a la zona de comida. Compramos paninis. Saben ricos, como panocha de guapa. No sé por qué pensé en eso. No puedo controlar a dónde va mi cabeza. Otra vez estoy tirado en el pasto. Me caen dos gotas en la cara. Hay una chica bailando a mi lado, ¿estará bailando para que llueva? La respuesta se desvanece como humo. La intento atrapar con las manos y se deshace. Puta madre. No puedo controlar a dónde va mi cabeza porque el cielo es negro, como el cabello de todas las morras que me han destruido. Me arrastro por el pasto tratando de escapar de lo que traigo en la cabeza, cuando de pronto veo unas manos. Unas manos que conozco. Me toman de los hombros. Me levantan. Me preguntan: "¿No quieres un ajo, carnal?, también tengo tachas, están chidas, mira cómo ya traigo cara de Pokémon". Me mete un ajo a la boca y no lo puedo escupir. Me lleva la verga. Esto se va a poner más fuerte. Salgo corriendo, tengo los lentes rayados y no veo un carajo por lo ojos ni por la cabeza. Ya me va a pegar esa madre y de pronto me siento solo, muy solo, un náufrago del LSD frente al pastel de cumpleaños por los cinco años del Festival NRMAL. Todo el mundo le mete mano como quinceañera borracha. La violación de pasteles también está permitida por el Estado Mayor Presidencial. Corro a la oscuridad de los baños. Quiero llorar mientras me lamento por todas las veces que he dicho: "A mí los ácidos no me pegan, me acarician", pero antes de llegar encuentro a Ildefonso. Dice que tengo que conocer a un amigo suyo.

El respeto a la chidez ajena es la paz

"¿Traes más mota?", me pregunta Ildefonso mientras le enseña una credencial de color verde fosforescente a un militar, quien saluda al vendedor de cervezas como si fuera un general de alto mando. ¿Qué es esa madre que traes? Le pregunto. "Es su licencia para andar chida", me dice uno de mis cómplices que salta desde atrás de un arbusto. "Yo ya tengo una y ahora te vamos a dar una a ti, pero antes, toma esta agua de mezcal con pepino". Es una agua verde que me estalla en la boca al primer sorbo. Es lo más rico que he probado en el mundo. Más rico que la pucha de una morra guapa. Me doy una cachetada para no pensar más en eso. Caminamos carcajeándonos del amor por un camino que nos aleja de la música del festival. Llegamos a una especie de casa rodeada de camionetas blancas y gente corpulenta con traje. ¿Quién está dentro de esa casa?, ¿El Chapo?, ¿La Tuta?, ¿Peña Nieto? No sé si digo o pienso estas preguntas porque nadie me contesta. Llega un momento en el viaje de ácido en el que estás inhabilitado para cualquier contacto social, te quedas en una esquina, solo, preguntándote cosas a ti mismo que siempre te habías querido preguntar: ¿Por qué estoy aquí?, ¿por qué esos soldados no escuchan lo que digo?, ¿por qué Ildefonso tiene licencia para andar chida? Las preguntas se desvanecen en mi cabeza y trato de alcanzarlas con las manos pero Ildefonso me jala hacia adentro de la casa. Adentro caminamos por un pasillo resguardado por dos soldados hasta una puerta de madera gigante, decorada por águilas devorando víboras. Cuando las veo me pregunto quién es el águila y quién es la víbora en este país. Se abren las puertas y la pregunta desaparece. Adentro hay una alfombra verde, roja y blanca que se extiende hasta un escritorio antiguo y lujoso donde está nuestro presidente sonriendo. Nos acercamos despacio hacia él. Creo que le tengo un poco de miedo. Nos pide que nos sentemos con la misma voz que escucho en sus declaraciones. Después toma un poco de aire y nos dice: "Vamos al grano. La situación en el país es crítica. Las reformas estructurales que hemos aplicado nos han llevado a un profundo descontrol sobre la población, por lo tanto he decidido cambiar la corriente política neoliberal que manejamos actualmente por una más cercana a la gente, estoy hablando por supuesto de la corriente política andochida. Ésta se basa en la frase del presidente Juárez, aunque con una pequeña modificación: El respeto a la chidez ajena es la paz. Es una política inclusiva. Así que como veo que andas bien chida, Ashauri, decreto que desde hoy tendrás una licencia para andar chida, con la que podrás hacer todo lo que quieras sin que nadie te toque. Porque andas chida. Pero ojo. Lo que sí pueden hacer es gritarte: '¡Tranquila puta, andas hasta la verga!', así que no te saques de onda. También tenemos que ser inclusivos con los ciudadanos que viven en completa sobriedad".

El útero de Kelela

¿Usted se droga, señor presidente? Le pregunto mientras nos subimos a un carrito de golf para ir a ver a Kelela, el acto favorito de todos. "Claro que sí, pero me drogo con algo mejor que cualquier droga que el dinero pueda comprar". Saca su celular y abre twitter. Busca "Peña Nieto" en el search y empieza a leer todos los comentarios que dicen "Pinche Peña puto", "Pendejo Copetes aprende a gobernar", "Maldito gobierno de orangutanes"… Suda, las pupilas se le dilatan, empieza a jadear. Después se agarra la cabeza y ríe como si hubiera fumado salvia, pero no es salvia lo que se mete, son comentarios de odio. Nuestro presidente se droga con nuestro odio. Llegamos una vez más al escenario de NOISEY lleno de tierra. Kelela está a punto de empezar. El presidente lee más comentarios de odio y grita lleno de emoción hacia la diosa electrónica de la fertilidad que se monta en el escenario y nos canta y nos hace recordar a nuestra madre, pero no a la que nos obligó a ponernos el suéter, sino a la madre de todos, la diosa del origen de nuestros días. De pronto un líquido emerge del suelo e inunda toda la fiesta. Es un líquido que huele raro. Huele a humano. Flotamos en su ritmo. No necesito respirar en el líquido, no necesito el amor de mi ex novia porque tengo el ritmo. Veo cómo Ildefonso flota, veo cómo mis cómplices flotan, veo que el presidente flota y Kelela nos canta, mientras se acaricia el vientre, donde nos guarda a todos, nos defiende de la vida. La vida que viene después de que el festival acaba. Y descubres que no hay presidente, ni Ildefonso, ni cómplices. Que estás solo en un festival donde cerró una banda llamada Blood Orange. Que no tienes dinero para regresarte. Caminas hacia la puerta del deportivo del Estado Mayor Presidencial. En la caseta de vigilancia hay una foto de un presidente al que seguro no le gusta Kelela. Caminas por Constituyentes y en alguna calle, sin darte cuenta, te desvías hacia Observatorio. De pronto en una calle oscura te acuchillan para tumbarte tus tenis. Caes al suelo desangrado y con un putazo en la cara, mientras piensas que ya no vas a llegar al after. Es una pena. Pero bueno, al menos tu ex novia se va a poner feliz con tu muerte.