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Cultură

Salí durante un mes con ricachonas mayores y no lo volvería a hacer

La idea de salir con una mujer madura estilo hot mama es la fantasía de la mayoría de los hombres heterosexuales adolescentes, pero una richachona madura es algo un poco diferente.
9.11.15

Foto vía Flickr, usuario Phil Galdys

Estaba recostado en mi cama este verano cuando sentí la urgencia de intentar algo nuevo. Después de reinstalar Tinder en mi celular —que había eliminado tras acabar con todos mis "matches" por mandarles canciones de Drake— y crear mi perfil, tuve que hacer una elección: ¿Cuál era el rango de edad de las mujeres en las que estaba interesado?

Deslicé muy despreocupado mi dedo hacia la derecha, puse el límite de edad en 50 y empecé a usar de la aplicación. Después de un rato, me aburrí, mi pulgar se cansó y me quedé dormido. A la mañana siguiente me desperté con una notificación, y otra notificación, y otra notificación. Después de abrir la aplicación, me di cuenta de que había acumulado montones y montones de matches —muchos eran de mujeres "maduras"— y se me ocurrió algo: Intentar que mujeres mayores me invitaran a cenar sin irme antes de tener mi porción de comida y bebida.

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La idea de salir con una mujer madura estilo hot mama es la fantasía de la mayoría de los hombres heterosexuales adolescentes, pero una richachona madura es algo un poco diferente. Renunciar al trono y mostrar cierta vulnerabilidad siendo un macho va más allá de sólo masturbarte mientras ves un video de la categoría MILF en PornHub. Esto requiere comprometerse al cien con otro estilo de vida y a que te traten de manera diferente. Es un experimento que tenía que intentar para saber si en la vida real se cumplían las expectativas.

La noche siguiente creé un anuncio en Craigslist buscando mujeres mayores junto con una cuenta en un sitio de citas de asaltacunas.

"Chico de 19 años que va a la universidad y que trabaja en medios de comunicación. Básicamente soy un libro abierto y estoy dispuesto casi a cualquier cosa", escribí en mi biografía, incluí algunos detalles sobre mi apariencia (nada mal) y mi situación financiera (terrible). "Estoy buscando algo casual porque quiero aprender. No esperes nada a largo plazo."

Con una foto un poco obscura de mi cara en mi perfil, abrí mi cuenta y la dejé pública. Para el mes siguiente, tendría múltiples citas con mujeres de entre 35 a 48 años en Toronto. Todas las mujeres con las que salí eran agradables pero firmes. Estos son los detalles más destacados de mis citas. *

*Se han cambiado todos los nombres.

Esta es una cena con clase. Foto vía Flickr, usuario w00kie

Tessa, 39 años

Tessa fue la primera que me mandó mensaje cuando abrí mi perfil. Dijo que le gustaba lo atrevido que parecía en mi biografía y que admiraba lo trabajador que era a una edad tan joven. Mostraba interés por las cosas por las que nadie se inscribe en los sitios de citas; sin embargo, nuestra conversación digital rápidamente se dirigió hacia cosas más superficiales, como que pensaba que mi mandíbula era sexy y que yo pensaba que su cuerpo atlético era sexy.

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Dado que ésta era mi primera incursión en el reino de citas con mujeres sólo un poco más jóvenes que mi mamá, en realidad no sabía qué esperar y estaba preparado para salir corriendo si las cosas se ponían raras o incómodas (que es lo que pensé que pasaría). Lo pensaba por las historias de "terror" que mis amigos que han salido con mujeres más grandes me habían contado, por lo general los matches no salían bien cuando se enteraban que la mujer estaba súper desesperada por tener algún tipo de sexo pervertido o que querían tratarlos como niños chiquitos.

Cuando llegué al lugar —un restaurante italiano en una zona que está de moda en la ciudad— 10 minutos antes, me sorprendió encontrar a Tessa ya sentada en la mesa con una servilleta en el regazo. Ella se veía impresionante. De algún modo, me recordó mucho de Gillian Anderson en Los Expedientes Secretos X, con la que tuve un flechazo enorme cuando era niño. Eso fue lo que me motivó a escribir esto.

Cuando me vio acercarme, no se levantó. En cambio, se me quedó viendo a los ojos como si quisiera ver mi alma. Puesto que soy un oponente duro en los concursos de miradas, mantuve la mirada fija y extendí mi mano para saludarnos.

"¿Cómo estás?", le pregunté, a lo que ella respondió: "Genial, genial. Siéntate". Seguí sus instrucciones sin hacer ninguna pregunta.

Uno de los términos que utilizan en la comunidad de mujeres mayores que salen con hombres mucho más jóvenes es "cachorro", y aunque Tessa nunca lo utilizó en la vida real, sí lo utilizaba con frecuencia en nuestras conversaciones por chat. Por supuesto, cachorro es una manera amable de decir que eres propiedad de una matriarca. De hecho, me interesaba que una mujer mayor exitosa se preocupara por mí. Era un cambio radical del estereotipo de la interacción entre un hombre y una mujer, además me gusta la comida gratis, así que ¿por qué no?

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Después de unos minutos de charla, se rompió bastante fácil el hielo. Terminamos teniendo una larga cena (de más de $1,500 pesos), una botella de vino (como de $600 pesos), y pasamos el resto de la noche caminando medio intoxicados por la ciudad. Durante toda la noche, ella cubrió mis gastos. Tessa era contadora y dejó claro que no quería que yo pagara nada. Finalmente le dije que no me sentía cómodo dejando que ella pagara todo, así que cedió un poco y me dejó comprar los cafés (unos $70 pesos) cuando nos detuvimos en un restaurante por ahí.

Cuando llegó el momento de despedirnos, se me acercó y me besó, a lo que no me negué (obvio). Por primera vez en mucho tiempo no tuve que hacer casi nada. Nos besamos un rato en una banca del parque y luego cada quien se fue por su lado. Antes de irme, le dije que me gustaría hacerlo de nuevo, pero luego me sentí raro al ver fotos de sus hijos —y al padre de sus hijos de quien se separó poco después del nacimiento de los niños— cuando me agregó en Facebook. Nunca salimos de nuevo, a pesar de que me envió dos mensajes para ir a Baskin Robbins. Por mucho que me guste el helado, las sesiones incómodas de besos con alguien lo suficientemente mayor como para ser mi madre era demasiado.

Foto vía Flickr, usuario Nicolas Alejandro

Angela, 42 años

Poco antes de ir a la cita con Tessa, Angela me contactó por Craigslist diciendo: "Te voy a pagar la cena pero, ¿vamos a coger? De lo contrario, no me interesa". No supe cómo responder. No había ninguna foto de ella, no sabía quién era, sólo sabía su edad. Quiero decir, por lo general estoy listo para tener sexo, pero estaba un poco preocupado de que fuera una trampa o una especie de depredadora sexual. Al final, dejé el correo ahí durante un par de semanas antes de volver a él cuando limpiaba mi correo electrónico. Luego de leerlo otra vez después de mi cita con Tessa, pensé: Mierda, ¿por qué no? Di unos cuantos golpes al teclado y escribí: "Claro. Llámame". Casi de inmediato sonó mi teléfono.

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Hablamos durante unos diez minutos antes de acordar una cita. Dijo que debíamos ir a un café, luego a un bar y ver a dónde nos llevaba la noche. Una vez más, al igual que en la cita con Tessa, Angela pagaría todo. Durante todo el proceso para arreglar la cita, yo no tomé ninguna decisión, ni ella me dejó. Mientras estábamos en el teléfono, una de las cosas que me dijo era que no quería, bajo ninguna circunstancia, que la llamara asaltacunas. Si me iba a referir a ella de otra forma que no fuera "bebé", tenía que ser "tigresa", también tenía que escucharla todo el tiempo. Esto me confundió. Estaba acostumbrado a estar en el mismo nivel en mis relaciones, por lo que era extraño que me dijeran que tenía que someterme a otra persona. Por un momento, creo que me sentí como casi todas las mujeres se han sentido durante miles de años.

Cuando nos conocimos, la forma de vestir de Angela gritaba yo soy el jefe: traía una chaqueta de cuero negro, pantalones de mezclilla con botas negras altas y una camisa blanca escotada. Sin duda tenía la pinta de mamá sexy, como una madre motociclista pero sin la metanfetamina. Ella era tan insistente en tomar todas las decisiones que, en algún momento al inicio de nuestra cita, tomó mi mano y me dirigió hacia nuestro primer destino. Este era un experimento y yo recibía cafés y bebidas gratis, así que no tenía mucho de qué quejarme.

Pasamos toda la noche de bar en bar, por lo que todo está medio borroso, pero lo que sí recuerdo es que Angela es una mujer muy interesante: me dijo que se divorció de su marido, quien era diez años mayor que ella. Cuando le pregunté con cuántos hombres había salido antes de mí, me dijo que no podía recordar el número exacto, pero que había estado saliendo bastante durante el año pasado. También insistió en que fuéramos a su casa, a lo que accedí.

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Llegamos a su casa, un departamento cerca del café en el que nos encontramos. El ambiente parecía estar armado con el único fin de seducirme, la sala tenía diferentes colores, desde el sofá de cuero gris con cojines rojos de terciopelo, hasta las cuentas blancas que colgaban en la puerta de entrada. La habitación olía muy bien, como a lavanda y chocolate. Letreros de "Amor" y otras frases con luces de neón proporcionaban la mayor parte de la luz. Había algunas velas en la mesa de la cocina y un iPod que reproducía algún tipo de música house. Básicamente era como estar en uno de los videoclips de The Weeknd, excepto por las drogas. En realidad no me molestó.

Tan pronto como me desaté las botas y me puse de pie, Angela me señaló el sofá que estaba en medio de la habitación. Casi inmediatamente mi trasero estaba sobre el sofá, tomó mis pantalones y comenzó a frotar mi entrepierna, sin besos ni una pequeña charla. Estaba confundido y tenía un poco de miedo, como que me recordaba a la tía de un amigo que bebía un montón de jugo de zanahoria y estaba súper bronceada. Además había tomado dos Lorazepam antes, por lo que mi cerebro no se concentraba en nada. En cuestión de segundos, me quitó por completo los pantalones, rasgó mis boxers y comenzó a hacerme un oral. Tengo que decir que fue un buen blow. Tal vez la mejor mamada que me han dado. Angela sabía para lo que era buena.

De repente, se detuvo y se puso de pie. Por un momento, pensé que había hecho algo mal. No entendía. Después de una pausa, se quitó los pantalones y entonces trató de montarme.

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Aquí es donde las cosas se pusieron feas. Cuando le dije que tenía que agarrar un condón, trató de impedirlo. Le dije que no estaba interesado en tener relaciones sexuales sin condón, y me dijo que dejara de lloriquear. Al instante se me quitaron las ganas. Estaba un poco molesto de que otra persona me dijera qué podía y qué no podía hacer con mi propio cuerpo, no pude más con la sumisión y la alejé con delicadeza. Ambos nos quedamos medio sentados en el sofá por un minuto, mientras me ponía mis pantalones de nuevo y le explicaba que eso era demasiado extraño para mí. Le dije que era una mujer muy agradable y que estaba súper agradecido por las bebidas, pero que eso era suficiente para mí y para nuestra noche de aventuras.

Terminé dejando $500 pesos en la mesa a pesar de que me dijo que no lo hiciera, en parte porque me sentí mal (a pesar de que no debí de haberme sentido mal, teniendo en cuenta que tengo el derecho de rechazar el sexo), y en parte porque mi machismo me decía que debí haber dividido la cuenta del alcohol. Mientras bajaba de su departamento, en las escaleras, borré su número y todos los mensajes de texto. Nunca hablamos de nuevo. ¡Me arrepiento un poco!

Foto vía Wikipedia

Marilyn, 40 años

Conocí a Marilyn el mismo día que me envió el primer mensaje, era una agente de bienes raíces que vivía y trabajaba en una zona de lujo y lo demostraba de manera ostentosa. Pasó por mí afuera de una estación de metro como al mediodía en un Audi nuevo que olía a cuero fresco. Cuando me subí al coche, me dio un abrazo y me saludó con una gran sonrisa. Hablaba de manera muy propia. Estaba muy cómodo. A diferencia de mis citas anteriores, no sentía como que tuviera que preocuparme por la situación o forzar la charla. Era muy divertido estar con ella. Incluso le gustaba Drake.

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A Marilyn, claramente, le gustaba vestirse bien y estar a la moda. Me hacía sentir un poco mal vestido. De cualquier manera, a ella no parecía importarle tanto como a mí. Ella preguntó dónde había comprado mi chaqueta de cuero, a lo que respondí: "A un tipo en un bazar". Era la verdad y yo no sentía ninguna necesidad de mentir.

Antes, mediante mensajes de texto, planeamos ir a comer para ver cómo se daban las cosas y después considerar si tendríamos más citas. Yo estaba muy contento con esa idea, sobre todo teniendo en cuenta que probablemente tenía las mismas reservas sobre salir con un extraño menor que ella que las que yo tenía en cuanto a salir con una mujer mayor al azar. Terminamos eligiendo un restaurante tailandés barato que es popular entre los estudiantes de la zona, un lugar que pensé que estaría muy lleno como para que no se nos quedaran viendo.

Marilyn y yo estuvimos platicando de todo durante casi dos horas mientras comíamos. Marilyn era vegetariana, mientras que yo soy un carnívoro, y terminamos teniendo un pequeño debate sobre la ética de comer carne. Ambos acordamos que la masacre animal está muy jodida. Ella terminó la conversación haciendo una broma diciendo que "a veces comía carne". Fue entonces que pedí la cuenta. La cual dividimos sin entrar en discusión. En realidad se sentía bastante normal.

Después de la comida, cada quien se fue por su lado e hicimos planes para volvernos a ver. No fue hasta el final del verano que nos volvimos a ver en un café. Esta vez, todo fue muy diferente. Ella parecía estar un poco menos nerviosa, pero poco entusiasmada. Tenía menos energía, no sonreía tanto y parecía estar allí sólo por cortesía en lugar de por diversión. Cuando le pregunté cómo estaban las cosas, me dijo que su madre había fallecido apenas y que las cosas habían estado difíciles.

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Pasamos el resto de la noche hablando y caminando por la ciudad. Fue un día un poco triste, tanto por el clima lluvioso como por nuestra conversación. Terminamos en una iglesia. Marilyn me dijo que necesitaba estar sola, así que le di un abrazo y nos despedimos. Aunque nunca nos volvimos a ver, poco tiempo después le mandé un mensaje para saber cómo estaba y me respondió que estaba mucho mejor. También me dijo que quería que nos volviéramos a ver para ir a comer otra vez comida tailandesa. Le dije que con mucho gusto, aunque fue una mentira, no quería que se sintiera peor de lo que ya se sentía por la muerte de su madre.

Vanessa, 48 años

La última mujer madura, Vanessa, me contactó a través de Craigslist antes de que cerrara mi cuenta, lo cual hice al darme cuenta de que estaba por iniciar clases y que no tenía que seguir saliendo con mujeres mayores que yo cuando iba a estar rodeado de mujeres de mi edad en pocas semanas.

Vanessa me envió un mensaje con un perfil muy detallado y con especificaciones de sí misma. Aparte de su altura, peso y color de cabello, hacía hincapié en el hecho de que era de origen chino. Cuando le respondí diciéndole que me interesaba, también le pregunté por qué especificaba su raza. Me dijo que algunos hombres le habían mandado a volar al darse cuenta de que era asiática cuando se conocían persona.

Esto era deprimente, pero no me sorprendía mucho. Los hombres, especialmente los de raza blanca, pueden ser ofensivos con sus fetiches y gustos en cuanto a las mujeres. De todas formas, le aseguré que no me importaba en lo absoluto y que quienes la habían discriminado eran unos imbéciles. Acordamos una cita para el día siguiente en un restaurante coreano y luego acordamos ir a tomar fotos a la zona costera. (Resulta que me dedico a la fotografía y parece ser algo bueno para romper el hielo en las citas. No me juzguen, por favor).

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Cuando llegamos al restaurante y pedimos la comida, me resultó un poco difícil comunicarme con ella y eso me molestaba. Estaba todo el tiempo en su teléfono y se la pasó dando respuestas vagas a mis preguntas. Por suerte, dado que en el restaurante teníamos que intervenir para cocinar la comida, ella dejaba su teléfono de vez en cuando para poner un poco de carne en la parrilla y hablar conmigo por un minuto.

Curiosamente, cada vez que hablamos, sus ojos no me miraban a mí sino que recorrían todo el restaurante, no había mucho contacto visual (¡como con Tessa!) y ella parecía estar muy nerviosa. Traté de parecer lo más relajado posible para que se sintiera cómoda, incluso utilicé un tono de voz más suave y angelical, aunque fue en vano. Ella no ponía de su parte.

Cuando nos fuimos del restaurante y empezamos a caminar hacia la zona costera como estaba previsto, estuvo todo el tiempo viendo su teléfono, incluso con más frecuencia que antes. Como a la mitad del camino, me detuve y le pregunté si se sentía bien, en ese momento me contó todo: su marido (quien yo no sabía que existía) le estaba preguntando dónde estaba, pues sospechaba que lo estaba engañando.

Sorprendido, le pregunté por qué no me lo había dicho y me dijo que era porque tenía miedo de que no quisiera salir con ella. Por supuesto que tenía razón —yo no habría ido a una cita con alguien que no sólo está engañando a su marido, sino que también me pone en peligro potencial de que su marido me ataque— pero se me complicó un poco decirle todo eso teniendo en cuenta lo nerviosa que ya estaba y que podría terminar llorando en medio de la concurrida calle en la que estábamos.

En lugar de eso le dije que todo me parecía un poco extraño y que debíamos terminar la cita para que pudiera ir a ver a su marido. Lo cual no resultó como esperaba. Vanessa se fue contra mí, diciéndome que no entendía su situación y que era un desconsiderado. Empezó a aumentar el tono de voz diciendo "No puedo creer que hayas dicho eso, la gente va a empezar a mirarnos con gran preocupación muy pronto".

Después de gritarme por medio minuto, se detuvo y me dijo que guardaría su teléfono el resto de la cita si hacía como si nada hubiera pasado. En este punto, yo ya estaba totalmente desinteresado y dispuesto a declinar su oferta, por lo que sólo me le quedé mirando, sacudí la cabeza y suspiré. Le dije que con gusto la acompañaba de vuelta a su auto, que en realidad no veía ninguna razón para continuar con esto. Me dijo que iba a estar bien y pidió un Uber. Esa fue mi oportunidad para escapar de la situación así que asentí, me despedí y me puse mis auriculares para regresar a casa.

Lo que aprendí

Si hay algo que aprendí de toda esta experiencia es que salir con gente mayor es una mezcla entre reto emocionante y algo realmente incómodo. Si bien es genial que te inviten a lugares caros, que te guíen en todo y te den un buen oral, no podía soportar por completo la idea de que las mujeres que me proporcionaban todos estos lujos sólo me vieran como carne fresca.

Francamente, en cuanto a las citas en sí, aún estoy indeciso sobre si soy un inmaduro de mierda o si algunos de los momentos más raros en realidad fueron mi culpa. Por ejemplo, al considerar desagradable la insistencia de Angela por dominarme, se podría decir que no soy de mente abierta, sobre todo considerando que se suponía que debía asumir el papel de "cachorro".

Pero si me preguntan si le recomendaría a otro chico de mi edad salir con mujeres mayores, diría que sí, que lo haga. No porque les pueda garantizar que estarán contentos con el resultado —porque podrían terminar tan sacados de onda como yo— pero soy un fiel creyente de que se debe aprender en carne propia. De hecho, creo que la única forma de saber si algo es bueno para ti es probarlo.