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Pase y llore

La NSA sabe a qué hora vas por tacos

Otra vez la burra al trigo: fuerzas de inteligencia de EU intervienen la comunicación en cinco países, entre ellos México y el 'peligrosísimo' Bahamas.

NSA, ahí trabaja la gente que cobra por escuchar nuestras pendejadas.

Bueno, ya sabíamos que Estados Unidos nos espía. Incluso después de que, a partir de las revelaciones de Snowden acerca del programa de "vigilancia" de la NSA (siglas de la Agencia Nacional de Seguridad, aunque ya hemos visto que esa gente tiene una idea muy rara de lo que significa seguridad), se supiera que buena parte de los tres poderes de gobierno en México habían sido sistemáticamente estalqueados desde que Calderón cobraba su quincena en Los Pinos, en la maceta de muchos de nosotros se aparecía la frase: "¿Por qué será que eso no me sorprende?"

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De hecho, no tuvo que pasar mucho tiempo para que después se supiera que también había espiado a Peña Nieto y su equipo cuando Quique aún era candidato. Eso le permitió al gobierno gringo saber por anticipado quiénes serían miembros clave del gabinete (antes de que se supiera aquí, por ejemplo) y planear asuntos de inversión y diplomacia con toda la comodidad y sangre fría del mundo. Todo bien, nada que deba extrañarnos, el presi hace como que se enoja y al rato a todos se nos olvida o nos empieza a importar en una medida tendiente a cero.

El tema se pone más abstracto cuando se trata del espionaje a la gente de a pie. Por ejemplo, resulta que ayer se publica un artículo en The Intercept en el que se detallan los métodos con que la NSA espía cien millones (sí, un uno y ocho ceros) de conversaciones diarias en cinco países, como parte de un programa llamado MYSTIC. En dos de estos países, Bahamas y otro que no se identifica en el documento, se graba la práctica totalidad de las llamadas que hacen sus ciudadanos. No sabemos de qué forma las Bahamas son consideradas una amenaza a la "seguridad" estadunidense lo bastante grave como para que la NSA tenga que enterarse de todo (TODO) lo que dicen sus ciudadanos a la bocina de su celular.

Las Bahamas: una amenaza para la seguridad de Estados Unidos.

Esto nos debería importar porque México se encuentra en ese grupo de cinco países. (Aunque tampoco nos debería sorprender, dirían algunos). A partir de la Iniciativa Mérida, por medio de la cual la embajada gabacha ha entregado miles de millones de dólares, supuestamente como "apoyo" para la lucha contra el narco, se han establecido formas de cooperación que en los hechos suponen diferentes formas de violación de la soberanía (operativos no supervisados de agentes extranjeros en nuestros territorio, por ejemplo). Entre otras cosas, el trabajo de inteligencia que viene en el paquete de la Iniciativa, legitima la supervisión de llamadas y correos electrónicos por parte de la DEA y ha sido la puerta abierta para que la NSA aplique sus protocolos de vigilancia. El caso de las Bahamas ha sido el mismo: hoy ese país se encuentra monitoreado al cien por ciento supuestamente como parte de las operaciones de la DEA en su territorio.

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Y sí, aquí viene lo que ya sabemos todos: que la "guerra contra las drogas" no funciona, que la DEA en realidad no sirve para terminar con el problema (al contrario, de hecho; y administrarlo) y que a quién se le ocurre que podría ser más grave la despenalización que mantener una política de seguridad que cuesta miles de millones de dólares, que tiene las cárceles llenas y ocasiona la muerte de cientos de miles de personas. Pero bueno, supongo que estoy hablando con gente razonable y no hay necesidad de entrarle al tema. Lo único que quisiera decir es que, al menos desde hace 25 años, esa "guerra" que inventó el régimen de Nixon ha servido como pretexto para crear formas más severas de control territorial, dentro y fuera de las fronteras de Estados Unidos. Uno de los ejemplos más extremos es la forma en que opera la NSA.

Entonces, quedamos en que graban todas nuestras llamadas imbéciles en las que nos ponemos de acuerdo para ver a quién le tocaba comprar la comida del gato o para avisar que en media hora llego, porque me desperté tarde, besis, bai, cuídate. En este punto, no ha faltado quien, desde que Snowden y Greenwald destaparon la cloaca, se muestre convencido de que el asunto se ha sobreestimado, que la afirmación de que un sistema de inteligencia se interese en todo el cúmulo de información inútil que comparten los ciudadanos es ilógica e insostenible y que todo este rollo es pastura para delirios paranoides sin relevancia.

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Nixon, el papá de la guerra contra las drogas.

Y sí, después de ver que a cada mes que pasa este asunto del espionaje parece más descomunal y absurdo, crece la tentación por descartarlo como parte del sistema-mundo, o como un factor real en la geopolítica. Lo primero es que propongo irle cambiando la denominación de "inteligencia" por una más precisa. Cuando un trabajo consume tanto tiempo y recursos, y a cambio arroja un problema diplomático mayor que cualquiera que haya tenido Estados Unidos en la historia, empieza a merecer cada vez menos un nombre que lo haga sonar "inteligente".

Por otro lado, en el texto de The Intercept se explica el fundamento del tamaño supermasivo de la vigilancia. El funcionamiento del programa parte de asumir que, si una persona se convierte en un blanco (se le identifica como una amenaza a la seguridad, por las razones que quieran; razones que, como sabemos, puede ser cualquier clase de chaqueta inverosímil), sirve de poco registrar sus comunicaciones a partir de entonces, ya que podría no arrojar información útil. Lo mejor, dicen, es echarse un clavado a su archivo personal: todas las llamadas, correos, etc., que haya realizado con anterioridad a ese momento, con lo que se podría dibujar su perfil a detalle. Y como, claro, cualquiera de nosotros puede convertirse en una amenaza potencial, se vuelve indispensable grabarlos a todos.

La forma en que este sistema de razonamiento se alimenta a sí mismo y crece, hasta el tamaño godzillesco que tiene hoy, se parece mucho al que sigue el desarrollo de los delirios en los sicóticos: llega un punto en el que no tienen apoyo en la evidencia o en el sentido común, pero se vuelven incuestionables para quien los padece. Sobra decirlo, pero creo que los paranoicos no somos nosotros, sino nuestros queridos voyeristas de la NSA.

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